Trust Me

#9 - Amiga, madre, jefa

Cuando entro como un rayo al local de Robin, no escucho la campana sonar, no veo a los clientes formando fila, y definitivamente, no huelo los recién horneados panecillos de mi mejor amiga que se me antojarían cualquier otro día.

Solo está ella, sonriente y amable como siempre que trabaja, y yo a punto de tener un micro colapso.

—Hey, miren quién llega — me saluda ella — ¿Cómo fue tu reunión?

—Ya te hablaré de eso, pero primero vengo a darte mis condolencias.

La sujeto del brazo para hacer que salga del mostrador, ahora ocupado por su empleada, y nos guío a la mesa de siempre.

—¿Quién murió? — pregunta ella preocupada.

—Tu prometido. O bueno, aún no, pero voy a matarlo pronto.

Robin pone los ojos en blanco. Y podría esperar que me grite o se enoje porque casi la espanto con una muerte ficticia. En su lugar, pregunta:

—¿Qué te hizo August?

—¿Recuerdas que quiso presentarme a un amigo en la fiesta, por algo de una nueva empresa que está formando?

—Si.

—¿Y recuerdas que yo me acosté con un amigo suyo esa noche?

—Ajam…

—¿Y sabes que hoy tuve una reunión con el CEO de una empresa en desarrollo?

—Lo sé.

Me quedo esperando a que reacciones a la vez que ella se me queda viendo con su mejor cara “¿y?”

—¿Cuánta más información necesitas para unir los puntos? — le pregunto sarcásticamente.

—¡Oh por Dios!

—Gracias, esa es la reacción que esperaba.

Me dejo caer sobre el respaldo de la silla con pesadez. Harri Howell dijo que todo eso fue obra del destino. Que hay un maldito hilo rojo atado a nuestros meñiques y tarde o temprano nos hará estar frente a frente para enfrentar la verdad. Yo no soy juguete del destino. (Si, parafraseo a Shakespeare. A veces soy culta). No me dejo engatusar por las casualidades, no importa lo convincentes que parezcan.

—Pero no es culpa de mi novio — dice Robin.

—Sé que no.

Claro que lo sé. August no podía saber que me gustaría su amigo empresario misterioso, mucho menos que yo tendría la reunión con él. Ni siquiera yo sabía esa parte hasta la mañana siguiente.

—Pero tengo que descargar la rabia con alguien — agrego cruzándome de brazos — Me siento muy estúpida.

—Oye, fue todo fruto del…

—No digas destino — la detengo poniendo mi dedo índice sobre sus labios — Empiezo a odiar esa palabra.

Si “eso” existiera, entonces me debería un sin fin de explicaciones. ¿Por qué me puso con la familia que tengo? ¿Por qué dejó que mi novio me engañara? ¿Por qué no deja de interferir en la forma que elijo vivir mi vida?

Las cosas pasan por algo, si. Pero ese algo no es el destino. No es la varita mágica del universo la que decide que las cosas pasen así. Son las decisiones y las consecuencias lo que mueven al mundo.

Yo quería una noche satisfactoria. Bien, la tuve. Y si que fue más de lo que esperaba. Una noche de placer y ahora un posible nuevo jefe que sabe lo que me gusta. Un combo sorpresa.

Si tuviera el hábito de morder mis perfectas uñas, ya me habría comido la mano entera.

—Athea, no puedes cambiar lo que pasó — me recuerda Robin.

—Entonces, cambiaré lo que pasará… Yo voy a rechazar la oferta para el proyecto.

No veo venir la pequeña mano de mi amiga cuando ésta impacta en mi cara. Lejos de ser un gran golpe, igualmente me duele la mejilla.

—¡¿Qué te…?!

—No puedes hacer eso — me interrumpe.

—¿Perdona?

—”Perdona” nada. Tú no vas a rechazar la oferta, ¿me oyes?

A pesar de que cuida su tono de voz para no llamar la atención de sus clientes, Robin está hablando seriamente. Conozco sus miradas mejor que las mías, y ahora mismo es como tener a mi abuela delante, exigiendo que no haga algo que muero por hacer.

—Decir que sí es el primer paso hacia el desastre — le digo.

—No. Haber dormido con ese hombre fue el primer paso. Ahora ya estás en la carrera y solo tienes dos opciones. Fingir una patética lesión y arrepentirte toda tu vida. O correr y ganar.

—¿Ganar? Te dije que fue una noche increíble. ¿Qué clase de victoria voy a tener si cada vez que lo veo pienso en eso?

Imagino que compartimos mesa en una reunión de estrategia, y mientras algún pasante nervioso intenta explicar las probabilidades de lo que sea, yo estoy recordando esos labios que dejaron marcas en mi cuello. En esos brazos tan fuertes que pudieron sostener por horas a una mujer de mi complexión. En ese cabello sedoso que dejó una sensación adictiva entre mis dedos.

Estaría cruzadas de piernas cada día que trabaje con él, y no por comodidad sino para evitar que la excitación me gane, entre en su oficina y rompa una de mis sagradas reglas.

—Eres Athea Williams, ¿o no? — me recuerda Robin — Creí que ningún hombre podía enamorarte otra vez.




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