La cafetería estaba casi vacía cuando llegué. Fuera el cielo gris amenazaba con lluvia pero dentro olía a café recién hecho y a dulce. Había pocas mesas ocupadas y una música suave sonando de fondo.
Julien ya estaba allí sentado junto a la ventana con una taza delante que parecía llevar varios minutos enfriándose.
Levantó la vista cuando me vio entrar y durante un segundo volvimos a ser dos desconocidos. Dos personas que habían compartido una vida entera y que, aun así, no sabían muy bien cómo empezar una conversación.
—Hola.
—Hola.
Me senté frente a él. El camarero apareció enseguida y pedí un café pero después volvió el silencio. No era incómodo pero era pesado, lleno de años, de preguntas, recuerdos y de cosas que nunca habíamos dicho.
Julien fue quien habló primero.
—¿Eres feliz?
Parpadeé porque de todas las preguntas que había imaginado durante años, aquella no estaba entre ellas. Lo observé unos segundos intentando entender.
—Sí —respondí al final— creo que sí.
Él sonrió ligeramente.
—Me alegro.
Y por alguna razón esa frase me emocionó más de lo que debería porque sonaba sincera y sin reproches ni segundas intenciones, solo era alguien que realmente quería saber si había sido feliz.
—No fue algo inmediato.
Julien asintió como si ya lo supiera.
—A mí tampoco me fue bien al principio.
Nos quedamos callados unos segundos. Después él soltó una pequeña risa sin humor.
—Durante mucho tiempo estuve enfadado.
Levanté la vista.
—¿Conmigo?
Negó despacio.
—Conmigo.
Aquello no me lo esperaba. Julein apoyó los brazos sobre la mesa mirando el café.
—Tardé mucho en entender que tenías razón.
Sentí algo moverse dentro de mí.
—Julien…
—No, déjame decirlo.
Su voz era tranquila pero había algo roto debajo. Algo que llevaba años esperando salir.
—Cuando te marchaste estaba convencido de que podía arreglarlo todo. Que solo necesitaba tiempo y que podía seguir trabajando con mi padre, seguir soportándolo y, de alguna manera, hacer que funcionara.
Sonrió con amargura.
—Y luego te fuiste.
Guardé silencio porque recordaba perfectamente aquella sensación. La de verlo quedarse, la de subir a aquel avión y la de pensar que estaba abandonando algo que quería salvar.
—Y seguí intentándolo durante meses —continuó, perdiendo la vista en la ventana— hasta que un día me di cuenta de que estaba viviendo exactamente la vida que tú habías visto antes que yo.
—No fue tan sencillo verlo.
—Ya lo sé pero tenías razón.
Aquellas palabras me golpearon más de lo que esperaba porque durante años había deseado escucharlas y ahora que llegaban ya no servían para cambiar nada solo para entender.
—Yo tampoco lo llevé bien —admití.
—Lo imaginaba —sonrió.
—Volver fue horrible.
Aquello pareció sorprenderlo.
—¿Sí?
—Sí.
Miré la taza recordando y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
—Sentía que había fracasado. Volví a casa pensando que había renunciado, que había sido incapaz de construir una vida allí y que había abandonado algo importante. Tardé mucho tiempo en entender que marcharme no fue rendirme.
Julien asintió despacio, como si entendiera exactamente de qué estaba hablando.
—Te salvaste.
Lo dije tan convencido que sentí un nudo en el pecho porque durante años nadie había conseguido resumirlo mejor.
Nos quedamos en silencio pero estaba vez era un silencio distinto, más ligero. Como si estuviéramos quitando peso a algo que habíamos cargado demasiado tiempo. Hasta que Julien volvió a hablar.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Durante mucho tiempo pensé que si hubiera luchado un poco más… te habrías quedado.
El aire pareció detenerse porque aquella frase llevaba años viviendo dentro de los dos. Yo lo sabía y él también. Respiré hondo y entonces respondí.
—Y yo pensé durante mucho tiempo que si te hubiera querido un poco más… habrías cambiado.
Nuestros ojos se encontraron y durante unos segundo nadie habló porque los dos sabíamos exactamente lo que significaban aquellas palabras. Todo el peso de aquellos años estaba ahí, encima de la mesa, entre nosotros, y entonces Julien negó despacio.
—Pero ninguna de las dos cosas era verdad.
Sentí cómo algo se rompía, no de forma dolorosa, al contario, como una cuerda demasiado tensa que por fin deja de sujetarse.
—No —susurré— ninguna era verdad.
Porque no se trataba de amor, nunca se trató de amor. Nos habíamos querido muchísimo pero él no podía cambiar por mí y yo no podía quedarme por él. Era así de simple y así de triste.
Durante unos segundos ninguno dijo nada. Luego Julien soltó el aire lentamente.
—Lo siento.
Lo miré, había una sinceridad absoluta en su cara.
—Yo también.
Y por primera vez no era una disculpa para arreglar algo, ni una forma de recuperar nada. Solo era verdad, lo sentíamos los dos por el dolor, las heridas y todo lo que no supimos hacer mejor. Y también por todo lo que sí intentamos, mucho más de lo que la gente imaginaba.
Julien sonrió ligeramente.
—Supongo que sobrevivimos.
Me reí.
—Supongo.
—No era el plan.
—Definitivamente no.
La risa apareció entre los dos y por primera vez en toda la conversación sentí paz, una triste pero era paz.
Cuando salimos de la cafetería ya empezaba a oscurecer. El puerto estaba tranquilo y las calles llena de esa clama que llega cuando termina el día. Nos detuvimos en la acera frente a frente, como tantas veces y como nunca antes.
—Me alegra que encontraras tu sitio —dijo.
Sentí una sonrisa parecer sola.
—Me alegra que encontraras el tuyo.
Julien asintió y durante un segundo pensé que iba a decir algo más, pero no lo hizo porque no hacía falta. Por primera en nuestra historia no quedaba nada pendiente, nada que explicar ni arreglar. Solo dos personas que habían formado parte de la vida del otro y que por fin podían dejar de cargar con aquello.