Las bodas tienen algo extraño. Da igual cuántas veces hayas ido a una, siempre terminan obligándote a mirar tu propia vida. Quizá es porque ves a dos personas elegir un camino juntas o porque durante unas horas todo el mundo parece tener muy claro dónde está y con quién quiere estar.
Y yo aquí sentada frente al mar aquella mañana, viendo cómo los invitados comenzaban a ocupar sus sitios, no podía dejar de pensar en lo mucho que había cambiado mi vida desde Salamanca y en lo diferente que era de cómo la había imaginado.
La ceremonia se celebraba en una pequeña finca junto a la costa. El viento movía suavemente las flores blancas que decoraban las sillas, a lo lejos se escuchaban las olas y todo era tan bonito que parecía preparado para una película.
—Voy a llorar —anunció Carla mientras se colocaba las gafas de sol.
—Todavía no ha empezado.
—Precisamente, estoy calentando.
Me reí. A mi lado, María intentaba mantener sentado a su hijo, que parecía mucho más interesado en perseguir una mariposa que en asistir a una boda y Matt observaba la escena divertido.
—¿Siempre sois así? —preguntó.
—Peor —respondimos Carla y yo al mismo tiempo.
La música comenzó a sonar y entonces apareció Laura. Diego empezó a llorar incluso antes de verla acercarse.
—Dios mío —susurró Carla— está llorando.
—Está emocionado.
—Parece que le hayan comunicado una tragedia.
María soltó una carcajada y yo también, pero cuando miré de nuevo hacia el altar sentí algo cálido en el pecho. Diego parecía feliz, de verdad. Feliz de esa forma tranquila que da haber encontrado tu lugar, y por un instante sentí una pequeña punzada. No de envidia ni de tristeza, solo me hacía una pregunta: ¿Era eso lo que yo había imaginado para mí?
Porque cuando tenía veinte años daba por hecho que sí, que a estas alturas habría construido algo parecido. No necesariamente con Julien, pero sí con alguien. Una vida compartida, una dirección clara, un plan, y sien embargo allí estaba. Treinta años, viviendo en Paris, feliz en muchos aspectos, pero sola. La idea apareció sin avisar y ya no se fue.
La ceremonia terminó entre aplausos, lágrimas y abrazos. Diego parecía incapaz de dejar de sonreír, Laura tampoco. Y mientras todos se dirigían hacia la zona del cóctel, yo me quedé unos segundos rezagada observando el mar.
Necesitaba respirar, ordenar un poco mis pensamientos o al menos intentarlo.
—Sigues haciendo eso.
Me giré, Julien.
Se había acercado sin que me diera cuenta. Llevaba una copa en la mano y la chaqueta colgada al hombro. Por un segundo volvimos a quedarnos en silencio y eso era curioso, años atrás los silencios entre nosotros estaban llenos de cosas incómodas, ahora simplemente existían.
—¿Hacer qué? —pregunté.
—Escaparte cuando hay demasiada gente.
Sonreí.
—Y tú sigues fijándote.
Él soltó una pequeña risa.
—Supongo.
El viento agitó ligeramente su pelo. Durante unos segundos los dos observamos el mar, como si aquello fuera más fácil que mirarnos.
—La boda está siendo muy bonita —dije.
—Mucho.
—Nunca pensé que Diego sería el primero en casarse.
—Yo tampoco.
—Ni que acabaría llorando tanto.
Julien se rió.
—Eso sí lo esperaba.
La risa me salió sola, y durante un instante todo resultó extrañamente sencillo.
—¿Estas bien? —preguntó de repente.
La pregunta me sorprendió porque exactamente era la misma que me había hecho media docena de personas durante aquel fin de semana, pero en su boca sonó diferente. Más sincera y peligrosa.
—Sí.
Él arqueó una ceja.
—Sigues mintiendo fatal.
—Gracias.
—De nada.
Bajé la vista hacia mi copa, pensando y buscando una respuesta que fuera verdad.
—Estoy bien —dije al final— solo…
Me detuve.
—¿Solo?
Suspiré.
—Pensé que a estas alturas mi vida sería diferente.
La frase salió sola, sin filtro. Julien tardó unos segundos en responder.
—¿Diferente cómo?
Me encogí de hombros.
—No lo sé.
Miré hacia los invitados, hacia Diego y Laura, María y Matt o hacia el pequeño que corría detrás de una pelota.
—Más parecida a la que imaginaba cuando tenía veinte años.
Julien siguió mi mirada y entendió exactamente a qué me refería. Lo supe antes incluso de que hablara.
—Menos mal que la mía no se parece.
Lo miré, y me encontré sonriendo porque tenía razón. Si la vida de Julien se hubiera parecido a la que imaginaba con veinte años seguiría trabajando para su padre, seguiría atrapado y siendo aquel hombre agotado que veía apagarse cada día en París.
—Tienes un punto —admití.
—Uno bastante bueno.
—No te emociones.
Volvimos a reírnos, y otra vez apareció esa sensación extraña. La de reconocer a alguien, la de sentirse cómoda y la de preguntarte cómo es posible que tantos años desaparezcan durante unos minutos.
—¿Y Claire? —pregunté antes de poder evitarlo.
La pregunta salió demasiado deprisa y poco preparada. Julien pareció sorprendido y luego miró hacia la zona donde estaban los demás. Claire hablaba con Laura y María, riéndose de algo.
—Bien —respondió finalmente.
Y no añadió nada más. Ni “es mi novia”, ni “estamos juntos”, ni ninguna explicación. Solo eso, bien. Y por alguna razón aquella respuesta me dejó todavía más confundida.
Alguien llamó a Julien desde el otro lado del jardín. Uno de los invitados levantó la mano y él respondió con un gesto.
—Me reclaman.
—Parece que sí.
Hubo un instante extraño, como si ninguno supiera exactamente cómo terminar la conversación.
—Me alegro de verte bien Lucía.
Y esta vez su sonrisa fue completamente sincera, sin nostalgia, sin pena. Solo era sincera.
—Yo también me alegro de verte bien.
Porque era verdad, más verdad de lo que habría imaginado. Julien asintió y se alejó.