Capítulo 2
Clases que no son clases
Mateo no estaba seguro de por qué había aceptado.
Bueno, sí sabía. El ruso lo había mirado como si realmente necesitara ayuda… pero eso no quitaba que ahora estuviera sentado en una banca del campus, esperando a un tipo que apenas conocía para enseñarle español.
—No manches… ¿en qué me metí? —murmuró, revisando su celular.
El campus estaba más tranquilo que en la mañana. Algunos estudiantes caminaban con libros en mano, otros estaban sentados en el pasto, y el sonido de conversaciones lejanas llenaba el ambiente.
—Mateo.
Esa voz lo hizo voltear.
Alekséi estaba ahí.
Y otra vez, Mateo tuvo que alzar la mirada.
—Güey… eres demasiado alto —dijo sin pensar.
Alekséi frunció el ceño.
—¿Yo… qué?
Mateo negó con la cabeza.
—Nada, nada. Siéntate.
Alekséi obedeció, aunque parecía un poco confundido. Se sentó a su lado, con la espalda recta, como si estuviera en una clase importante.
Mateo lo miró de reojo.
—Oye, relájate un poco. No te voy a poner examen.
Alekséi lo miró serio.
—Pero yo querer aprender bien.
Mateo soltó una risa.
—Sí, pero tampoco es para que te pongas así de tenso.
Hubo un pequeño silencio.
Mateo suspiró y sacó una libreta.
—A ver, vamos a empezar fácil. Preséntate.
Alekséi asintió.
—Yo ser Alekséi Volkov. Yo tener veintidós años. Yo venir de Rusia. Yo estudiar… relaciones internacionales.
Mateo lo miró unos segundos.
—Vas bien… pero hablas como robot.
Alekséi parpadeó.
—¿Robot?
—Sí, como si estuvieras leyendo algo.
Alekséi frunció el ceño, pensativo.
—Entonces… ¿cómo hablar?
Mateo sonrió un poco.
—Más natural. Mira, en lugar de “yo ser”, dices “soy”.
Alekséi repitió en voz baja.
—Soy…
—Ajá.
—Soy Alekséi.
—Bien.
—Soy de Rusia.
—Perfecto.
Mateo asintió, satisfecho.
—¿Ves? No es tan difícil.
Alekséi lo miró fijamente.
—Tú explicar fácil.
Mateo se encogió de hombros.
—Pues sí, soy buen maestro.
Alekséi se quedó callado unos segundos, observándolo.
Mateo sintió esa mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Seguro?
Alekséi dudó.
—Tú… hablar diferente.
Mateo arqueó una ceja.
—¿Diferente cómo?
—Usar palabras… extrañas.
Mateo soltó una risa.
—Ah, eso es porque hablo como mexicano.
Alekséi inclinó ligeramente la cabeza.
—Yo querer aprender eso.
Mateo lo miró como si acabara de decir la peor idea posible.
—No, eso no.
—¿Por qué?
—Porque vas a terminar diciendo cosas que no debes.
Alekséi frunció el ceño.
—Yo querer aprender bien.
Mateo suspiró.
—Bueno… pero bajo tu propio riesgo.
Alekséi asintió.
—Sí.
Mateo sonrió con un poco de malicia.
—Ok… primera palabra: “güey”.
Alekséi repitió.
—Güey.
—Significa… como amigo.
Alekséi asintió.
—Güey.
Mateo trató de no reírse.
—Ahora una frase: “no manches”.
Alekséi repitió, más lento.
—No… man… ches.
—Eso es como decir “no puede ser”.
Alekséi pensó unos segundos.
—No manches.
Mateo asintió.
—Vas aprendiendo.
Alekséi lo miró con una expresión seria.
—Mateo.
—¿Qué?
—No manches.
Mateo soltó una carcajada.
—¡Así no se usa!
Alekséi lo miró confundido.
—Pero tú decir…
—Sí, pero no así, o sea… depende del contexto.
Alekséi frunció el ceño.
—Español muy complicado.
Mateo sonrió.
—Bienvenido a México.
El viento movió un poco las hojas de los árboles.
Por un momento, ninguno dijo nada.
Mateo miró hacia el frente, pero podía sentir la presencia de Alekséi demasiado cerca.
—Oye —dijo de repente—, ¿por qué viniste aquí?
Alekséi tardó un poco en responder.
—Intercambio.
—¿Y te gusta?
—Sí… pero difícil.
Mateo asintió.
—Sí, entiendo.
Alekséi lo miró.
—Tú ayudar mucho.
Mateo se encogió de hombros.
—Pues sí… no te iba a dejar hablando como robot toda la vida.
Alekséi pareció sonreír apenas.
Mateo lo notó.
Y por alguna razón, eso le llamó la atención.
—Oye… sonríes diferente.
Alekséi lo miró confundido.
—¿Diferente?
—Sí… menos serio.
Alekséi desvió la mirada.
—No sonreír mucho.
Mateo lo observó unos segundos.
—Deberías.
Alekséi volvió a verlo.
—¿Por qué?
Mateo se encogió de hombros.
—Te ves mejor.
El silencio que siguió fue extraño.
Alekséi no respondió.
Solo lo miró.
Y esa vez, Mateo fue el que desvió la mirada.
—Bueno ya —dijo, aclarándose la garganta—, seguimos con la clase.
Alekséi asintió.
—Sí.
Mateo volvió a su libreta.
—Ahora vamos con algo importante.
Alekséi lo miró atento.
—¿Qué?
Mateo sonrió.
—Cómo coquetear.
Alekséi parpadeó.
—¿Coquetear?
—Sí.
Alekséi se quedó en silencio unos segundos.
—No saber hacer eso.
Mateo soltó una risa.
—Ya me di cuenta.
Alekséi lo miró serio.
—Entonces enseñar.
Mateo lo miró de vuelta.
Por un segundo dudó.
Pero luego sonrió.
—Va… pero no te enamores.
Alekséi lo miró sin entender.
—¿Enamorar?
Mateo se levantó un poco de la banca, acercándose más.
—Sí… algo así.
Alekséi no se movió.
Solo lo miró.
Muy cerca.
Demasiado cerca.
Mateo sintió su propio corazón latir un poco más rápido.
Pero no se apartó.
—Primero —dijo, intentando sonar tranquilo—, tienes que mirar a la persona así.
Alekséi ya lo estaba haciendo.
—¿Así?
Mateo tragó saliva.
—Sí… pero menos intenso.
Alekséi no cambió la expresión.