Tu amor en mi piel "En cuanto te vi"

Un regalo furtivo

  El sol de la mañana despertó a Amador. No podía creer que Eva lo hubiera dejado durmiendo en la hamaca toda la noche. Se desperezó y entró a la casa para tomar agua y lavarse los dientes. Como todos dormían decidió salir a caminar para conocer el barrio.

  Había caminado un buen rato cuando pasó por la puerta del hotel Hill, lo impresionó la entrada tan elegante. Para llegar a ella, atravesó un camino de piedras que, al mirar con atención, vio que tenían forma de hojas. Pudo reconocer hojas de manzano y algarrobo, colocadas alternadamente entre piedras circulares; si bien reconoció un tercer diseño de hoja, no pudo recordar a qué árbol pertenecían. A ambos lados del sendero nacía un jardín perfectamente cuidado, un césped verde clarito recién regado, decorado con distintas flores. Pensó en Eva y en lo feliz que sería visitando ese jardín, atravesó la puerta para reservar una cena para dos. Mientras esperaba en la recepción, vio un folleto que promocionaba el spa del hotel, incluía fangoterapia facial, exfoliación corporal y masaje descontracturante para parejas. Aunque no tenía muy en claro de qué se trataba, pensó que sería un lindo detalle para su mujer, deseaba compartir un momento a solas. 

  Cuando finalmente lo atendieron, se llevó una gran desilusión: el hotel no tenía ni un solo turno disponible en el spa, tampoco logró conseguir reservar para la cena. Por lo que le explicó el empleado estaban tomando reservas para marzo, ya que la ocupación estaba a tope hasta febrero. 

  Salió del Hill con la idea de conseguir otro hotel adonde invitar a su esposa, consultó el reloj y resolvió volver a casa, eran las nueve menos diez de la mañana, pronto su familia despertaría y se asustaría si no lo encontraban allí. 

  De regreso en la casa de verano, se encontró con Eva y Laura que charlaban en el comedor. 

  —¡Mi amor! ¿Por dónde andabas?

  —Salí a conocer un poco la zona, me lavo las manos y vuelvo para contarles sobre un hotel que vi a unas cuadras.

  —Voy a ir hasta una panadería para comprar tortitas para el desayuno.

  —No te preocupes Laurita, ya mandamos a los chicos ¿Todavía no se despiertan esos tres? —preguntó Amador.         

  —Ni señales han dado —comentó Eva—, voy a despertarlos.

  Amador puso la tetera al fuego, tomó unas tazas de la alacena y salió a la galería, les gustaba desayunar al aire libre, colocó las tazas sobre la mesa y levantó la cabeza al escuchar que le hablaban.

  —¡Buenos días, señor! Mi nombre es Jonathan, venimos a buscar a Tatú, Violeta y Esteban. 

  —¡Qué hermosa tonada cordobesa! —exclamó.

  —Gracias —de repente tímido, prefirió desviar la atención a otro lado—. Trajimos estas medialunas para el desayuno —le pasó el paquete delicadamente envuelto, al dueño de casa.

  —Mmm. ¡Qué bien huele! Acaban de salvar a los chicos de tener que ir a comprar. Y tu amigo, no ha dicho ni una palabra.

  —Mi nombre es Marcelo Jara, un gusto señor.

  —¡Qué formales, che!, pueden relajarse. Yo soy Amador, pasen y tomen asiento, voy adentro a buscar a sus amigos. ¡Me está matando el aroma de este paquete!

  Se sentaron uno al lado del otro, miraban expectantes a la puerta de casa, sintieron voces que se acercaban y se pararon al mismo tiempo al ver salir a dos mujeres.

  —¡Buenos días! —saludó Eva— ¿Así que esperan a nuestros hijos?.

  —Sí, yo soy Marcelo y mi primo Jonathan.

  —Un gusto, yo soy Laura la mamá de Esteban y mi amiga Eva es la mamá de Tatú.

  —Mi hijo se llama Tadeo, aunque todos lo llamen Tatú, a mí me gusta llamarlo por su nombre. 

  —Me dijo mi esposo que ustedes trajeron estas delicias —comentó Eva mientras levantaba el plato con medialunas que llevaba en sus manos.

  —Sí —contestó Jonathan— las trajimos para ustedes.

  —Entonces voy a traer más tazas para el desayuno. ¿Qué prefieren tomar té o café?

  —Muchas gracias, Eva, pero no queremos molestar. Solo pasábamos a saludar —explicó Marcelo.

  —No es ninguna molestia, ahora con Laura traemos más tazas y vamos a mirar de paso por qué estos niños no aparecen todavía —terminó de hablar y se escuchó la voz de Esteban.

  —Vieja, se supone que son vacaciones, cada uno se despierta cuando quiere.

  —Sí, son vacaciones y por eso mismo hay que levantarse temprano para disfrutar del día. ¡Esteban por favor! Tapate la boca para bostezar, podrías haberte puesto un pantalón por lo menos —lo retó Laura.

  —Me apuraron y salí a recibir rápido a los chicos —respondió mientras estiraba su mano para chocarla con la de Marcelo. —¿Qué hacen por acá tan temprano?

  —Veníamos a preguntarles qué iban a hacer hoy —respondió Jonathan.

  —OK, pero mejor se sientan porque Violeta va a demorar bastante —ante la cara de duda de Jonathan explicó—. Imagino que es por Violeta que están acá tan temprano.

  —Imaginás bien —respondió Marcelo—, tenía muchas ganas de invitarla al paseo por aerosilla y como no recuerdo cuántos días se quedan en la ciudad, preferí venir ahora temprano.




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