Tres veces nosotros

Capítulo 39 – La costumbre de encontrarte

Hay personas que desaparecen de tu vida durante años y luego, sin saber muy bien cómo, empiezan a aparecer por todas partes.

Al principio pensé que lo del metro había sido una casualidad. Una de esas coincidencias improbables que solo sirven para regalarte una sonrisa y una historia que contar después pero París parecía tener otros planes.

La primera vez fue una semana después. Salía de la asociación cargada con una caja llena de material para una actividad que íbamos a hacer con los niños al día siguiente. Había decidido pasar por una papelería antes de volver a casa cuando, al cruzar una pequeña plaza, reconocí una figura apoyada junto a un puesto de flores.

Julien estaba hablando con la florista mientras sostenía un pequeño ramo de margaritas blancas. Fue él quien me vio primero y levantó la mano con una sonrisa tranquila.

—Parece que esto empieza a ser costumbre.

Me acerqué riéndome.

—No sé si preocuparme o pensar que París se ha hecho mucho más pequeño.

Miró el ramo que llevaba en la mano.

—¿Qué te parecen?

—¿Las flores?

—Sí.

Las observé un momento.

—Bonitas… aunque me pega más imaginarte regalando girasoles.

Frunció el ceño.

—¿Y eso?

—No sé… siempre parecían más… tú.

Julien soltó una carcajada.

—Pues casi los compro.

—¿Ves?

—Pero la florista me convenció de que las margaritas eran más elegantes.

La mujer, que seguía escuchándonos desde detrás del mostrador, levantó un dedo.

—Las margaritas nunca fallan.

Los dos nos reímos y charlamos unos minutos. Me contó que iba de camino a su oficina y yo le hablé de los preparativos de una excursión con los niños. En realidad nada importante ni trascendental y, aun así, cuando nos despedimos, seguía sonriendo.

La segunda vez fue un domingo. Carla había decidido quedarse en casa viendo una serie porque, según ella, “el domingo se ha inventado para no hacer absolutamente nada”.

Yo necesitaba salir. Compré un café para llevar y terminé sentándome en uno de los bancos del Jardín de Luxemburgo. Saqué un libro del bolso, leí dos páginas y a la tercera levanté la vista. Julien estaba sentado unos metros más allá con otro libro entre las manos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, levantó el café a modo de saludo.

—Igual esto empieza a dar un poco de miedo.

Me acerqué riéndome.

—Empiezo a pensar que me sigues.

—Yo iba a decir exactamente lo mismo.

Se hizo a un lado en el banco para dejarme sitio. Nos sentamos cada uno con su café y con su libro cerrado sobre las piernas.

—¿Qué lees? —preguntó.

Le enseñé la portada y él sonrió.

—Sigues leyendo novelas románticas.

—Y tú sigues juzgándome por eso.

—No te juzgo.

—Un poco sí.

—Bueno, solo un poco.

Nos echamos a reír. Después hablamos de libros, de cine, de restaurantes que habíamos descubierto en París, de una exposición que acababan de inaugurar cerca del Sena…

Ni una sola vez hablamos de nuestra relación, ni de Galicia, ni siquiera de la despedida. Y fue entonces cuando me di cuenta de algo: nunca habíamos conversado así, sin expectativas, sin miedo o sin intentar convencer al otro de nada. Simplemente hablando como dos personas que disfrutaban de la compañía del otro.

Una semana después, la asociación organizó un mercadillo solidario para recaudar fondos.

Los niños habían preparado dibujos, pulseras, pequeñas manualidades y hasta un puesto de repostería donde vendían bizcochos que, sorprendentemente, tenían bastante buena pinta.

Aquello estaba lleno de familias, vecinos y empresas colaboradoras. Yo iba de un lado para otro intentando que nada se descontrolara y fue en mitad de aquel caos cuando escuché mi nombre.

—¿Lucía?

Me giré y vi a Julien. Llevaba una acreditación colgada al cuello y lo miré sorprendida.

—¿Qué haces aquí?

Él levantó su acreditación.

—Uno de mis clientes patrocina el evento y me pidieron que viniera un rato.

—Pues bienvenido —sonreí.

Lo acompañé por los distintos puestos. Los niños nos saludaban al pasar, alguno me abrazaba por la cintura y otros me enseñaban orgullosos sus dibujos. Una niña tiró de mi mano para que viera una pulsera que acababa de terminar.

Julien observaba todo sin decir nada, solo sonreía. Cuando la niña volvió con sus amigas, caminamos unos metros en silencio.

—Ahora lo entiendo —dijo finalmente.

—¿El qué? —lo miré.

Se quedó pensando unos segundos.

—Por qué decidiste quedarte en París.

No supe que responder porque nunca nadie había entendido esa parte de mí viendo tan poco. Él miró alrededor, a los niños, a las familias, a mis compañeros y después volvió a mirarme.

—Este es tu sitio.

Sentí un nudo suave en la garganta.

—Sí.

Era la primera vez que respondía con tanta seguridad porque sentía que de verdad lo era.

Seguimos caminando y mientras lo observaba hablar con la directora del centro, interesarse por el proyecto, escuchar con atención a todo el mundo y hacer preguntas con una seguridad tranquila, pensé exactamente lo mismo.

Aquel hombre no se parecía al Julien que conocí años atrás. Seguía siendo él pero ya no caminaba con el peso del mundo sobre los hombros. Ya no parecía pedir permiso para existir y comprendí algo que me emocionó más de lo que esperaba.

Aquel era el hombre que siempre había sabido que existía, solo que entonces todavía no había conseguido encontrarlo.

Cuando el mercadillo terminó, ayudamos a recoger. Las últimas familias se despedían mientras el sol empezaba a esconderse entre los edificios. Cogí una caja llena de cartulinas y Julien me la quitó de las manos antes de que pudiera protestar.

—Pesa demasiado.

—No pesa tanto.

—Déjame hacer algo útil.

—Vale —sonreí.

Fuimos caminando despacio hasta la salida. Las calles empezaban a llenarse de ese color anaranjado que tanto me gustaba de París al final de la tarde. Sin darme cuenta reduje el paso y él hizo lo mismo. Ninguno parecía tener prisa por llegar a ningún sitio.




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