Volver a París después de un viaje siempre tenía algo extraño. Era como regresar a una casa que conocía de memoria y descubrir que, aunque no hubiera cambiado nada, yo ya no era exactamente la misma.
Carla y yo llegamos entrada la tarde. Las maletas quedaron abiertas en mitad del salón, como siempre. Nunca entendimos esa gente que deshacía el equipaje nada más llegar. Nosotras necesitábamos al menos un día para asumir que las vacaciones habían terminado.
—Prométeme una cosa —dijo Carla dejándose caer sobre el sofá.
—Depende.
—La próxima boda que tengamos que sea dentro de muchos años.
Me reí.
—Eso díselo a Diego cuando decida renovar los votos.
—Si organiza otra fiesta como esta, voy.
Nos miramos y estallamos en carcajadas. Aquella risa tenía algo diferente. Hacía mucho tiempo que no sentía el pecho tan libre.
Después del café con Julien esperaba volver rota. Había imaginado mil veces aquella conversación durante años, convencida de que removería heridas que nunca terminarían de cerrar y, sin embargo, había ocurrido justo lo contrario. No me había devuelto al pasado, me había permitido dejarlo allí.
—¿En qué piensas? —preguntó Carla.
—En que creo que, por fin, estoy en paz.
Sonreí mientras cerraba la cremallera de la maleta.
Carla me observó unos segundos, no dijo nada solo sonrió. Y entendí que llevaba mucho tiempo esperando escucharme decir exactamente eso.
El martes llegó demasiado rápido. Sonó el despertador cuando todavía me parecía estar escuchando las olas de Galicia.
El metro iba lleno, la gente caminaba deprisa, los cafés humeaban en las manos de quienes empezaban otra semana cualquiera. París seguía exactamente igual y me gustó descubrir que yo también seguía sintiendo que pertenecía allí.
Cuando llegué al centro, varios niños ya corrían por el patio. Algunos gritaban en francés, otros mezclaban palabras en idiomas distintos y otros simplemente sonreían.
—¡Lucía! —escuché a mi espalda.
Era Élodie, una de las coordinadoras.
—¿Qué tal la boda?
—Perfecta.
—¿Has descansado?
—Lo intentaré el año que viene.
Se rió.
—Tenemos una incorporación nueva.
—¿Otro niño?
Asintió.
—Llegó hace unos días, viene de Siria. Apenas habla francés y no quiere separarse de su hermana.
Entramos juntas en una de las aulas. El pequeño estaba sentado junto a la ventana. Me acerqué despacio, sin prisas, como había aprendido a hacer. Me senté a su lado sin decir nada, a veces el silencio era el mejor idioma. El niño me observó de reojo y después bajó otra vez la cabeza. Sonreí.
—Yo también me sentí perdida cuando llegué aquí.
No sabía si entendía mis palabras pero quizá entendía el tono porque, poco a poco, dejó de abrazarse las rodillas y eso ya era un comienzo.
Mientras lo observaba pensé en la primera vez que yo había llegado a París. En el miedo, la sensación constante de no pertenecer, las palabras que no sabía pronunciar, la vergüenza de equivocarme… Y comprendí que, de algún modo, todo aquello me había traído hasta aquí.
Quizá nunca habría encontrado esta vocación si mi propia vida no se hubiera desordenado antes.
La semana pasó deprisa entre reuniones, clases, informes, dibujos, abrazos inesperados de los niños, correcciones y esa sensación agradable de llegar a casa cansada por haber hecho algo que realmente merecía la pena. El viernes por la noche, Carla apareció en la cocina con dos copas de vino.
—Tengo un cotilleo.
—Eso nunca empieza bien.
—¿Te acuerdas de Adrien?
Pensé unos segundos.
—¿El psicólogo nuevo?
—Ese mismo.
Asentí. Era amable, tranquilo y parecía que tenía una paciencia infinita con los niños y siempre encontraba la forma de hace reír a cualquiera.
—¿Qué pasa con él?
Carla sonrió de esa forma que ya conocía demasiado bien.
—Que le gustas.
—¿Perdón? —pregunté mientras casi me atraganto con el vino.
—No pongas esa cara, se nota desde hace meses.
—No se nota nada.
—Lucía… te invita a tomar café cada dos semanas.
—Porque somos compañeros.
—Claro.
—Y porque hablamos bien.
—Ajá —suspiré.
—¿Qué insinúas?
—Nada.
Se llevó la copa a los labios con absoluta tranquilidad.
—Solo digo que quizá podrías dejar de decirle siempre que otro día.
Me quedé pensativa. Adrien era buena persona, inteligente, divertido y, sobre todo, me hacía sentir cómoda. Nunca me había planteado nada más, quizá porque hasta hacía muy poco seguía mirando demasiado hacia atrás.
Carla dejó la copa sobre la mesa.
—¿Sabes qué creo?
Negué con la cabeza.
—Creo que llevas tanto tiempo intentando reconstruirte que se te ha olvidado que también puedes volver a ilusionarte.
Sus palabras se quedaron flotando entre nosotras. No porque fueran especialmente profundas sino porque, por primera vez, no me dieron miedo.
Cogí el móvil casi sin pensar, busqué un chat y escribí: “¿Sigue en pie ese café que me debes?”.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos, después pulsé enviar. Carla abrió mucho los ojos mientras me observaba.
—¡No me lo puedo creer!
—Ni yo.
Las dos nos echamos a reír.
Mi móvil vibró casi al instante. “Pensaba que nunca me lo ibas a preguntar”.
Sonreí, no porque sintiera mariposas ni porque creyera haber encontrado el amor de mi vida. Sonreí porque, por primera vez en mucho tiempo, sentía que estaba dejando de vivir pendiente del pasado. Quizá seguir adelante no consistía en olvidar si no simplemente en volver a permitirse empezar.
Y aquella noche, mientras apagaba la luz de mi habitación, tuve la sensación de que mi vida seguía avanzando sin prisas ni miedos. Y sin esperar que alguien viniera a completarla.