—¿Dónde estás? Te fuiste del restaurante más rápido que un zorro en plena cacería.
Fiona no está feliz, según el tono de voz a través del celular, porque no la actualicé en cuanto a los recientes eventos. En mi defensa, luego de que la sorpresa pasara, tuve que dejar lugar a la ira, y una vez que la aceptación apareció, solo entonces, pude llamar a mi asistente para decirle que sigo viva.
Aunque las dos sabemos que además de esa información, ella quiere saber si seremos o no ricas con el nuevo trato sobre la mesa.
—Lo sé — respondo — Es largo de explicar pero confía en que te diré todo cuando vuelva a la oficina.
—No soy estúpida, Athea. Es obvio que te acostaste con el CEO y ahora no sabes si aceptar la propuesta de trabajo.
Me paro en seco, no por sorpresa sino más bien por asombro. A veces olvido porqué es mi asistente. Ve detalles donde los demás ven conjuntos, escucha propuestas cuando otros oyen ruido, y piensa en el futuro cuando la gente se queda estancada en el pasado. Tengo suerte de tenerla como empleada, pero ¿cómo amiga? Me sacará canas verdes.
—¿Qué me delató? — bromeo.
—Soy 50% tu asistente, y 50% tu amiga. Y también 100% brillante. Dos más dos siempre será cuatro, jefa.
Niego con la cabeza. Nunca me han acusado de ser transparente antes.
—Te contaré los detalles luego — cruzo la calle hasta la entrada del gran edificio reconstruido de la esquina — Por ahora, prepara los papeles de un nuevo proyecto.
—¿Le dirás que sí?
—Veremos. Quiero que esté todo listo, por las dudas.
—Hecho.
Casi puedo escuchar su sonrisita boba. No le confirmé nada, y aún así cree que sabe lo que va a pasar. ¿Cómo podría? Ni yo sé lo que se dirá cuando cruce la puerta de su oficina y le presente ciertas demandas.
La recepción es bonita. Elegante, llamativa, sin llegar al extremo de gritar “soy millonario y pueden besarme mi trasero dorado”. También agradezco internamente que no haya fotos de hombres viejos del pasado siguiendo cada uno de mis pasos. Es como si las grandes empresas no supieran que esas cosas inspiran más miedo que respeto.
Me acerco al escritorio donde una hermosa mujer de mediana edad está sentada frente a su computadora. Esperaba verla trabajando o algo así, pero no creo que alguien esté haciendo cosas laborales mientras grita “toma eso y eso, monstruo espacial”.
—Buenas tardes — la saludo ignorando el sonido del videojuego.
—Dame un segundo, cariño — ella presiona las teclas de su teclado un par de veces pero no creo que logre lo que quería porque maldice poco antes de verme — Mi sobrino acaba de darme una paliza en este maldito juego. Tendré que tirar su regalo de cumpleaños y darle un horrendo suéter en su lugar.
La venganza de las tías. Las mías siempre me regalaron dulces solo para tener una excusa durante las fiestas para decir que debería bajar de peso. Así que no apoyo lo que esta mujer acaba de decir.
Le pido indicaciones para llegar a la oficina de Harri Howell. Ella me mira de arriba abajo, examinando desde mi ropa hasta mi rostro perfectamente maquillado. No sé si espera quebrarme o solo sacia su cenil curiosidad, pero me indica en qué piso son las oficinas que busco y rápidamente vuelve a su juego.
No me molesta que las mujeres me evalúen. A fin de cuentas, los hombres siempre me echan miradas examinadoras y no piden permiso. La diferencia es que ellos solo quieren acostarse conmigo, mientras que la mayoría de las mujeres tiene tres pensamientos básicos.
Uno, que soy una presumida de ropa cara.
Dos, que soy una empresaria admirable con ropa cara.
O tres, que soy una cualquiera con ropa cara.
Si, poco importa si soy gorda, flaca, india, china, bajo o alta. Tampoco interesa realmente qué clase de ropa tenga porque si no fuera costosa, me criticarían porque visto mal. Las mujeres vivimos así, somos objeto de burla no importa lo que hagamos, digamos o pensemos.
El viaje en ascensor es extrañamente más largo de lo que espera. Pero claro, me lleva hasta el piso 20 sin hacer ruido alguno.
Las puertas se abren y siento que entré en una pecera de cristal plateado. Cada cubículo es del tamaño de una habitación de hotel y tienen unas vistas envidiables, sin duda.
Voy directa hasta el final del pasillo para encontrar la oficina principal. Al igual que yo, Harri tiene a una asistente en la entrada. Es una chica joven, bonita, novata al parecer. Si puedo lidiar con mi Fiona, puedo tratar con cualquier chiquilla detrás del escritorio.
—¿Disculpa? — llamo su atención — Vengo a ver al señor Howell.
Nuevamente, soy vista de arriba abajo con una derivación de las miradas previamente explicadas. Es lo que yo llamo “envidia culposa”. Esta niña me admira porque uso un traje Channel que no podrá pagar en al menos 5 años, pero a la vez odia admirarme porque no es yo y sabe que no lo será en otros 30 años.
—¿Tiene usted cita? — pregunta tratando de sonar cortés, aún cuando soy experta en detectar el odio.
—Temo que no, pero si le dice que…
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Editado: 16.08.2026