A veces pienso que las amistades de verdad se parecen más a las casas que a las personas. Hay algunas en las que puedes pasar meses sin entrar, incluso años, y aun así, cuando vuelves a cruzar la puerta todo sigue oliendo a hogar. Eso fue exactamente lo que sentí cuando el avión aterrizó en Galicia.
—No me puedo creer que estemos aquí —dijo Carla, pegada a la ventanilla como una niña pequeña— Mira eso.
Me incliné para mirar. Todo era verde, pero no verde normal era un verde exagerado, casi absurdo. Colonas, árboles, campos, montañas suaves que parecían salidas de una postal.
—Parece que alguien ha subido la saturación del paisaje —murmuré.
—Te lo juro.
Cuando bajamos del avión el aire me golpeó la cara. Olía distinto: a tierra húmeda, a mar, a limpio… Y me sentí completamente desconectada de París. No porque no quisiera volver, al contrario.
Ya no necesitaba llevarme mi vida a cuestas para sentir que me pertenecía. París seguía allí esperándome y eso me dio una tranquilidad extraña.
El coche de alquiler tardó exactamente doce minutos en convertirse en una batalla campal.
—Te estoy que el GPS se ha equivocado.
—Carla llevamos diez minutos conduciendo.
—Precisamente.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tiene en mi cabeza.
—Y ahí está el problema.
Carla me lanzó una mirada ofendida.
—Algún día agradecerás mis dotes de copiloto.
—Ese día no va a ser hoy.
Terminamos riéndonos las dos, como siempre.
Las carreteras eran estrechas, rodeadas de árboles y pequeñas casas de piedra. Cada curva parecía esconder otro paisaje, otro trozo de mar, otro rincón bonito.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo Carla.
—¿Qué?
—Que ahora entiendo por qué Diego se casa aquí.
Miré por la ventanilla.
—Yo también.
La casa que habíamos alquilado estaba cerca de la costa. No era enorme pero tenía algo acogedor. Tenía ventanas grandes, una terraza con vistas al mar y una sensación inmediata de lugar vivido.
Cuando aparcamos escuché una carcajada dentro y la reconocí incluso antes de bajar del coche.
—No puede ser.
Carla sonrió.
—Sí puede.
Salí prácticamente corriendo. La puerta se abrió y allí estaba Diego, exactamente igual y completamente distinto. Más adulto, feliz y seguro.
—¡MIS CHICAS!
Ni siquiera intentamos actuar como personas civilizadas. Nos abrazó a las dos a la vez y casi nos tira al suelo.
—¡Me estás aplastando!
—¡Os he echado muchísimo de menos!
—¡Nos estás estrangulando!
—¡Eso también es amor!
Laura apareció detrás de él riéndose y entendí inmediatamente por qué Diego estaba tan enamorado. Tenía esa clase de luz tranquila que hace que todo parezca más fácil.
Nos saludó como si nos conociera de toda la vida y quizá, de alguna forma, era verdad porque llevaba años escuchando hablar de nosotras.
—¿Y María? —pregunté.
La sonrisa de Diego se hizo enorme.
—Prepárate.
Nunca debió decir eso porque dos segundos después escuché una voz conocida.
—¡LUCÍA!
Me giré y allí estaba María, con el pelo más largo, algunas ojeras, una sonrisa enorme y un niño pequeño en brazos. Me quedé paralizada.
—Madre mía…
Ella empezó a llorar antes incluso de llegar hasta mí y entonces yo también. Nos abrazamos tan fuerte que parecía que intentábamos recuperar todos los años perdidos de golpe.
—Estás igual.
—Eso es mentira.
—Vale, estás más guapa.
—Eso también es mentira.
Nos reímos entre lágrimas y entonces miré al niño. Él me observó con absoluta desconfianza, como si estuviera evaluando mis credenciales.
—¿Y este señorito?
María sonrió.
—Este señorito es el responsable de que no duerma desde hace dos años.
—Hola.
El niño siguió mirándome serio y solemne como un juez.
—Creo que no le caigo bien.
—Le caes bien —dijo María— está decidiendo si eres digna de confianza.
—¿Y cuánto tarda?
—Unos seis meses.
El resto de la tarde pasó entre abrazos, presentaciones y conversaciones cruzadas. Conocimos a Matt, escuchamos anécdotas, vimos fotos, hablamos de trabajos, de ciudades, de cómo demonios habíamos llegado a la edad en la que nuestros amigos se casaban y tenían hijos.
Y por momentos me olvidé completamente de todo lo demás, simplemente fui feliz.
Al caer la tarde salí a la terraza con María. El mar se extendía delante de nosotras inmenso, oscuro y hermoso. Durante unos minutos nos quedamos en silencio.
—Te veo bien —dijo finalmente.
Sonreí.
—Estoy bien.
—No.
La miré y ella también sonreía.
—Estás mejor.
Me apoyé en la barbilla pensándolo porque tenía razón. No estaba simplemente bien, estaba mejor de lo que había estado durante mucho tiempo.
—París me ha cambiado.
—Lo sé.
—Durante años pensé que me había quedado allí por una historia.
María no respondió. Esperó como siempre hacía.
—Y ahora me doy cuenta de que me quedé por mí.
La brisa movió algunos mechones de mi pelo.
—Me costó mucho entenderlo.
—Pero lo entendiste.
Asentí mirando al horizonte.
—París ya no es el lugar al que fui por Julien.
María sonrió.
—Entonces, ¿qué es?
Y por primera vez la respuesta salió sin esfuerzo.
—Mi casa.
Aquella noche celebramos la preboda en un chiringuito frente al mar. Había luces colgadas entre los árboles, farolillos, música suave, mesas de madera, gente riendo, copas chocando… Todo parecía sacado de una película.
Diego iba de un lado a otro saludando a todo el mundo y Laura brillaba a su lado.
Carla ya había hecho amistad con media fiesta, Matt intentaba seguir conversaciones en español a una velocidad imposible y María perseguía a su hijo entre las mesas. La escena era tan caótica como perfecta y yo me sentía extrañamente feliz observándola.
Quizá porque durante mucho tiempo pensé que crecer significaba perder cosas y aquella noche comprendí que también significaba ganar otras.