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#8 - Sin Máscaras

—Vaya — es lo primero que exclama Fiona en cuanto me ve entrar al restaurante donde tendremos la reunión.

Me hago la reina un segundo al dar una vuelta cual modelo, así mi conjunto de mujer empresaria se aprecia mejor. Se trata de un pantalón de vestir ajustado en la cadera pero suelto en la parte baja, color crema, al igual que el blazer que se amolda perfectamente a mi cintura y busto. Me decidí por una blusa blanca con encaje en el área de los botones y un escote discreto pero que me favorece.

No estaba segura si vestir para impresionar o para intimidar, así que opté por una combinación que yo llamo “empresaria generosamente maldita”. Un toque justo de elegancia, con sutiles pinceladas de “no te metas conmigo”.

—Lo sé — respondo — Es de mis mejores trajes. ¿El cabello recogido es demasiado?

—Más bien era un “vaya, llegas a tiempo”

Pongo los ojos en blanco al tiempo que sujeto su brazo y dejo que nos guíe hasta la mesa del fondo, donde tres figuras nos esperan.

—Siempre soy puntual en citas como esta — le recuerdo.

—Dejaste esperando una hora al CEO de W.E.T hace 3 años.

—Porque era un imbécil y hasta me dió verguenza postularme para un proyecto con una empresa cuyo nombre es “mojado”.

—Enorgullecete de nuestros inicios.

Fue de las primeras compañías a las que aplicamos para adquirir más reconocimiento. Y honestamente, fue una decisión cuestionable. Si, nos dio lo que queríamos, las empresas de alta gama nos conocieron y empezaron a caer ofertas cada vez mejores. Pero lo más importante de haber presentado una propuesta fue que supe de inmediato la clase de gente con la que no quería trabajar jamás.

Como directora de mi propio trabajo, tengo la ventaja de ser selectiva. Y si bien no puedo evitar a todos los idiotas del mundo, puedo elegir a cuáles soportar y a cuales enviar al diablo solo porque sí.

Dejando el paseo por la memoria de lado, me concentro en las dichas tres figuras que nos aguardan. Por lo que veo son dos hombres y una mujer. Uno de ellos, claramente es el CEO misterioso, y personalmente, espero que sea el más alto. Solo con ver su espalda puedo saber que es más joven que el hombre a su lado.

—¿A quién tenemos presente? — murmuro hacia mi asistente.

—El hombre de la derecha, el calvo, es el señor Richard, abogado principal de la empresa y aparentemente, del señor Howell también.

—Amo tratar con abogados. Es lindo cuando se orinan en los pantalones.

Mi primera licenciatura es en abogacía. Siempre supe que saber más de leyes que los demás, me daría una ventaja táctica en cualquier empresa en la que trabajara. Hubo una época en la que solía verme como una abogada defensora en las grandes cortes. Más ese sueño quedó como tal y me encargué de ganar otro tipo de juicios en la vida real. Como los estereotipos de mujeres empresarias o prejuicios sobre los emprendimientos freelance.

Cada día es una batalla que gano. Abogada de oficio o no.

—La mujer de la izquierda, la señora Martiz, es la directora de Recursos Humanos — continúa Fiona — Ya sabes porqué la invitaron.

No puede haber una contratación si no están los de RH metidos en el medio.

—Siempre es una mujer — digo. Por alguna razón se cree que la personalidad tranquila y dulce de las mujeres hace que los asuntos de RH sean menos “dolorosos” o “complicados”.

Es claro que no sería un trabajo que yo pudiera hacer.

—Yo en tu lugar no me confiaría — aclara mi amiga — Hablé cinco segundos con ella y casi me clava una estaca de hielo en el corazón.

Pues eso es una sorpresa. Tal vez hasta me caiga bien esta señora.

—Adivinaré — digo — El guapo del medio es el dichoso señor Howell.

—¿Cómo sabes que es guapo?

—Su espalda. Fornido, recto y orgulloso. Es la postura de un hombre al que el mundo le ha besado los pies.

—Pues no te equivocas. Tiene unos ojos soñadores.

Sonrío. Tanto por el hecho de que tengo razón, como porque será muy divertido negociar con un hombre así, cuyo ego seguramente sobrepasa los límites de lo normal.

—No caigas tan fácil, amiga — me burlo de ella.

—Oye, tú no te acuestas con jefes o compañeros. Tengo derecho a intentarlo.

Es un hecho que no importa cuán soñadores sean sus ojos. O lo curvado de sus labios. O la suavidad de su piel. Acostarme con un colega está fuera de mi área de permitidos.

Nunca termina bien trabajar con alguien que te ha visto sin ropa. Sin mencionar que algunos tipos no conocen la palabra discreción, y ventilan intimidades como un vocero nacional.

Ya he pasado por la vergüenza de ser engañada por un hombre. No sumaré a esa lista el hecho de ser difamada en una oficina ajena.

Fiona y yo finalmente llegamos a la mesa con una sonrisa y la mejor actitud para saludar a los caballeros y a la mujer que los acompaña.

—Señores, señora — los llama Fiona — Les presento a la señorita Athea Williams. Directora de Advisers-One.




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