Dos años después.
—Vamos a llegar tarde.
—Tú vas a llegar tarde —respondí desde el pasillo— yo llevo lista diez minutos.
Julien apareció en la puerta de la cocina con dos tazas de café en la mano.
—Eso es objetivamente falso.
—No uses lenguaje de abogado en casa.
—Es mi único lenguaje.
—Tienes otros y los usas cuando te quejas de que Carla ha vuelto a reorganizar nuestra nevera.
—Porque Carla no reorganiza, ella invade.
Cogí una de las tazas y le di un beso rápido en la mejilla.
—Es su forma de querernos.
—Su forma de querernos ocupa demasiado espacio.
Sonreí.
Nuestra casa no era precisamente grande pero era nuestra. Tenía libros en casi todas las superficies, una planta que yo insistía en que seguía viva aunque Julien decía que era “un recuerdo botánico”, una cesta junto a la puerta donde siempre olvidábamos las llaves y una manta azul en el sofá que Carla había comprado “porque vuestro piso necesita un poco de personalidad”. Seguía viviendo cerca, demasiado cerca según Julien y lo bastante cerca según ella.
María venía a visitarnos cada verano con Matt y su hijo, que ya hablaba tres idiomas y seguía mirándome como si estuviera evaluándome.
Diego y Laura habían venido a París dos veces. La primera se perdieron y la segunda también, algunas cosas no cambiaban, otra sí.
Yo coordinaba ya el programa de integración de la asociación. El proyecto que empezó con una reunión, unos informes y mucho miedo se había convertido en algo sólido. Cada año llegaban niños nuevos con acentos distintos, historias distintas y con esa mirada de quien acaba de aterrizar en un mundo que todavía no entiende.
Y cada vez que uno de ellos levantaba la mano por primera vez, cada vez que se atrevía a leer en voz alta, cada vez que dejaba de esconderse al fonde del aula, recordaba a la chica que una vez llegó a París sintiéndose extranjera en todas partes.
Julien había consolidado su despacho. Seguía trabajando con empresas grandes pero también dedicaba parte de su tiempo a casos sociales, fundaciones o personas que antes no habrían tenido forma de acceder a alguien como él.
Ya no hablaba de la empresa de su padre como una herida abierta. A veces hablaba de su abuelo con cariño y cuando su padre intentaba invadir su vida con la misma autoridad de siempre, Julien había aprendido a poner límites.
No siempre era fácil pero lo hacía y yo ya no tenía que salvarlo. Solo estar allí como él estaba para mí.
Esa mañana salimos juntos de casa. El cielo tenía ese tono gris que prometía lluvia aunque quizá solo quisiera amenazar. Julien me acompañó hasta la asociación antes de ir a una reunión.
—¿Vendrás a comer? —pregunté.
—Si el cliente no decide destruir mi mañana.
—Muy dramático.
—Soy francés.
—Eso no es una excusa.
—Es una identidad cultural.
No pude evitar reírme.
Al llegar a la puerta de la asociación, un niño nuevo estaba sentado en los escalones con una mochila demasiado grande para su cuerpo. Me miró con desconfianza y le sonreí.
—Bonjour.
Él dudó pero luego respondió bajito:
—Bonjour madame.
Aquellas dos palabras me hicieron sonreír más de lo que podía explicar. Me agaché un poco.
—¿Entramos juntos?
El niño miró a Julien, luego a mí y finalmente asintió. Julien me observaba en silencio pero no dijo nada, no hacía falta porque sabía exactamente lo que aquello significaba para mí. Antes de entrar me giré hacia él.
—Nos vemos luego.
—Aquí estaré.
—No es aquí, es en el restaurante.
—Sabes a lo que me refiero.
Sí, lo sabía.
Durante mucho tiempo había creído que el amor era una fuerza capaz de arrastrarlo todo pero después aprendí que no. Que el amor no salva una vida que una persona no quiere cambiar, que no sirve de nada quedarse si para hacerlo tienes que desaparecer y que querer a alguien no significa cargar con sus cadenas.
Pero también aprendí otra cosa, que a veces la vida te devuelve a alguien cuando ya no lo necesita para ser feliz, cuando ya has conseguido tu lugar y entonces, si eliges abrir la puerta, ya no entra para completarte sino para caminar contigo.
Miré a Julien al otro lado de la acera, sonreía. No como el chico de Salamanca, ni como el hombre roto de París sino como el hombre que había aprendido a elegirse y a elegirme sin pedirme que dejara de ser yo.
Durante mucho tiempo pensé que mi historia trataba de encontrar a la persona adecuada pero después entendí que primero tenía que encontrarme a mí. Quizá por eso la vida nos dio tres oportunidades.
La primera para enamorarnos, la segunda para perdernos y la tercera para elegirnos. No para volver atrás sino para aprender a caminar juntos hacia delante porque nosotros nunca fuimos los mismos. Solo fuimos tres veces nosotros.