Pedí un auto para llegar al hotel donde es la fiesta. ¿Se imaginan que vaya a un evento de esta magnitud y no pueda beber ni un vaso de champagne? Así que llego elegantemente tarde, como diría mi abuela, a la entrada donde un hombre de traje negro me pregunta mi nombre y ve que soy la más importante de su lista.
Dejo mi rostro sin cubrir en un principio. Admito que la idea de la mascarada es genial y muy sofisticada, más este rostro no fue diseñado para ocultarse. Al menos un par de minutos, la gente debe poder apreciarlo como corresponde.
No tardo ni un minuto en ubicar a Robin. Es la belleza de blanco que ya no sabe cómo fruncir los labios o jugar con sus guantes para resistir el no matar a sus futuros parientes políticos. Por suerte para ella, ya llegué al rescate.
Me acerco con soltura y el simple hecho de que me vea es la excusa perfecta para alejarse de la vieja pareja que la tenía retenida.
Su abrazo no me toma por sopresa.
—Si viniste — murmura en mi oído.
—¿En serio pensaste que me perdería la fiesta de compromiso de mi mejor amiga?
Se separa de mí para dirigirme una mirada de comprensión.
—Hubiera entendido que así fuera. Sé lo que te pasa cuando…
—No hablemos de eso — la detengo — Estoy bien, de verdad. Quiero que tu noche sea perfecta.
Robin hace un esfuerzo por sonreír. Y a diferencia de cuando lo hace con otras personas, sé que conmigo el resultado es más genuino.
—Pues, en ese caso, hay un balcón en el segundo piso y mi suegra quiere ver las estrellas. Si la empujas por él, seré tu coartada con la policía.
Lo dijo peligrosamente en serio, pero de todas formas me río.
Ambas caminamos hacia un grupo de gente cerca de las mesas de bocadillos. En ese tiempo, disfruto de la decoración aterciopelada y satinada que gobierna en las cortinas, muros y estatuas del salón.
Este hotel es bien conocido por su estética antigua, al mejor estilo de un museo. Pero siempre que se acople a la moderna visión de esta generación, nadie parece odiarlo. Me consta que han innovado colocando cuadros del tercer mundo en su vestíbulo. Dado que no los veo ahora, supongo que la señora Wells, la madre de August, insistió en que los quitaran.
La voluntad de una mujer mueve montañas y amedrenta oposiciones.
Por suerte, el primer rostro que se nos presenta es el del futuro novio. No puedo culpar a mi amiga por sentirse atraída por él. Es un hombre carilindo, con ternura en los ojos, y un porte fuerte. Sin embargo, está muy lejos de ser mi tipo. Le falta picardía, o al menos eso aparenta. Robin nunca se quejó de que fuera juguetón con ella cuando estan a solas. Solo digo que un hombre que no oculta ese lado de la mirada pública, es más la clase de hombre que tiene oportunidad conmigo.
—Athea — me saluda él con un abrazo. Está bien entrenado y sabe que besarme es perjudicial para el maquillaje.
—Buenas noches, August. Que elegante.
—Si, mi madre insistió en que el azul es más sofisticado que el negro.
—No se equivoca pero lamento decirte que no es tu color.
¿Un hombre de cabello seudo rojizo con un traje Armani azul marino? Apostaría a que una mujer como la señora Wells sabe que eso solo es una combinación para el asco. Así que deduzco que solo lo hizo para que él desentonara con mi amiga.
Su vestido ceñido blanco con escote en V, corto hasta las rodillas y una apertura en la pierna derecha que deja poco a la imaginación, no tiene sintonía con ese azul marino metalizado.
—Eso dije yo — agrega Robin.
August la atrae hacia él con la mano en su cintura para dejarle un beso sobre la sien. Un gesto tan simple como poderoso que en el lenguaje del amor podría traducirse como “tú tienes razón, mi madre no, y yo lo sé”.
—Ah y felicidades, cariño — me apresuro a decir — En unos días serás el orgulloso marido trofeo de esta chica.
Los tres nos reímos ligeramente.
—Y a toda honra — es todo lo que dice con una sonrisa.
—Respuesta correcta.
Solo bromeaba. Sé bien que August es muy bueno en su trabajo, y no dejará que nada le falte a mi amiga. Ella lo hará esforzarse, y él la hará brillar en cada paso que den juntos.
Es en momentos puntuales como estos cuando siento un pequeño pinchazo en el estómago que me dice que yo podría tener eso si lo quisiera. Tan ligero como una pluma, dura unos veinte segundos, y luego recuerdo que tuve algo parecido, y que me lo robaron de la forma más cruel.
No pasan ni cinco minutos antes de que la característica voz de la futura suegra llegue a mis oídos.
—¡Athea! Cariño, qué alegría verte.
—Señora Wells — permito que ella me abrace — Un gusto como siempre.
La señora es una mujer que no llega a los 60, pero ella sabe que está peligrosamente cerca. Así que se hace varios “tratamientos” al mes para retrasar el reloj biológico tanto como pueda. Jamás juzgaría esa decisión. Una trabaja toda la vida para llegar a esa edad y hacer lo que quiera con su dinero.
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Editado: 16.08.2026