Tres veces nosotros

Capítulo 34 – Como antes

La fiesta empezó oficialmente después de la cena aunque la realidad era que llevaba horas funcionando. Entre brindis, abrazos, fotos, conversaciones cruzadas y camareros apareciendo constantemente con bandejas de comida nadie parecía tener muy claro cuándo había terminado una cosa y empezado la siguiente.

Y quizá por eso todo resultaba tan perfecto, porque no había horarios ni obligaciones ni planes. Solo personas felices celebrando a otras personas felices.

Diego parecía incapaz de dejar de sonreír. Cada vez que alguien lo felicitaba volvía a abrazarlo como si acabara de enterarse otra vez de que se había casado.

—Creo que se ha emocionado tanto que se le ha olvidado cómo funciona su cara en modo serio —comentó Carla.

—No creo que Diego haya tenido nunca una cara seria —respondí.

—Punto para Lucía.

María soltó una carcajada mientras intentaba evitar que su hijo lanzara una aceituna al suelo. Matt observaba la escena fascinado.

—¿Las bodas españolas son siempre así?

—¿Así cómo? —preguntó Carla.

—Como si toda la familia hubiera tomado tres cafés y decidido no dormir nunca más.

—Sí.

—Algunas incluso peor —añadí.

—Me encanta.

—Eso es porque todavía tienes demasiada energía.

—Hablad por vosotras.

Nos reímos y durante unos minutos todo fue exactamente eso. Risas, conversaciones sin sentido, comida, amigos… Nada más ni nada menos.

La música empezó a subir de volumen conforme avanzaba la noche. Primero fueron canciones tranquilas, luego otras menos tranquilas y finalmente alguien decidió que era buena idea recuperar éxitos que todos habíamos escuchado demasiadas veces en la universidad.

Fue un error… porque en cuanto sonó una de ellas Diego apareció de la nada.

—¡No!

—¿Qué pasa? —preguntó Laura.

—Esta canción está prohibida.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que sonaba terminábamos haciendo algo ilegal.

Laura se quedó mirándolo.

—¿Qué clase de ilegal?

—Depende de la noche.

—Diego…

—Presuntamente claro.

La mesa entera estalló en carcajadas.

A medida que avanzaba la noche empecé a relajarme de verdad. Ya no estaba pendiente de quién entraba o salía, simplemente estaba allí disfrutando. Algo que llevaba demasiado tiempo sin permitirme.

Observé a María mientras hablaba con Matt. La forma en que se miraban, la naturalidad, la complicidad y sentí una sonrisa aparecer sola. Habían construido algo bonito, muy bonito.

Después observé a Diego y Laura. Ella le arreglaba el cuello de la camisa mientras él intentaba robar comida de una bandeja y pensé que probablemente siempre serían así. Y me gustó porque después de todo lo que habíamos vivido juntos, verlos felices tenía algo profundamente reconfortante.

La música volvió a cambiar y alguien arrastró a Carla hacia la pista. Probablemente en contra de su voluntad, o quizá no. Era difícil saberlo pero cinco minutos después estaba encima de una silla.

—¡Baja de ahí!

—¡Jamás!

—¡Te vas a caer!

—¡Tengo mucho equilibrio emocional!

—Precisamente por eso me preocupa.

Las carcajadas se mezclaron con la música. María casi se atragantó de la risa, Matt estaba grabándolo todo y yo terminé llorando de tanto reírme, literalmente. Hacía años que no me reía así, años.

Más tarde terminamos todos bailando, incluso los que habían jurado que no iban a hacerlo. Incluso Matt, María con el niño en brazos, incluso Diego que ya estaba lo suficientemente alegre como para pensar que tenía ritmo. No lo tenía, nunca lo había tenido y probablemente nunca lo tendría pero eso no parecía importarle.

Durante un rato dejé de pensar en París, en el trabajo, en el futuro, en las preguntas que llevaba meses haciéndome, en Julien…

Solo estábamos nosotros como si alguien hubiera cogido todos aquellos años y los hubiera doblado cuidadosamente hasta hacerlos desaparecer, volviéramos a tener veinte años y estuviéramos todavía en Salamanca. Y aquella sensación me hizo más feliz de lo que esperaba.

Vi a Julien varias veces durante la noche, era imposible no hacerlo. Estaba allí hablando con gente, riendo, bailando con Claire, compartiendo conversaciones con Diego, pero no hablamos ni una sola vez y me alegro de que fuera así porque por primera vez desde que había llegado a Galicia no sentí necesidad de buscar respuestas.

Simplemente existía, y él también y eso era suficiente.

La fiesta terminó mucho más tarde de lo que cualquiera había planeado, como todas las buenas fiestas.

Cuando por fin abandonamos el restaurante ya no quedaba casi nadie. El mar seguía allí oscuro y tranquilo. Las luces del pueblo brillaban a lo lejos y el aire olía a sal.

Caminábamos de vuelta hacia la casa con los zapatos en la mano. Carla a mi lado, las dos agotadas pero felices. Durante varios minutos no dijimos nada, solo escuchábamos las olas, el sonido de nuestros pasos… Hasta que ella habló.

—¿Y bien?

La miré.

—¿Y bien qué?

—No te hagas la tonta.

Sonreí.

—No sé de qué hablas.

—Llevas intentando hacerte la interesante desde ayer.

—Que pesada eres.

—Gracias.

Negué con la cabeza. Ya conocía esa mirada y no iba a rendirse.

—¿Cómo estás llevando lo de Julien?

La pregunta quedó suspendida entre nosotras y para mi sorpresa, la respuesta llegó enseguida.

—Creo que no es Julien.

Carla frunció el ceño.

—¿No?

Negué despacio.

—Creo que soy yo.

La vi esperar como siempre, sin presionarme. Dejándome llegar sola.

—Pensaba que cuando volviera a verlo mi vida sería diferente.

—¿Diferente cómo?

Suspiré.

—No lo sé.

Miré hacia delante, hacia la carretera, hacia la oscuridad.

—Pensaba que tendría una familia o una pareja o hijos o algo. Pensaba que habría llegado a algún sitio.

Mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía. Carla tardó unos segundos en responder y cuando lo hizo, su tono fue mucho más suave.




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