La llamada de Julien llegó un jueves por la tarde, justo cuando estaba intentando convencer a un niño de que pegar lentejas en una cartulina no era la mejor forma de representar el sistema solar.
—Saturno no puede estar hecho de legumbres —le dije con toda la seriedad del mundo.
—¿Por qué?
—Porque sería científicamente preocupante.
El niño me miró como si acabara de decir la mayor tontería de la historia.
—Pero queda bonito.
No pude discutir eso.
El móvil vibró en el bolsillo de mi chaqueta. Miré la pantalla, era Julien y durante unos segundos me quedé quieta, con una lenteja pegada en el dedo y una sensación extraña en el pecho. No era nerviosismo, era más bien esa especie de atención que despierta alguien cuando empieza a ocupar un lugar nuevo en tu vida y todavía no sabes cómo nombrarlo.
—Ahora vuelvo —le dije al niño— no conviertas júpiter en garbanzos mientras no estoy.
—No prometo nada.
Salí al pasillo y contesté.
—Hola.
—Hola Lucía. ¿Te pillo mal?
Sonaba tranquilo, profesional incluso y eso me desconcertó un poco.
—Estoy en mitad de una crisis astronómica con legumbres pero puedo hablar.
Hubo un segundo de silencio y después se rió.
—Vale, no esperaba esa respuesta.
—Mi trabajo es muy imprevisible.
—Eso parece.
Me apoyé contra la pared.
—¿Pasa algo?
—Sí, aunque no algo malo —hizo una breve pausa— tengo un cliente. Una fundación familiar que quieren financiar un proyecto de integración y han pensado en algo con niños extranjeros.
Me incorporé un poco.
—Eso suena muy bien.
—Pensé lo mismo —hace otra pausa— y he pensado en vuestro proyecto.
Noté algo cálido en el pecho.
—¿Has pensado en mí?
—No exactamente.
La respuesta me sorprendió pero Julien continuó antes de que pudiera decir nada.
—Pensé en ellos, en los niños y en el tipo de proyecto que podía servirles de verdad. Entonces pensé que tú podías ser la persona adecuada.
Me quedé callada porque aquello era distinto, muy distinto. No había necesidad, ni nostalgia, ni excusas para verme, solo era una idea de algo que importaba.
—Puedo hablar con Claire, la coordinadora —dije al fin— pero si esto sale adelante habría que plantearlo bien, no solo como caridad bonita para lavar imagen.
Julien soltó una risa baja.
—Exactamente por eso te he llamado.
—Mándame la información —sonreí sin querer.
—Te la envío ahora.
—Y si quieres puedo preparar una reunión con la asociación.
—Me parece perfecto.
Hubo un silencio breve y cómodo.
—Gracias Lucía.
—No me des las gracias todavía, soy bastante exigente con estas cosas.
—Lo sé.
Y la forma en que lo dijo me removió algo, no porque sonara romántico sino porque sonaba a reconocimiento. Como si recordara perfectamente quién era yo o quizá como si estuviera viendo en quién me había convertido.
La reunión se organizó para la semana siguiente.
Julien llegó puntual pero yo llegué cinco minutos tarde porque Amir había decidido que necesitaba contarme con mucho detalle una pelea diplomática que había tenido con su mejor amigo por culpa de un balón.
Cuando entré en la sala Julien ya estaba hablando con la directora de la asociación y dos representantes de la fundación. Llevaba traje pero sin corbata y tenía esa seguridad de quien ya no necesitaba demostrar nada a nadie.
Me vio entrar y sonrió de una manera profesional pero fue suficiente para que algo dentro de mí se recolocara.
—Perdón por el retraso —dije— ha sido una crisis infantil.
—Aquí también tenemos algunas —responde Julien mirando los informes.
La reunión empezó enseguida. Yo había preparado una propuesta sencilla pero sólida. Un programa de acompañamiento para niños recién llegados: apoyo en el idioma, mediación con las familias, seguimiento escolar, actividades de integración y formación para docentes.
Al principio hablé con algo de cautela pero luego dejé de pensar en quién estaba escuchando porque cuando hablaba de aquello, de mis niños, de sus dificultades, de sus miedos, de lo importante que era no convertirlos en estadísticas, todo lo demás desaparecía.
—No se trata solo de que aprendan francés —expliqué— se trata de que no sientan que tienen que dejar de ser quienes son para pertenecer a un sitio nuevo.
Uno de los representantes de la fundación asintió.
—¿Y cómo mediríamos el impacto?
—Con informes, claro. Evolución académica, asistencia, participación familiar… pero también con algo que a veces olvidamos medir, la confianza.
Julien miraba en silencio. Lo noté pero no me distrajo.
—Un niño que deja de esconderse al fondo de la clase, que levanta la mano, que se atreve a equivocarse en voz alta… eso también es impacto.
Hubo en silencio de esos que no incomodan, de esos que significan que alguien está pensando. Y realmente me sentí completamente segura de mi sitio.
La reunión fue bien, muy bien. La directora incluso me apretó el brazo al salir.
—Has estado brillante.
—Creo que he hablado demasiado.
—Has hablado lo necesario.
Julien se quedó recogiendo unos papeles mientras lo demás salían de la sala. Cuando nos quedamos solos me miró con una expresión difícil de leer.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Esa mirada no es nada.
—Es que… ahora lo entiendo incluso más.
—¿El qué?
Apoyó las manos sobre el respaldo de una silla.
—Por qué París se convirtió en tu casa.
No supe que responder, no porque no tuviera respuesta sino porque había cosas que, dichas por él, pesaban más.
—Fue poco a poco —dije.
—No —respondió con suavidad— creo que también fue porque tú lo hiciste tuyo.
Bajé la mirada un segundo y aquella frase me llegó a un lugar antiguo. Uno que ya no dolía pero que todavía recordaba.
Terminamos saliendo casi a la misma hora. La hora estaba limpia, fresca y con esa luz que París saca a veces como si quisiera presumir.