Tres veces nosotros

Capítulo 32 – Lo que creías superado

Durante unos segundos fui incapaz de moverme. No sabía si estaba respirando o sonriendo o si alguien me estaba hablando. Solo veía a Julien al otro lado del chiringuito como si todos aquellos años hubieran desaparecido de golpe.

Y entonces alguien se acercó a él, una mujer. Apoyó una mano en su brazo mientras le decía algo y Julien giró la cabeza para escucharla. El hechizo se rompió, la realidad volvió de golpe. No estaba solo, por supuesto que no estaba solo.

Habían pasado años, yo había seguido adelante y él también, era lógico y aún así sentí algo extraño atravesarme el pecho. No fue dolor exactamente, igual algo peor. La constatación de que el tiempo había seguido avanzando incluso cuando yo no miraba.

—Lucía.

La voz de Carla me devolvió al presente.

—¿Qué?

—Llevas como un minuto mirando al vacío.

—No es verdad.

—Es completamente verdad.

No respondí porque las dos sabíamos que sí.

Al otro lado del chiringuito Julien seguía hablando con aquella mujer. Era guapa pero no de una forma imposible. No era una modelo ni una actriz, simplemente tenía esa clase de belleza tranquila que hace que una persona resulte fácil de mirar.

Llevaba el pelo castaño recogido en una coleta baja y se reía con facilidad y lo peor era que parecía agradable, muchísimo. Lo habría tenido más fácil si me hubiera caído mal, pero no, parecía encantadora.

—Respira —murmura Carla.

—Estoy respirando.

—Lo justo para no morir.

Le lancé una mirada y ella me devolvió una sonrisa pequeña.

—No pasa nada por estar removida.

—No estoy removida.

—Claro.

—Carla.

—Lucía.

Las dos terminamos riéndonos porque después de tantos años seguíamos teniendo exactamente la misma conversación.

La música continuó sonando, la gente seguía hablando y la vida siguió avanzando como si nada extraordinario estuviera ocurriendo. Hasta que Diego los vio, lo reconocí por su expresión. Primero sorpresa, luego incredulidad y después una sonrisa enorme.

—¡No me lo puedo creer!

Abandonó la conversación que estaba teniendo y atravesó medio chiringuito. Julien apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Diego lo abrazara.

—¡Has venido!

—Me invitaste, ¿no?

—Sí, pero pensé que me ibas a poner cualquier excusa.

—Esta vez no.

Los dos se echaron a reír. Laura apareció segundos después y entonces empezaron los abrazos, las presentaciones, las conversaciones. Todo aquello ocurre cuando se reúnen personas que llevan años sin verse.

Yo observaba desde lejos, sin acercarme, sin huir tampoco, simplemente observando. Hasta que Diego señaló claramente hacia nuestra mesa y supe exactamente lo que iba a pasar.

—Mierda —murmuré.

—Correcto —respondió Carla.

Los vi acercarse: a Diego, a Laura, a Julien y a la chica. Y por primera vez desde que los había visto aparecer sentí auténticos nervios. Ridículo, completamente ridículo y aún así allí estaban esperándome como si tuviera veinte años otra vez, como si estuviera a punto de entrar en un examen para el que no había estudiado.

Julien fue el primero en hablar.

—Hola.

Su voz era distinta. Más graves, más calmada y sin embargo la reconocí al instante.

—Hola.

Nos quedamos mirándonos un segundo de más, solo uno pero suficiente para notar todo el peso de los años. Todo lo que habíamos sido y lo que ya no éramos. Por suerte Diego intervino antes de que el silencio se volviera incómodo.

—Bueno… esto es surrealista.

—Un poco —admitió Carla.

—Bastante —añadió María.

Julien sonrió y entonces señaló a la mujer que estaba a su lado.

—Ella es Claire.

Claire nos saludó con naturalidad.

—Por fin os conozco. He oído hablar mucho de vosotros.

—Espero que bien —dijo Diego.

—Depende de la historia.

Todos nos reímos, incluso yo, y eso ayudó porque de repente dejaron de ser Julien y la mujer misteriosa. Ahora eran Julien y Claire, dos personas reales delante de mí.

Durante el siguiente rato la conversación fluyó sorprendentemente bien. Claire era divertida, inteligente y tenía una paciencia admirable para sobrevivir a Diego lo que ya era una virtud.

La ví hablar con María sobre maternidad, con Carla sobre viajes, con Matt sobre Francia y cuanto más la observaba más me daba cuenta de algo: no quería que me cayera bien. Pero me caía bien y eso era tremendamente injusto.

En algún momento me alejé a por una copa. Necesitaba aire, distancia o simplemente cinco minutos sin pensar demasiado.

—¿Estás bien?

Ni siquiera tuve que girarme.

—¿Tenéis un radar?

Carla apareció a mi lado.

—Sí.

—Eso explica muchas cosas.

Me entregó una copa, nos apoyamos contra una barandilla desde la que se veía el mar y durante unos segundos ninguna dijo nada.

—No estoy mal —dije finalmente.

—Nunca he dicho que lo estés.

—Solo es raro.

—Claro que es raro.

Miré hacia la fiesta. Julien estaba hablando con Diego, se reía de algo y parecía relajado, cómodo y feliz. Y aquello si me golpeó de una forma que no esperaba porque reconocía al hombre que tenía delante y al mismo tiempo no. Había algo distinto, algo más ligero, como si finalmente hubiera dejado de cargar con un peso enorme.

—Ha cambiado.

—Tú también.

—Ya lo sé.

—Entonces deja de actuar como si fueras la única persona que tenía derecho a seguir adelante.

La miré.

—Eso ha sonado muy profundo para ser tú.

—Estoy rodeada de gente que envejece.

Cuando regresamos a la fiesta me sorprendí buscando a Julien entre la gente y eso me enfadó un poco porque no quería hacerlo, no quería convertirme en esa persona. La que mide la noche en función de dónde está alguien.

Pero seguía ocurriendo sin permiso, sin lógica, sin sentido. Lo veía hablar, reír. Moverse entre grupos y de vez en cuando notaba que él también me buscaba. Solo un instante, una mirada rápida, un reconocimiento silencioso. Nada más.




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