Las semanas empezaron a adquirir una forma nueva. Mis días dejaron de girar alrededor de Julien. No porque le quisiera menos, precisamente porque empezaba a quererme un poco más a mí misma.
La asociación ocupaba cada vez más espacio en mi vida. Me levantaba con algo que hacer, con personas que me esperaban y con la sensación de que aquello que había estudiado durante años servía para algo más que para llenar un cirrículum.
Los niños seguían corrigiendo mi francés sin ningún tipo de compasión.
—No se dice así —me repetía Amine, un niño que llevaba apenas seis meses en Francia y que ya hablaba mejor que yo.
—Gracias por humillarme delante de todos —contesté una tarde.
Él se echó a reír.
—Es para ayudarte.
Y tenía razón. Aquella tarde volví a casa sonriendo, sonriendo de verdad. No porque Julien hubiera llegado temprano, ni porque hubiera recibido un mensaje suyo. Sonreía porque había tenido un buen día, solo mío. Y aquella diferencia era enorme.
—Tía tienes una cara que hacía siglos que no veía.
La voz de Carla salió por los altavoces del portátil. Yo me acomodé en el sofá.
—¿Qué cara?
—La tuya —respondió ella.
María sonrió desde el otro lado de la pantalla.
—Tiene razón.
—No sé de qué habláis.
—Claro que lo sabes —insistió Carla— antes siempre que te llamábamos acabábamos hablando de lo mal que lo estabas pasando.
—Y ahora llevas veinte minutos hablando del trabajo —añadió María.
Me quedé callada porque era verdad. Había pasado casi toda la videollamada contándoles historias de los niños, la posibilidad de asumir más responsabilidades. Y ni siquiera me había dado cuenta.
—Creo que por fin estas encontrando algo tuyo —dijo María.
Aquella frase me dejó pensativa.
—Quizá.
—No quizá —corrigió Carla— seguro.
Sonreí y me dí cuenta que la idea de quedarme en París ya no estaba ligada únicamente a Julien. Y aquello me asustó un poco pero también me hizo feliz.
—¿Y el qué tal está? —preguntó entonces María.
La sonrisa desapareció sola y Carla lo notó enseguida.
—Ah.
—¿Qué “ah”? —protesté.
—Ese “ah”.
Suspiré.
—Está cansado.
—¿Solo cansado?
—Agotado.
Y entonces empecé a contarles las llamadas constantes, los planes cancelados, los fines de semana trabajando, las discusiones con su padre y la sensación de que cada día pesaba más que el anterior. Las dos me escucharon sin interrumpirme y cuando terminé Carla fue la primera en hablar.
—¿Sabes qué pasa?
—¿Qué?
—Que cuando hablas del trabajo pareces ilusionada.
—Y cuando hablas de Julien pareces preocupada —añadió María.
Bajé la mirada porque era verdad y porque nunca lo había visto tan claro.
—Es como si fuerais en direcciones distintas —continuó Carla— tú estás construyendo algo.
—Y él sigue intentando sobrevivir a lo mismo —terminó María.
Ninguna de las dos lo dijo con maldad, simplemente era lo que veían y una parte de mí sabía que tenían razón.
Aquella noche Julien llegó tarde otra vez. Cenamos algo rápido en la cocina, los dos estábamos cansados. Cuando terminamos de recoger los platos se quedó apoyado en la encimera.
Yo le observaba y cada vez me costaba más reconocer al chico que había llegado a Salamanca años atrás. No porque hubiera cambiado sino porque parecía haberse rendido.
—¿Qué? —preguntó al notar que lo miraba.
—Nada.
—Mentira.
Sonreí un poco.
—¿Tan evidente soy?
—Muchísimo.
Nos quedamos en silencio unos segundos hasta que decidí hablar.
—Creo que tenemos que hablar.
Su expresión cambió ligeramente. No parecía enfadado, solo cansado.
—Vale.
Fuimos al salón. Julien se sentó en el sofá y yo me senté frente a él. No tenía miedo de aquella conversación porque no iba a pedirle nada solo iba a decirle la verdad.
—Cuando llegué a París pensé que el problema era yo.
Frunció el ceño.
—Lucía…
—Déjame terminar.
Asintió.
—Pensé que no era suficientemente valiente, que no encajaba y no estaba preparada. Que había cometido un error pero ya no creo que fuera eso.
Bajé la mirada unos segundos y el silencio se instaló entre nosotros.
—Estoy empezando a encontrar mi sitio aquí.
Vi cómo sonreía, una sonrisa pequeña y orgullosa.
—Lo sé.
—Y ahora que empiezo a estar bien… me estoy dando cuenta de que tú cada vez estás peor.
La sonrisa desapareció. No respondió porque no podía y los dos sabíamos que era verdad.
—Julien… yo crucé un país entero para estar aquí, aprendí un idioma que no conocía, busqué trabajo, empecé de cero, me equivoqué y lloré pensando en volver a casa cien veces. Pero seguí intentándolo. Y siento que tú sigues esperando que tu vida cambie sin tomar ninguna decisión.
Aquello si le dolió. Lo vi en su cara y en la forma en que bajó la vista.
—¿Tú crees que no lo sé? —preguntó en voz baja.
—No he dicho eso.
—¿Cress que no sé exactamente lo que está pasando?
No respondí porque si lo sabía.
—Estoy atrapado Lucía y no sé cómo salir.
—Lo sé.
Aquellas palabras me rompieron el corazón porque eran sinceras y no había excusas ni mentiras. Solo había miedo.
—No puedo hacerlo por ti.
Sus ojos se llenaron de tristeza.
—Lo sé.
Y aquella fue probablemente la peor parte, que los dos lo sabíamos.
Mas tarde nos fuimos a la cama. No solucionamos nada, simplemente nos acostamos. Sentí que el silencio entre nosotros decía más que cualquier conversación. No tardé en escuchar su respiración tranquila.
Julien se había dormido, pero yo no. Entonces vibró el móvil y era un correo del trabajo. Lo abrí y mientras leía una sonrisa apareció poco a poco en mi cara. Querían ampliar mis horas para ampliar el programa de integración. Creían que podía aportar mucho más. Creían en mí.
Cuando terminé de leerlo me quedé unos segundos inmóvil y sentí ese orgullo que llevaba tanto tiempo buscando. Orgullo de lo que había conseguido, de no haberme rendido.