Durante las semanas siguientes Julien empezó a formar parte de mi vida de una manera silenciosa. No de golpe como antes, ni con esa intensidad que arrasa y te deja sin saber dónde estás. Fue más lento, sencillo y también peligroso, quizá porque parecía inofensivo.
Un mensaje para preguntarme por el proyecto de la asociación, una llamada breve para confirmas una reunión, un café después de una jornada larga, una broma a media tarde porque algo le había recordado a Salamanca.
Poco a poco, sin que ninguno de los dos lo dijera, empezamos a ocupar pequeños espacios en los días del otro y eso era precisamente lo que me asustaba porque ya no era nostalgia. Ya no era el golpe de verlo aparecer en una boda ni la tristeza de una conversación pendiente. Era otra cosa, algo más tranquilo o adulto y, por eso mismo, mucho más difícil de ignorar.
Adrien me esperaba en la cafetería de siempre, la que estaba a dos calles de la asociación. Cuando llegué ya tenía dos cafés sobre la mesa.
—He pedido el tuyo —dijo— espero no haber sido demasiado atrevido.
—Después de trabajar conmigo pedir mi café es el menor de tus riesgos.
Se rió. Era fácil hablar con Adrien, siempre lo había sido y quizá precisamente por eso me senté frente a él con un nudo extraño en el pecho porque no había hecho nada mal, ni era culpa suya. Era un hombre bueno, atento e inteligente y aun así… no bastaba.
Hablamos unos minutos de cosas sencillas: del trabajo, los niños, una reunión que ambos habíamos intentado no recordar durante toda la mañana. Hasta que el silencio cayó entre nosotros y Adrien me miró con una clama que me hizo sentir todavía peor.
—Vas a decirme algo que no quieres decirme.
Bajé la vista hacia mi taza.
—Sí.
Él asintió despacio.
—Lo imaginaba.
Eso me dolió.
—Lo siento.
—No empieces por ahí —dijo con una media sonrisa— todavía no sabes si voy a aceptar tus disculpas.
Me reí bajito pero la risa me salió triste.
—No sería justo seguir quedando contigo.
Adrien apartó la mirada.
—¿Hay alguien?
La pregunta fue sencilla sin reproche ni acusación. Me quedé callada porque no sabía cómo responder, no exactamente. No había nada y, al mismo tiempo, empezaba a haberlo todo.
—No lo sé —admití— no de la forma en la que estás preguntando.
Adrien sonrió con una tristeza muy serena.
—Pero tu corazón está empezando a mirar hacia otro sitio.
—Creo que sí.
Él asintió y durante unos segundos no dijo nada. Luego cogió su taza y bebió un sorbo.
—Entonces has hecho bien en decírmelo ahora.
—No quería hacerte daño.
—Ya, aunque a veces hacer lo correcto también duele un poco.
Me quedé mirándolo.
—Eres demasiado bueno.
—No tanto, también tengo mi orgullo.
—Lo siento.
—Ahora si acepto la disculpa.
Nos reímos los dos y aquella risa me alivió un poco. Adrien dejó la taza sobre la mesa.
—Lucía de verdad me gustas. Me habría gustado ver qué podía pasar pero no quiero estar con alguien que necesita convencerse de querer intentarlo conmigo.
Me dolió porque era cierto.
—Te mereces algo mejor que eso.
—Lo sé —respondió sin arrogancia— y tú también. Así que ve hacia donde tengas que ir.
—No sé si sé dónde es.
—Lo sabrás.
Lo dijo con una seguridad que yo no tenía.
Nos despedimos en la puerta de la cafetería con un abrazo leve, cálido y sin promesas raras ni dramatismos. Cuando se alejó por la acera, sentí pena pero también una especie de tranquilidad como si hubiera hecho una cosa adulta y honesta. Quizá eso era, al final, lo único que podía pedirme.
El proyecto de la fundación salió adelante. Aprobaron la financiación inicial y durante unos días todo fue una mezcla de reuniones, correos, presupuestos, horarios imposibles y Carla escuchándome hablar de protocolos mientras fingía no dormirse sobre la cena.
—Te quiero mucho —me dijo una noche apoyando la cabeza en la mano— pero si vuelves a decir “plan de seguimiento trimestral” me tiro por la ventana.
—Vivimos en un tercero.
—Suficiente para dramatizar.
—Eres muy poco profesional.
—Y tú necesitas vacaciones.
Tenía razón pero estaba feliz, agotada sí pero feliz. Había luchado tanto por sentir que mi trabajo tenía sentido que cada paso nuevo me parecía una pequeña victoria y Julien estaba allí ayudando desde donde podía, revisando contratos, coordinando reuniones, traducía algunas cuestiones legales con una paciencia que yo jamás habría esperado de él años atrás. Y, sobre todo, escuchaba a la directora, a las familias, a mis compañeros, a mí…
El Julien de antes, aquel que volvía tarde, agotado, atrapado dentro de una vida que no quería, habría querido hacerlo todo bien para no fallarle a nadie. Este Julien no, este sabía dónde estar y cuando estaba, estaba de verdad. Eso era lo que más me desarmaba.
La última reunión de la primera fase fue un viernes por la tarde. Habíamos terminado antes de lo previsto, algo tan improbable que todos salimos de la sala con la sensación de haber ganado una batalla. Julien recogió sus documentos mientras yo cerraba el portátil.
—Creo que esto ha salido bien —dijo.
—No lo digas muy alto, el universo puede escucharte.
—¿Sigues siendo supersticiosa?
—Soy prudente.
—Eso es otra forma de decir supersticiosa.
Le lancé una mirada, él sonrió y esa sonrisa me dejó un segundo más quieta de lo necesario. No era la sonrisa de antes era otra, una sonrisa de hombre adulto serena, libre y me gustó demasiado.
—¿Tienes prisa? —preguntó.
Sabía que aquella pregunta ya no era inocente. También sabía que podía decir que sí, que podía volver a casa, cenar con Carla y fingir que no llevaba días esperando una excusa para pasar más tiempo con él pero estaba cansada de fingir.
—No —respondí— no tengo prisa.
Salimos juntos. El aire de la tarde estaba frío pero no desagradable. Las calles empezaban a iluminarse poco a poco, con esa mezcla de ruido, elegancia y caos que ya no me asustaba. Caminamos sin rumbo como si el cuerpo hubiera tomado una decisión antes que nosotros.