Hay una diferencia muy extraña entre sobrevivir en una ciudad y pertenecer a ella- La primera vez que llegué a París caminaba mirando los nombres de las calles como si fueran pistas de un idioma secreto, me perdía constantemente, tenía miedo de pedir un café sola. Cada conversación era un examen y cada silencio una derrota.
Ahora, años después, cruzaba la ciudad medio dormida con un café en una mano y el móvil en la otra mientras maldecía el retraso del metro como cualquier parisina adoptiva. Supongo que así es como sabes que un lugar ha terminado convirtiéndose en hogar.
—Lucía, como no salgas en los próximos treinta segundos me voy sin ti y le diré a tus niños que los has abandonado para perseguir tu sueño de convertirte en catadora profesional de croissants.
La voz de Carla atravesó el piso. Sonreí porque algunas cosas tampoco cambian nunca.
—Eso no tiene sentido —contesté desde mi habitación.
—Claro que tiene sentido. Todo el mundo tiene un sueño y el tuyo son los croissants.
Salí al pasillo terminando de ponerme el abrigo. Carla ya estaba lista junto a la puerta, o bueno tan lista como podía estar Carla. Llevaba un paraguas roto, dos pendientes distintos y el pelo recogido en un moño imposible que desafiaba varias leyes físicas.
—¿Sabes que llevas dos pendientes diferentes?
Se llevó una mano a la oreja.
—Lo sé.
—¿Y por qué no te los cambias?
—Porque ahora mismo es una decisión estética.
—Es una accidente para la vista.
—La moda siempre empieza siendo un accidente.
Negué con la cabeza.
—Un día te van a prohibir la entrada en algún sitio.
—Y tú me defenderás porque eres una ciudadana ejemplar.
—Trabajo con niños.
—Exacto, ya estás entrenada para lidiar conmigo.
Bajamos las escaleras riéndonos. El edificio era antiguo, con las paredes algo desgastadas y un ascensor que funcionaba solo cuando le apetecía pero me encantaba. Me encantaba el olor a café de la panadería de la esquina, la señora del tercero que siempre paseaba a su perro diminuto con complejo de rottweiler, el mercado de los sábados, la librería donde nunca compraba nada y aun así entraba cada dos semanas. Me encantaba todo aquello porque era mío. Por fin sentía que mi vida era mía.
Nos despedimos en la estación de metro. Carla trabajaba en una editorial pequeña donde sobrevivía gracias a una combinación milagrosa de talento, cafeína y caos. Yo seguí mi camino hasta el centro educativo. Nada más entrar escuché mi nombre.
—¡Lucía!
Y antes de que pudiera reaccionar un niño de ocho años se estampó conta mis piernas en un abrazo.
—Buenos días para ti también Hugo.
—He sacado un sobresaliente.
—¿En serio?
Asintió con tanto entusiasmo que casi se le cae la mochila.
—Y mi madre ha dicho que te dé las gracias.
Sentí algo cálido dentro del pecho. Aún me seguía pasando después de tantos años. Aún había días en los que tenía que detenerme un segundo para recordar que aquella era mi vida, mi trabajo, mi sitio, aquello por lo que había luchado.
El resto de la mañana pasó entre clases, reuniones y niños que mezclaban francés, español, árabe e inglés en la misma frase. Y me encantó cada minuto porque entendía exactamente cómo se sentían.
Yo también había llegado una vez sin saber dónde colocarme, había tenida la sensación de no pertenecer y quizás por eso podía ayudarlos.
Cuando terminé la jornada salí del edificio agotada pero satisfecha. El cielo empezaba a teñirse de naranja. París tenía esa capacidad absurda de parecer una postal incluso cuando estabas demasiado cansada para apreciarlo.
Cuando llegué a casa Carla estaba cocinando o al menos ella afirmaba hacerlo. La realidad era que había tres sartenes ocupadas, una receta abierta en el móvil y una expresión de absoluta improvisación en su cara.
—¿Debo preocuparme? —pregunté dejando el bolso en una silla.
—No.
La sartén hizo un ruido sospechoso.
—Eso no ha sonado muy convincente.
—Porque no confías en mi talento.
—Porque la última vez casi provocas un incendio haciendo una tortilla francesa.
—Eso fue un problema técnico.
—Fue fuego.
Carla me señaló con una espátula.
—La cocina es arte.
—La cocina son instrucciones.
—Por eso tú cocinas bien y yo soy divertida.
No pude evitar reírme. Me gustaban esos momentos, los cotidianos, los que nadie sube a redes sociales ni cuenta después porque parecen insignificantes. Pero eran precisamente esos momentos los que habían construido mi vida.
Cenamos en la terraza pequeña que teníamos junto a la cocina. París empezaba a iluminarse poco a poco mientras el sol desaparecía entre los edificios. Desde allí podía verse una hilera de tejados grises, varias ventanas abiertas y una pareja discutiendo en un balcón a dos calles de distancia.
—Los del quinto siguen juntos —comentó Carla.
—¿Los que se pelean todos los martes?
—Esos mismos.
—Quizá esa es su forma de comunicarse.
—Qué agotador.
Sonreí. Durante unos segundos nos quedamos en silencio. Uno de esos silencios cómodos que solo existen cuando conoces mucho a alguien.
—¿Sabes qué es lo raro? —dije de repente.
—¿Qué?
Miré las luces de la ciudad.
—Que durante años pensé que si conseguía llegar aquí sería feliz.
Carla dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Y no lo eres?
La pregunta me pilló por sorpresa porque la respuesta era sencilla.
—Sí.
Y era verdad, lo era. Tenía un trabajo que me gustaba, vivía en una ciudad que había aprendido a querer, tenía amigos, una rutina, un hogar, una vida. Todo aquello que una vez pareció imposible.
—Entonces, ¿qué pasa? —preguntó ella.
Me encogí de hombros.
—Nada
Y después sonreí.
—O quizás es que pensaba que al conseguir todo esto dejaría de hacerme preguntas.
Carla soltó una carcajada.