Tres veces nosotros

Capítulo 29 – Volver a elegirme

El abrazo de mi madre fue lo primero que sentí al salir del aeropuerto, ni siquiera tuve tiempo de buscarla entre la gente, simplemente apareció. Y cuando me rodeó con los brazos, algo dentro de mí se rompió definitivamente porque llevaba meses intentando ser fuerte. Meses intentando adaptarse, intentando sostener una vida que cada día pesaba más y de repente ya no tenía que hacerlo. Ya estaba en casa.

—Ya está cariño —susurró mi madre mientras me acariciaba el pelo— ya está.

Y entonces lloré, en mitad del aeropuerto como una niña pequeña. Mi padre apartó la vista para darme intimidad y mi abuela me abrazó después sin decir una sola palabra. Y fue precisamente eso lo que más necesitaba.

Nadie me preguntó nada ni me pidió explicaciones, simplemente me llevaron a casa. Durante los primero días apenas hice nada, solo dormí, leí, vi películas con mi abuela, ayudé a mi madre a cocinar, salí a caminar por los alrededores…

Y poco a poco empecé a sentir algo que llevaba mucho tiempo sin sentir, silencio. Silencio dentro de mí. No había felicidad, todavía no, pero sí calma. La calma que llega cuando ya no estás luchando contra algo.

Julien seguía apareciendo en mi cabeza constantemente: en una canción, en una cafetería, en una palabra en francés, en cualquier cosa. Había momentos en los que lo echaba tanto de menos que me costaba respirar y otros en los que me enfadaba con él, conmigo, con todo. Pero incluso en esos momentos sabía una cosa: había tomado la decisión correcta, porque querer a alguien no siempre significa quedarse a veces significa marcharse antes de desaparecer.

Una tarde estaba ayudando a mi abuela a recoger la cocina cuando me preguntó:

—¿Lo sigues queriendo?

La miré. Ella seguía guardando platos en los armarios como si hubiera preguntado por el tiempo.

—Sí.

—Ya, eso no se va tan rápido.

Sonreí con tristeza.

—No.

Mi abuela cerró la puerta del armario y se giró hacia mí.

—¿Y te arrepientes?

Tardé un momento en responder. Pensé en París, en Julien, en el aeropuerto y en todas las veces que había llorado sintiéndome perdida. Y negué despacio.

—No.

Ella asintió.

—Entonces hiciste lo correcto.

A veces las personas mayores tienen una forma desesperante de simplificar las cosas y, sin embargo, casi siempre tienen razón.

Pasó una semana, luego otra y empecé a sentirme más ligera, más yo. Volví a hablar con Carla y María casi todos los días.

María estaba enamorada de aquel chico estadounidense que había conocido unos meses atrás. Tanto que empezaba a plantearse seriamente pasar más tiempo allí. Y Carla seguía siendo Carla, caótica, directa e imposible.

—Te aviso —dijo una tarde por videollamada— si vuelves a París sin mí me voy a ofender muchísimo.

Me reí.

—No voy a volver a París.

—Mentira.

—Carla…

—Lucía te conozco.

Rodé los ojos.

—Pues te equivocas.

—Ya veremos.

Dos días después sonó mi teléfono, era un número francés. El corazón me dio un vuelco, durante un segundo pensé que podía ser Julien. Pero no, era la asociación.

Contesté y de repente todo volvió a acelerarse. La coordinadora hablaba deprisa, como siempre, pero esta vez entendí cada palabra. Y cuanto más hablaba, más fuerte sentía los latidos de mi corazón. Hasta que llegó la frase:

—Nos gustaría contar contigo.

Me quedé completamente quieta.

—¿Qué?

La mujer se rió.

—El puesto de apoyo para niños extranjeros. Creemos que has hecho algo muy bueno con ellos y queremos seguir contando contigo.

No fui capaz de responder durante unos segundos porque aquello no era solo un trabajo, era mucho más. Era la confirmación de que no había sido un fracaso, de que París no había sido un error y de que todo aquel dolor había servido para algo.

Cuando colgué seguía temblando. Mi madre me encontró en la cocina mirando la pared.

—¿Qué pasa?

La miré y empecé a llorar otra vez, pero esta vez era diferente.

—Me han vuelto a ofrecer el trabajo.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿El de la asociación?

Asentí.

—Sí.

Mi madre me sonrió orgullosa y feliz, como si hubiera estado esperando exactamente ese momento.

—Entonces ya sabes lo que tienes que hacer.

La miré confundida.

—¿El qué?

—Volver.

La palabra cayó entre nosotras.

—Mamá…

—No vuelvas por Julien.

Noté cómo se me cerraba la garganta.

—Vuelve por ti.

El silencio se instaló en la cocina.

—Pero…

—Lucía, llevas años buscando su sitio. Años y por primera vez te he escuchado hablar de algo con esa cara. No hablas de un chico ni una relación ni de una ciudad, sino de ti.

—Me da miedo.

—Claro que te da miedo.

Sonrió.

—Las cosas importantes siempre dan miedo.

Esa noche llamé a Carla.

—Tengo una noticia.

—¿Te ha tocado la lotería?

—Me vuelven a dar el trabajo.

Hubo dos segundos de silencio y luego un grito, un grito tan fuerte que tuve que apartar el móvil.

—¡LO SABÍA!

Me eché a reír.

—Estás loca.

—¿Cuándo te vas?

—Todavía no lo sé.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Porque yo también voy.

Parpadeé.

—¿Cómo?

—He encontrado teletrabajo. Llevo semanas mirándolo.

Me quedé muda.

—¿Lo dices en serio?

—Completamente.

—Carla…

—Mira, alguien tiene que impedir que sobrevivas a base de baguettes y ansiedad.

La carcajada me salió sola, era la primera de verdad en mucho tiempo. Y en ese momento supe que sí, que iba a volver pero esta vez sería diferente.

Un mes después estaba otra vez en un aeropuerto, con una maleta otra vez, pero no era la misma persona y tampoco era el mismo viaje porque esta vez nadie me esperaba al otro lado. Ni Julien, ni una historia de amor, ni una promesa, solo yo y eso, por primera vez, era suficiente.




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