Capítulo 3
Palabras peligrosas
Mateo empezaba a arrepentirse.
No de haber ayudado a Alekséi… bueno, sí un poco, pero más de haberle enseñado palabras mexicanas sin pensar en las consecuencias.
Porque claramente, no había pensado en las consecuencias.
Y ahora estaba en la cafetería de la universidad, sentado con Sofía y Daniel, esperando a Alekséi.
—A ver, explícame otra vez —dijo Sofía, apoyando la barbilla en su mano—. ¿Le estás enseñando español a un ruso guapísimo?
Mateo rodó los ojos.
—No está guapísimo.
Daniel soltó una risa.
—Sí, cómo no. Desde que lo viste no dejas de hablar de él.
—Cállate, güey.
—Ajá, ya te exhibiste.
Mateo iba a responder, pero en ese momento sintió una presencia detrás de él.
—Mateo.
Se giró.
Alekséi estaba ahí.
Y como siempre… demasiado alto.
—Ah, ya llegaste —dijo Mateo—. Siéntate.
Alekséi asintió y tomó asiento junto a él.
Sofía lo miró con interés.
—Hola.
Alekséi la observó unos segundos.
—Hola.
Daniel levantó la mano.
—¿Qué onda?
Alekséi lo miró.
—¿Qué onda?
Mateo se llevó una mano a la cara.
—No repitas todo lo que dicen…
Alekséi frunció el ceño.
—Pero tú decir que eso es saludo.
Sofía soltó una pequeña risa.
—Ay, qué lindo.
Mateo la miró feo.
—No lo animes.
Daniel se inclinó hacia adelante.
—A ver, di algo más.
Alekséi pensó unos segundos.
Mateo sintió una ligera preocupación.
—No digas nada raro —murmuró.
Pero ya era tarde.
Alekséi habló.
—No manches.
Hubo un segundo de silencio.
Sofía abrió los ojos.
Daniel se quedó mirando fijamente.
Mateo cerró los ojos.
—Ya valió…
Alekséi miró a los demás, confundido.
—¿Decir mal?
Daniel fue el primero en reaccionar.
—¡No manches! ¡Lo dijo perfecto!
Sofía empezó a reír.
—¡Suena mejor que tú, Mateo!
Mateo los miró molesto.
—No es para tanto.
Alekséi frunció el ceño.
—Entonces… bien.
Mateo suspiró.
—Sí, está bien… pero no lo digas en todos lados.
Alekséi asintió.
—Entendido.
El problema…
Fue que no estaba tan entendido.
Unos minutos después, el profesor de Alekséi pasó cerca de la mesa.
—Señor Volkov —dijo con seriedad—, necesito hablar con usted sobre su avance en clase.
Alekséi se levantó inmediatamente.
—Sí, profesor.
Mateo lo miró con sospecha.
—No vayas a decir algo raro…
Alekséi asintió.
—No decir.
Mateo no estaba convencido.
Sofía se inclinó hacia él.
—¿Crees que lo haga?
Mateo suspiró.
—Sí.
Y tenía razón.
A unos metros de distancia, Alekséi hablaba con su profesor.
El profesor decía algo serio.
Alekséi escuchaba con atención.
Mateo entrecerró los ojos.
—Por favor no digas nada…
Y entonces pasó.
Alekséi asintió y dijo con total naturalidad:
—No manches.
El mundo se detuvo.
El profesor se quedó completamente en silencio.
Mateo abrió los ojos como platos.
—NO…
Sofía se tapó la boca.
Daniel estaba a punto de explotar de risa.
El profesor parpadeó lentamente.
—¿Perdón?
Alekséi frunció el ceño, confundido.
—No… man… ches.
Mateo se levantó de golpe.
—¡PROFE! —casi gritó, acercándose—. No sabe lo que dice, se lo juro.
El profesor lo miró.
—¿Eso espero?
Mateo volteó hacia Alekséi.
—¡Te dije que no lo usaras así!
Alekséi lo miró serio.
—Pero tú decir que significa “no puede ser”.
Mateo se llevó las manos a la cabeza.
—¡Sí, pero no se lo dices al profesor!
Alekséi parecía genuinamente confundido.
—¿Por qué?
Daniel ya no aguantó y empezó a reírse.
—¡Se va a morir!
Sofía también estaba riéndose.
El profesor suspiró.
—Señor Volkov… por favor tenga cuidado con su lenguaje.
Alekséi asintió.
—Sí, profesor.
Mateo lo jaló ligeramente del brazo y lo hizo sentarse otra vez.
—Te voy a prohibir hablar —murmuró.
Alekséi lo miró.
—Yo querer aprender.
Mateo suspiró.
—Sí, pero no así…
Alekséi lo observó unos segundos.
—Mateo.
—¿Qué?
—No manches.
Mateo se quedó en silencio.
Daniel volvió a reír.
Sofía también.
Mateo cerró los ojos.
—Te odio.
Alekséi inclinó la cabeza.
—No odio.
Mateo abrió los ojos.
—¿Qué?
Alekséi lo miró directamente.
—Tú no odiar.
Mateo se quedó callado.
—Tú… gustar.
El silencio esta vez fue diferente.
Sofía dejó de reír.
Daniel levantó las cejas.
Mateo sintió cómo su cara se calentaba.
—Cállate —murmuró.
Alekséi frunció el ceño.
—¿Decir mal otra vez?
Mateo desvió la mirada.
—Sí… algo así.
Pero no explicó más.
Porque si lo hacía…
Tendría que admitir que esta vez…
No le había molestado en lo absoluto.