Durante los días siguientes intenté mantenerme ocupada, no porque no estuviera bien ni porque de repente hubiera encontrado todas las respuestas simplemente porque quedarme quieta ya no era una opción.
Después de semanas sintiéndome atrapada entre cuatro paredes necesitaba moverme, hacer algo, lo que fuera. Así que seguí enviando correos, llamanda, preguntando, presentándome en sitios donde probablemente ni siquiera me estaban esperando.
Y una mañana, mientras desayunaba sola en la cocina, sonó el teléfono. Era la asociación. Tardé dos intentos en contestar porque casi se me cayó el móvil de los nervios.
La mujer al otro lado hablaba rápido, pero entendí lo suficiente. No era un trabajo ni unas prácticas ni nada parecido pero buscaban voluntarios para colaborar algunas horas a la semana con niños que necesitaban apoyo escolar.
Cuando colgué me quedé mirando la pantalla varios segundos sonriendo. No era exactamente lo que había imaginado pero era algo, y después de tanto tiempo sintiéndome suspendida en el aire ese algo era muchísimo.
Mi primer día llegué veinte minutos antes, por supuesto hay cosas que ni París consigue cambiar.
El centro ocupaba parte de un edificio antiguo cerca de una plaza llena de árboles. Las paredes estaban cubiertas de dibujos, carteles de colores y fotos. Olía a pintura, papel y merienda… a niños. Y por primera vez desde que llegué a Francia sentí algo parecido a la familiaridad.
La coordinadora me presentó al resto del equipo. Algunos hablaban en inglés y otros intentaban ayudarme con mi francés. Todos parecían más interesados en que me sintiera cómoda que en juzgar mis errores y eso ya era una novedad.
Aquella tarde ayudé a una niña de ocho años con matemáticas. No entendía todo lo que me decía y ella tampoco me entendía del todo a mí pero nos las arreglamos. Cuando terminó el ejercicio me enseñó orgullosa el cuaderno y luego me regaló un dibujo.
Era un dibujo objetivamente horrible, yo parecía un palo con pelo pero debajo había escrito: “Lucía”. Con varias letras torcidas pero me emocioné mucho más de lo que debería.
Al salir del centro llamé a Julien.
—¿Qué tal? —preguntó.
Se escuchaba ruido de fondo: teclados, voces, teléfonos…
—Bien —contesté sonriendo sin darme cuenta— creo que ha sido uno de mis mejores días desde que estoy aquí.
Eso llamó su atención.
—¿Sí?
Le conté lo del dibujo, la niña, las actividades, la asociación, todo. Y durante unos minutos pareció realmente feliz por mí.
—Sabía que encontrarías algo.
—Yo empezaba a pensar que no.
—Yo sí —se rió.
Aquella noche incluso llegamos a cenar juntos. Una cena normal sin conversaciones importantes, sin dramas ni lágrimas. Solo fue una pizza compartida y una serie de fondo que ninguno estaba viendo realmente. Y me permití pensar que quizá estábamos encontrando el equilibrio. Quizá todavía era posible.
Duró tres días.
El jueves Julien canceló nuestra cena porque había surgido una reunión urgente, el viernes llegó después de las diez, el sábado pasó media mañana respondiendo correos y el domingo recibió tres llamadas de su padre antes de comer.
Yo intenté no darle importancia, de verdad que lo intenté porque sabía que no era culpa suya y veía el agotamiento en su cara. Y porque le quería pero aún asi… seguía doliendo.
La semana siguiente me asignaron más horas en la asociación. Por primera vez tenía una rutina, un sitio al que ir, personas que me esperaban… algo que era mío y estaba emocionada, ridículamente emocionada.
Aquella tarde había preparado la cena antes de que Julien llegara. Incluso compré una botella de vino para celebrarlo. Cuando entró por la puerta supe que algo iba mal. Tenía la corbata floja, las mangas remangadas y esa expresión ausente que empezaba a conocer demasiado bien.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí —respondió demasiado rápido.
Sabía que era mentira pero lo dejé pasar y nos sentamos a cenar. Intenté contarle mi día, le hablé de un niño que insistía en llamarme “la española”, de una actividad que había salido bien, del dibujo que me habían regalado, de lo mucho que me estaba gustando volver a sentirme útil.
Julien sonreía, asentía, decía las cosas correctas pero estaba lejos, muy lejos de todo. Lo veía en sus ojos, en los silencios y en cómo miraba el móvil cuando creía que yo no me daba cuenta. Hasta que, de repente, le pregunté:
—¿Te acuerdas cómo se llamaba la niña del dibujo?
Me miró, parpadeó y entonces lo entendí, no había escuchado ni la mitad de lo que le había contado.
—Lo siento —dijo enseguida.
No sonó mal, solo sonó roto.
—No pasa nada.
Y era verdad porque el problema no era aquella conversación, ni la cena. El problema era que Julien parecía estar desapareciendo poco a poco delante de mí y yo ya no sabía cómo alcanzarlo.
Esa noche se quedó dormido casi en cuanto apoyó la cabeza en la almohada. Yo me quedé despierta observándolo, escuchando su respiración, pensando en la asociación, los niños, en mi día y en todo lo que empezaba a recuperar y también lo que parecía estar perdiendo.
Durante semanas tuve miedo de desaparecer, ahora empezaba a encontrar me otra vez y el problema era que Julien parecía estar perdiéndose cada vez más.
Lo observé. Tenía ojeras, el ceño ligeramente fruncido incluso mientras descansaba. Parecía agotado, como si estuviera luchando una batalla que nadie más podía ver. Y en ese momento pensé algo que me asustó.
¿Qué pasa si yo consigo construir una vida aquí… y el ya no quiere la suya?
Cerré los ojos intentando apartar aquella idea pero ya era demasiado tarde porque algunas grietas empiezan mucho antes de que podamos verlas.