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#3 - El irreversible NO

Fiona y yo empezamos la empresa freelance que dirijo hace 3 años. Y nuestro mayor logro es haber conseguido comprar el piso administrativo que hoy es nuestra oficina.

La mayoría de la gente que me pregunta por mi trabajo, siempre queda asombrada de que una consultora freelance tenga la necesidad de tener una oficina. Mi respuesta siempre es tan gentil como firme. Yo quería un espacio para nosotras, y nos lo conseguí. Así son las cosas en mi vida. Lo quiero, lucho por ello, lo tengo. Simple.

Además es mil veces más sencillo tener todo en un lugar de trabajo y no en mi apartamento. O peor, en el de Fiona. Nunca entenderé cómo una persona tan organizada puede dejar su ensalada en el baño “por accidente”.

Es cierto, la oficina no es tan grande como otros lugares de trabajo. Pero tampoco lo necesitamos. Apenas somos 20 personas trabajando entre las áreas de contabilidad, secretaría, registros y consultas. Soy la directora y la consultora principal, pero el éxito que hemos forjado nos obligó a buscar más ayuda.

Aún me gusta cuando los nuevos me piden consejos porque saben que soy la mejor.

En fin, llegar a mi segunda casa luego de un viaje siempre es renovador. Solía tener miedo de abrir la puerta y encontrar un desastre. Problemas sin resolver, dudas estúpidas que cualquier podría responder, cosas así. Hasta que Fiona demostró ser la piedra angular del sistema que domina nuestra empresa.

Todos me responden a mí, pero saben que con ella no se deben meter. Que es mi mano derecha, y está forjada en hierro.

Las puertas del ascensor se abren cuando me estoy quitando mi abrigo de lluvia. Mi pelo podrá sufrir las consecuencias pero mi abrigo Armani, jamás.

—El estilo húmedo te queda — es lo primero que me dice Fiona, que está parada justo frente a mí.

—Todo estilo me queda, cariño.

Paso junto a ella sabiendo que me seguirá al lado. Mi despacho es el más grande y por eso comparto el 20% con ella. Es más ágil tenerla cerca que andar hablando por un intercomunicador.

—Te he visto en pijama — dice — No todo te queda.

—Estaba enferma, y en mis días. Dejame ser humana de vez en cuando.

—Los humanos no bajan a buscar la pizza en bata de baño.

—Deberían. No gastaría mi tiempo en arreglarme para impresionar a cualquier repartidor de medio tiempo.

—Eres malvada.

Su frase favorita.

Nunca la dice para ofenderme o insultarme. Al contrario, sabe que adoro ser reconocida en parte por mi cerebro malicioso. Si una mujer no tiene un buen gramo de crueldad en su cuerpo, pueden aplastar muy fácilmente lo que tenga de bondad.

Saludo a cuanta gente me cruzo con una sonrisa educada sin perder la seriedad. Quiero ser la jefa que todos admiran, si. Y me gusta que acudan a mí cuando lo necesiten. Más no soy la amiga de nadie aquí. Trabajan para mí y no pretendo que olviden eso.

—¿Qué tenemos? — dejo mi bolso junto al escritorio al sentarme en mi hermosa silla de cuero blanco. Una ganga de la que estoy orgullosa y hace maravillas en mi espalda.

—Ah no — Fiona toma lugar en la silla al otro lado del escritorio — Primero me hablaras de tu viaje.

—¿Es broma?

—Nunca quieres hablar de los viajes a los que te digo que vayas.

—Me pregunto porqué.

Son pocas las veces que logro ganar esta conversación. Así que ya ni me molesto en fingir que estoy leyendo algo o esperando una llamada impostergable,

—Porque no quieres admitir que yo tenía razón y debías ir — sentencia ella.

—O porque son horribles y tú deberías ir en mi lugar. ¿Recuerdas? Yo, jefa. Tú, asistente.

—Deben ver a la líder en acción, no a la segunda al mando.

Si siendo directora ya debo sufrir prejuicios y malas miradas, no me imagino lo que le esperaría a mi asistente allí sola. No querría a mi fiel amiga metida en eso, pero por otro lado, en serio odio esas convenciones.

Ya llegará el día en que Fiona empiece su camino sin mí. Y ese día, la veré enfrentarse a los tiburones por su cuenta. Solo espero haberla ayudado a no ahogarse en el proceso.

—Las charlas fueron buenas — comienzo — Algunas ideas nuevas son prometedoras pero no para aplicarse ahora. Los sistemas que requieren escapan a lo que conocemos y no voy a pagar para que alguien me lo explique. Y como te dije, hacen falta más mujeres.

—Podrías presentarte para dar alguna charla. Serías la puta ama en cualquier convención.

Sonrío de solo imaginarlo.

He pensado en presentarme candidata para algunas charlas sobre directoras emergentes en el mundo de los negocios. Tal vez mi experiencia, por más breve que sea, pueda inspirar a las mujeres. Ayudarlas a salir de su capullo para hacer de este un mundo mejor.

Y cada vez que ese escenario toma lugar en mi imaginación, pienso que no soy esa clase de líder. Que la gente venga a mí, es mi modus operandi. ¿Que yo mendigue su atención? Eso jamás.

—Lo sé – respondo al final — Pero hay formas menos tradicionales de ser un símbolo feminista, y esas son mis favoritas.




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