Tres veces nosotros

Capítulo 38 – París vuelve a cruzar nuestros caminos

Hay ciudades que te obligan a caminar deprisa, París es una de ellas. No importa cuántos años lleves viviendo aquí que siempre hay alguien corriendo para no perder un metro, un camarero sorteando mesas con una bandeja imposible o una bicicleta que aparece de la nada cuando estás convencida de que puedes cruzar.

Yo ya había aprendido ese ritmo. Habían pasado varias semanas desde que volvimos de Galicia y la vida había recuperado su velocidad habitual.

Las mañanas empezaban demasiado temprano, con el café preparado mientras Carla protestaba porque el despertador era “una forma moderna de tortura”. Después cada una salía hacia su trabajo y no volvíamos a coincidir hasta la noche.

Mi rutina ya no me pesaba, al contrario, me gustaba. Había tardes en las que salía de la asociación completamente agotada, con pintura en la manga del jersey y algún dibujo doblado dentro del bolso porque un niño había decidido que yo debía quedármelo. Y, por extraño que pareciera, nunca me había sentido tan útil.

Aquella tarde, Adrien apareció por la puerta de mi despacho cuando ya estaba guardando mis cosas.

—¿Sigues en pie para ese café? —pregunté apoyándose en el marco de la puerta.

—Pensaba que ibas a arrepentirme —sonreí.

—Llevo meses esperando, no voy a echarme atrás ahora.

Me reí mientras cogía el abrigo. Fuimos a una cafetería pequeña a dos calles de la asociación. Una de esas donde el camarero ya sabía quién tomaba el café solo y quién terminaba pidiendo siempre un pastel aunque jurara que ni tenía hambre.

Con Adrien era fácil hablar. Me contó que había crecido en Lyon, que de pequeño quería ser músico y que acabó estudiando Psicología casi por accidente.

Yo le hablé de Salamanca, de cómo había terminado viviendo en París y de los niños que llenaban mis días de preguntas imposibles.

Nos reímos mucho, más de lo que esperaba. Cuando nos despedimos, me acompañó hasta la boca del metro.

—Ha estado bien.

—Sí —respondí— deberíamos repetirlo.

—¿Eso significa que ya no tendré que esperar otros seis meses?

Puse los ojos en blanco.

—No prometo nada.

—Aceptaré ese riesgo —me guiñó un ojo.

Nos despedimos con dos besos y cada uno tomó un camino distinto.

Mientras bajaba las escaleras del metro pensé que quizá Carla tenía razón. Quizá volver a conocer a alguien no tenía por qué dar miedo. No sentía mariposas ni vértigo ni esa necesidad desesperada de gustar, solo era curiosidad y tranquilidad y eso, después de todo lo vivido, tampoco estaba mal.

El andén estaba lleno, la línea iba con retraso y la gente empezaba a impacientarse. Cuando por fin llegó el tren, una marea de personas entró y salió al mismo tiempo. Conseguí hacerme hueco junto a una de las puertas, saqué el móvil para responder un mensaje de Carla. “Compra leche y si ves croissants también. No preguntes”.

Sonreí y contesté: “¿Y si no hay?.

“Entonces cambia de supermercado”.

Negué con la cabeza divertida.

Fue entonces cuando levanté la vista y el tiempo pareció detenerse durante un instante. Al otro lado del vagón, sujetándose a una barra metálica mientras intentaba que una enorme carpeta no se le cayera al suelo, estaba Julien.

Tardé unos segundos en reaccionar, él también. Fue una de esas coincidencias tan improbables que el cerebro necesita un momento para aceptar que son reales.

Nuestros ojos se encontraron y los dos sonreímos casi al mismo tiempo, sin tensión ni tristeza, solo con esa sorpresa limpia que produce encontrar a alguien que no esperabas ver.

Julien levantó ligeramente la carpeta que llevaba en brazos, haciendo una mueca de resignación. No pude evitar reírme. Moví los labios despacio.

—¿Qué haces?

Él respondió gesticulando.

—Demasiado trabajo.

Se encogió de hombros con esa expresión que conocía tan bien.

El tren arrancó de nuevo, había demasiada gente para acercarnos y demasiado ruido para hablar. Así que nos limitamos a intercambiar pequeñas sonrisas mientras el metro avanzaba bajo la ciudad.

Era curioso que después de todo lo que habíamos vivido, después del café en Galicia, después de aquella despedida… nuestro siguiente encuentro ocurría así. Sin grandes discursos ni música ni dramatismos. Solo dos personas compartiendo el mismo vagón un martes cualquiera.

Cuando el tren anunció la siguiente parada, levanté la vista hacia el panel luminoso, era la mía. Di un paso hacia la puerta y, justo antes de que se abriera, vi que Julien hacía lo mismo. Lo miré sorprendida.

—¿Tú también?

Él sonrió.

—Parece que sí.

Salimos entre la multitud y durante unos segundos caminamos en silencio dejándonos arrastrar por la corriente de gente que subía las escaleras.

Al llegar a la calle el aire fresco de la tarde nos recibió de golpe. Julien respiró hondo.

—París sigue siendo un caos.

—Y nosotros seguimos llegando tarde al metro.

Se rió.

—Eso no cambia nunca.

Seguimos caminando unos metros más si esfuerzo ni incomodidad, como si la conversación de Galicia hubiera dejado las cosas exactamente donde tenían que estar.

—¿Vives por aquí? —pregunté.

Asintió.

—A unas cuatro calles. ¿Y tú?

Señalé hacia el otro lado del bulevar.

—Diez minutos andando.

Julien abrió mucho los ojos.

—¿En serio?

—Sí.

Nos quedamos unos segundos mirándonos. Era absurdo, llevábamos años viviendo en la misma ciudad. Habíamos coincidido en los mismos barrios, en las mismas estaciones, quizá incluso en las mismas cafeterías… y nunca nos habíamos encontrado.

—París no es tan grande después de todo —dije.

—O quizá solo estaba esperando el momento adecuado.

La frase salió de sus labios son pretensión, cómo una reflexión cualquiera pero se quedó suspendida entre los dos.

Llegamos a un cruce y él señaló una calle.

—Yo voy por aquí.

—Y yo por allí.




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