Tres veces nosotros

Capítulo 25 – Lo que pesa demasiado

Hay cansancios que se curan durmiendo y otros que se quedan contigo incluso después de cerrar los ojos.

Julien llevaba semanas arrastrando uno de esos. Al principio pensé que era trabajo, después pensé que era estrés y luego empecé a sospechar que era algo más profundo. Algo que llevaba mucho tiempo creciendo dentro de él y que ya no podía esconder.

La asociación seguía ocupando gran parte de mis tardes. Por primera vez desde que llegué a París tenía una rutina. Los niños me esperaban, tenía nombres que recordar, dibujos que guardar en mi bolso y pequeños logros que me hacían volver a casa sonriendo.

Aquella tarde llegué especialmente contenta. Uno de los niños con los que trabajaba llevaba semanas bloqueado con la lectura y por fin había conseguido terminar un cuento entero sin ayuda. Me había abrazado después y yo llevaba todo el camino pensando en contárselo a Julien.

Abrí la puerta del apartamento y me recibió silencio. Dejé las llaves, me quité la chaqueta y entonces lo vi. Estaba sentado en el sofé completamente inmóvil. Ni siquiera parecía estar viendo la televisión, simplemente estaba allí mirando algún punto de la pared.

—¿Julien?

Tardó unos segundos en reaccionar como si volviera de muy lejos.

—Hola.

Su voz sonó a pagada. Me acerqué despacio.

—¿Estás bien?

Asintió demasiado rápido.

—Sí.

Mentira, ya había aprendido a reconocerlas. Me senté a su lado.

—¿Ha pasado algo?

Julien soltó una risa breve sin humor.

—Siempre pasa algo.

No insistí solo esperé hasta que al final habló.

—Hoy he estado tres horas preparando una propuesta para un cliente.

Me giré hacia él.

—¿Y?

—Mi padre la rompió delante de todos.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué?

—No literalmente.

Apoyó los codos en las rodillas.

—La leyó durante dos minutos y luego empezó a señalar errores delante de todo el equipo.

Bajó la mirada.

—Ni siquiera errores importantes simplemente cosas que él habría hecho de otra manera.

Guardó silencio unos segundos.

—Después presentó exactamente la misma propuesta como si fuera suya.

No supe qué decir porque aquello no sonaba a una discusión laboral, sonaba a algo mucho más antiguo o personal.

—Julien…

—Da igual.

—No, no da igual.

Se quedó callado y entonces dijo algo que me dejó helada.

—No recuerdo la última vez que me sentí bueno en algo.

Me giré completamente hacia él.

—No digas eso.

—Es verdad.

Tenía la mirada perdida.

—Da igual cuánto trabaje, da igual cuánto me esfuerce, siempre hay algo que corregir, algo que mejorar o algo que no está bien. Y llega un momento en que te preguntas si el problema eres tú.

Aquello ya no era cansancio, era desgaste. Años de desgaste.

—El problema no eres tú —susurré.

Julien soltó una risa triste.

—¿Sabes qué es lo peor?

Negué.

—Que ya ni siquiera sé que hago allí. Si pudiera elegir otra vida…

Se quedó callado como si le diera miedo terminar esa frase.

—¿Qué?

Me miró y vi algo parecido al miedo.

—No estaría haciendo esto.

La habitación quedó en silencio porque aquella era la primera vez que lo decía en voz alta. Que reconocía que la vida que tenía no era la vida que quería. Y una vez que dices algo así… ya no puedes fingir que no existe.

Esa noche cenamos tarde y hablamos poco pero antes de dormir, mientras estaba apoyado junto a mí en la cama, sentí cómo buscaba mi mano entre las sábanas. Y se quedó dormido así, como si necesitara asegurarse de que todavía había algo que seguía siendo suyo.

Yo me quedé despierta un rato más, escuchando su respiración y pensando en todo lo que estaba recuperando y a la vez lo que él estaba perdiendo. Empezaba a entender que el problema ya no era que no encontrara mi lugar en París, era que quizás tampoco era el suyo.




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