Tanto el barman como yo, nos volteamos para ver al dueño de la voz.
Se trata de un caballero con antifaz rojo, saco y pantalones negros como la noche, pero una camisa de seda igualmente carmesí. Su cabello color caramelo, tirando a rubio, está perfectamente peinado con una raya al costado. Y la incipiente barba que buscaba en el mocoso, este hombre la tiene perfectamente controlada y me arriesgaría a decir que perfumada también.
Y esa sensación de peligro, asombro, locura y desenfreno de una noche que siempre busco… la tengo justo delante.
—¿Disculpe, señor? — dice torpemente el barman.
—No te esfuerces tanto, niño. Ella trata de ser gentil pero está a punto de lanzarte la bebida a la cara. No tienes ni una mínima oportunidad. Te lo dice un hombre que podría impresionarla mucho más que tú y tampoco tiene cabida con esta señorita.
Wow.
¿En serio dijo eso? ¿Qué clase de hombre admite que no tiene oportunidad conmigo? Yo les diré cuál: uno sin un ego más grande que su cabeza. Y esos suelen ser buenos amantes en una noche decente.
Ante tanta muestra de superioridad, el barman se retira para seguir atendiendo. Y ni una mirada de disculpa me dirige. Parece que quedó muy avergonzado, y aún no sé si eso me alegra o no.
El extraño está sentado a solo dos taburetes de distancia. Cuando vuelvo a verlo, procuro no comerlo con los ojos como me gustaría. Hay que mostrar algo de clase. Pero tampoco soy de las que se intimidan.
—Intentaba no romperle el corazón, y tú fuiste todo un pulverizador.
Él me ve y sonríe.
—Me daba vergüenza por él.
¿Y a quién no?
—Aunque te equivocaste en una cosa — le digo.
—¿Le hubieras dado tu número?
—A él no.
En cuanto entiende lo que quiero decir, su sonrisa pasa de gentil y pecaminosa. Un paso que me enciende como el fuego, que me obliga a tragar con disimulo mientras aún sonrío.
—Lo siento, pero no puedo aceptarlo — dice educadamente.
—¿Novia? ¿Esposa?
Él se ríe. Tal vez lo dije muy amablemente, más no es juego para mí que un hombre a quien me tiraría esté comprometido en cualquier sentido con otra mujer.
—No hay ninguna mujer — asegura.
—Ah, esposo — agrego tratando de sonar divertida.
—Nada de eso — aún sonríe, significa que no lo ofendí — Aunque me habría ido mejor en el amor si me gustaran los hombres. Al parecer, atraigo a muchos.
—Compartimos ese problema, cariño.
Y en mi caso no es ninguna carga, la mayor parte del tiempo.
El extraño sujeta su vaso, se levanta de donde está y acorta la distancia que nos separa. En cuanto lo veo de pie, me doy cuenta de un detalle importante. Es anormalmente alto. El dicho popular es que ese detalle puede significar una diferencia “allí abajo”, y soy la prueba viviente de que el 85% del tiempo, ese dicho es un hecho.
—¿De parte del novio o de la novia? — pregunta.
—Ambos — respondo — La novia es una querida amiga, y he llegado a apreciar al novio.
—Ese desgraciado hace que todos lo quieran con su cara de inocente.
—Ahora sé de qué lado vienes tú.
—Somos amigos desde la primaria. Aunque no nos vemos muy seguido. Trabajaba en Londres hasta hace una semana.
Vaya, y casi ni tiene acento. Qué lástima. Soy una gran fan de los acentos, en especial cuando los hombres que los llevan, saben usarlos.
—¿Y qué pasó? — pregunto.
—Digamos que empecé de cero con una idea y ahora que está creciendo, necesito un mejor espacio para desarrollarla como se debe. ¿Qué mejor ciudad que ésta?
Ciertamente, esta ciudad es la mejor para un proyecto en crecimiento. Soy la prueba viviente de que se puede empezar de la nada y llegar a la cima. Lo que aún no sabría decir, es si este extraño tan estancador tiene lo necesario para llegar a esa cima.
Sin duda tiene la ambición, se ve en sus ojos. Y no le falta inteligencia o no podría ser tan elocuente al hablar. Pero ¿y la ferocidad para hacer lo que deba hacer? Tal vez eso pueda verlo.
O cierto, si podré verlo, seguramente.
Que lástima. Estaba a punto de ceder a su sonrisa compradora que tiene un tinte de autenticidad refrescante.
—Te veré más seguido, entonces — digo tranquilamente,
—Eso espero, si.
—No lo entiendes, guapo. Eso es algo malo.
—¿Por qué lo sería?
—Porque si estarás rondando cerca de mis amigos, tarde o temprano habrá cierta familiaridad entre nosotros. Y si nos acostamos esta noche, eso podría ser incómodo en ese futuro.
¿Qué palabra habrá hecho que se alcen sus cejas? ¿Acostarnos o familiaridad?
—Ya veo — dice — Eres una mujer de una sola noche.
—Bingo.
—Qué lástima — espero casi impaciente a que suelte alguna tontería sobre ser regalada o ir por la vida haciendo lo que los hombre pueden sin ser juzgados más que como ganadores. Cuando antes lo diga, antes podré irme sin remordimientos.
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Editado: 16.08.2026