Cinco años.
Incontables hombres de una sola noche.
Y siempre olvido dejar mis zapatos a la vista para la mañana siguiente.
Podré olvidar mi abrigo, mis pendientes, mi labial. Incluso he dejado atrás un bolso con mi teléfono adentro una vez. Pero mis bebés de tacón alto son irremplazables y como una idiota siempre olvido dejarlos donde a la mañana siguiente pueda encontrarlos.
Eso hace que mi proceso de desaparecer de la escena del crimen sea más largo y complicado. ¿O acaso se puede evitar hacer ruido cuando alguien está buscando unos zapatos del valor de una casa mediana?
Tampoco ayuda que el piso de soltero de este hombre tenga la organización de un bazar turco. No podría vivir en este lugar sabiendo que mi taza para el café tiene un cepillo de dientes reposando en su interior semivacío.
Al menos mi gusto en hombres hábiles no ha caído. Todo lo que hicimos anoche me dejó bastante satisfecha. Tal vez por eso ahora no puedo recordar dónde demonios están mis zapatos, o mi ropa interior.
Diablos, adoro esas bragas. ¿Dónde pueden haber quedado si no están entre los dientes de este tipo? Quien, por cierto, a la luz del sol puedo notar que se pasó tres pueblos con el bronceado artificial.
Busco bajo la cama, cerca de la puerta, arriba de la cómoda. Unas bragas y unos zapatos no se irían caminando por ahí, ¿o sí?
—¿Te vas tan pronto?
Doy un pequeño salto de susto cuando volteo hacia el hombre desnudo en la cama.
—En cuanto recupere mis zapatos — respondo — Por cierto, ¿sabes hacia dónde tiraste mi ropa interior anoche?
—No las querrás de vuelta — dice entre risas.
—Claro que sí.
—Más te vale comprar otras.
—Dame mis malditas bragas, pervertido.
—Las rompimos, ¿recuerdas? Quise arrancartelas con los dientes y se hicieron añicos.
Ah, es verdad.
Ahora me siento algo tonta por no recordar cómo me ardió el muslo al momento en que tiró con los dientes. Un minuto de silencio para mi valiente ropa interior. Supongo que es una buena excusa para comprar más.
—Y dejaste tus zapatos en la sala — me comenta rascando su nuca la ganas de alguien que acaba de despertar.
—Genial, gracias.
Con mi bolso en mano y mi vestido a medio poner, me dirijo a la puerta para salir de este apartamento lo antes posible. Mi vuelo saldrá en 5 cinco horas y todavía tengo cosas que empacar.
—Oye, aún no tengo tu número — me dice el hombre sin siquiera levantarse de la cama para detenerme. Eso es mucho más de lo que necesito saber sobre él.
—Y no lo tendrás, cariño.
—Creí que lo de anoche estuvo bien.
—Estuvo muy bien. Tienes talento aunque también un ego algo grande. Trabaja en eso para la próxima chica con la que te acuestes.
—¿Qué?
Hombres, ¿cuándo aprenderán que las mujeres también podemos tener ligues de una noche? O que podemos decir más de tres palabras tímidas luego del sexo. Fue divertido y lo que necesitaba después de aquella convención de inversionistas a la que mi asistente me recomendó asistir por el bien de mi carrera profesional. Pero fue solo eso, diversión.
—Mira, Arthur…
—Andrew — me corrige.
—Claro, Andrew.
Si un hombre no logra que recuerdes su nombre, es porque no te hizo gemir lo suficiente anoche. Ergo, es olvidable, por más satisfactorio que hubiera sido en las últimas horas.
—Sabías que sería algo de una sola vez — le recuerdo — Fui muy clara al respecto.
—Eso fue antes de saber lo compatibles que somos.
—¿Compatibles? Muy bien, te dí el crédito que mereces, cariño, pero eso es todo. No hay hombre en la Tierra que sea lo suficiente dios del sexo como para convencerme de que debo darle mi número o más atención de lo que permite una sola noche.
De nuevo, muchas palabras para su pequeño cerebrito.
No es el primero que espera más de mi de lo que estoy dispuesta a dar. Todos quedan encandilados conmigo y piensan que su mágico pene puede hacerme cambiar de parecer. Sin embargo, todos se equivocan.
No importa lo bien que lo pase esa noche. No importa lo satisfecha o excitada que esté. Poco interesa que sea un ligue para el salón de la fama del sexo. Una sola noche, sin contacto posterior o nada que se le parezca. Es todo lo que ofrezco.
A veces pienso que elijo a los hombres que las demás mujeres buscan. Es decir, quiero a los cabrones que solo usan a las mujeres una noche. Esos no hacen planteos a la mañana siguiente. Pero siempre termino con los chicos buenos, que quieren llamarme, llevarme a citas, hacerme sentir que no soy un objeto sexual.
Son los más peligrosos.
Los que llevo años evitando para que mi corazón ya no se rompa. Las grietas de oro que yo misma reparé, solo me hicieron más bella y fuerte. Más no significa que quiera verlas quebrarse de nuevo.
#5032 en Novela romántica
#1397 en Novela contemporánea
workplace romance jefe empleada, strong female golden retriever mmc, stranger to lovers he falls first
Editado: 27.07.2026