La mañana después de una boda siempre tiene algo de campo de batalla. No importa lo elegante que haya sido la ceremonia ni lo perfecta que pareciera la fiesta bajo los farolillos. Al día siguiente siempre queda la verdad: zapatos abandonados, vasos medio vacíos, maquillaje corrido, gente caminando en silencio como si hubiera sobrevivido a una guerra pequeña.
Cuando salí de la habitación la casa parecía otra. Había una chaqueta sobre una lámpara, una corbata en el respaldo del sofá, un zapato de Carla en mitad del pasillo (solo uno)…
—No preguntes —murmuró ella desde la cocina sentada frente a una taza de café como si estuviera negociando con la muerte.
—No iba a hacerlo.
—Bien.
—Pero quiero saber dónde está el otro zapato.
—Yo también, Lucía. Yo también.
María apareció unos segundos después con su hijo en brazos y la cara de una mujer que llevaba despierta desde antes de que el sol recordara que tenía que salir.
—Buenos días —dijo.
—Eso es discutible —contestó Carla.
El niño, en cambio, parecía estar viviendo su mejor momento. Tenía el pelo revuelto, una galleta en la mano y una energía absolutamente ofensiva para la hora que era.
—No entiendo cómo puede estar tan activo —dije.
María lo miró con amor y agotamiento.
—Porque los bebés no tienen alma. Se alimentan del cansancio materno.
Matt entró detrás con una sonrisa tranquila, demasiado despierto para ser una persona decente.
—He preparado café.
Carla lo miró como si acabara de aparecer un santo.
—Matt, si María te deja algún día, llámame.
María ni se inmutó.
—Tendrías que quedarte también con el niño.
Carla miró al pequeño y el niño le ofreció media galleta babeada.
—Me lo pienso.
Nos echamos a reír y aquel sonido, tan simple y familiar, me hizo sentir algo parecido a la felicidad sin complicaciones. De esa que no pide nada y aparece sin avisar mientras llevas ojeras, el pelo fatal y una taza de café demasiado caliente entre las manos.
Diego y Laura llegaron casi a la hora de comer. Él llevaba gafas de sol, ojeras y una sonrisa de recién casado que ni la resaca conseguía estropear.
—Buenos días pueblo —saludó entrando en la cocina.
—Son las dos de la tarde —dijo Carla.
—Mi cuerpo no reconoce horarios desde ayer.
Laura apareció detrás, de una forma tan radiante que parecía injusta.
—No sé cómo puede tener esa cara —murmuró María— yo después de una fiesta así parezco atropellada por una banda de música.
—Porque Laura es un ser superior —dijo Diego, abrazándola por la cintura— y porque yo absorbí todo el desastre por los dos.
—Eso sí es verdad —respondió ella.
Nos sentamos a comer sin demasiada ceremonia. Restos de comida, pan, ensaladas improvisadas y agua, mucha agua. También alguna botella que Diego insistió en abrir “para despedir la boda como se merece” y que nadie más apoyó con demasiado entusiasmo.
La conversación empezó ligera, llena de bromas sobre la noche anterior. Carla negó haberse subido a una silla pero Matt presentó pruebas en vídeo y Carla le exigió que lo destruyera. María dijo que necesitaba conservarlas para enseñárselas a su hijo cuando fuera mayor. Diego afirmó que lo mejor de su boda había sido ver a Carla casi perder la dignidad por completo.
—Casi —protestó ella— la dignidad se tambaleó pero sobrevivió.
—No estoy seguro —dijo Matt revisando el vídeo.
—Tú cállate, infiltrado.
Reímos tanto que durante un rato me dolió la mandíbula y luego, como pasa siempre en las conversaciones largas, el tono fue cambiando sin que nadie lo decidiera. Dejamos de hablar de la fiesta y empezamos a hablar de la vida, de verdad.
Diego contó que montar su despacho había sido mucho más complicado de lo que imaginaba. Que había meses en los que parecía que todo iba bien y otros en los que no dormía pensando en facturas, clientes y decisiones que no sabía si estaba tomando correctamente.
Laura admitió que organizar la boda le había removido más inseguridades de las que esperaba. Que todo el mundo hablaba de felicidad pero nadie hablaba de la presión de hacerlo todo “bien”.
María habló de la maternidad con una sinceridad que me atravesó.
—Quiero a mi hijo más que a nada —dijo mirando al niño, que en ese momento intentaba meter una cuchara dentro de un vaso— pero hay días en los que echo de menos no ser imprescindible para nadie durante cinco minutos.
Matt le rozó la mano por encima de la mesa.
—A mí me gustaría entender qué quiere cuando grita.
—Eso no lo entiende nadie —respondió ella.
Nos reímos pero había algo más debajo. Una verdad, una que quizás todos necesitábamos escuchar. Yo los miraba hablar y sentía cómo algo dentro de mí se recolocaba despacio.
Durante meses había pensado que los demás habían llegado a sitios donde yo no. Que María con su familia o Diego con su boda o Carla con esa forma suya de no parecer necesitar nada; todos parecían que tenían algo claro que yo todavía intentaba descifrar. Pero aquella comida me enseñó otra cosa.
Nadie tenía todo tan claro y solo íbamos avanzando como podíamos. Con trabajos imperfectos, relaciones imperfectas, cansancios imperfectos, sueños que cambian de forma y aun así allí estábamos, sentados alrededor de una mesa riéndonos, sosteniéndonos y volviendo a elegirnos.
María fue quien lo resumió sin saber que lo estaba haciendo.
—Siempre pensamos que cuando llegáramos a esta edad tendríamos todas las respuestas —dijo limpiándole la boca al niño con una servilleta— y resulta que nadie tiene ni idea de lo que está haciendo.
Hubo un silencio breve y luego Diego levantó su vaso.
—Por no tener ni idea.
Carla chocó su vaso con el suyo.
—Pero saber disimular estupendamente.
—Eso sí —añadí.
Y brindamos por estar perdidos de formas distintas, por seguir vivos y por seguir ahí.
La despedida de Diego y Laura fue más emotiva de lo que esperábamos, Quizá porque la boda se había terminado de verdad en ese momento o porque todos sabíamos que, aunque prometiéramos vernos pronto, la vida no siempre lo ponía fácil.