Conocer a Richard fue un parteaguas en la vida de Adeline. Algo mas que las olas crujiendo en su tabla de surf.
El sol de la tarde se hundía en el horizonte, tiñendo el océano de un naranja encendido y violento. Para Adeline, ese era el único momento del día donde el cronómetro se detenía, podía huir del dolor actual de seguridad viendo los estragos del dolor de haber perdido a su padre y luchando ella misma contra ese dolor. Flotando sobre su tabla, con las piernas sumergidas en el agua fría, observaba la costa. El campeonato clasificatorio para la World Surf League (WSL) estaba a la vuelta de la esquina, y la presión en sus hombros pesaba más que el agua misma. Necesitaba respirar. Necesitaba salir del mar antes de que la corriente de la playa comenzara a ponerse traicionera.
Salió del agua arrastrando la tabla, con el neopreno pegado al cuerpo y el cabello rubio enredado por la sal. Fue entonces cuando lo vio.
Sentado sobre una roca alta que desafiaba a la marea, Richard, quien tenía hombros anchos y complexión atlética miraba fijamente hacia el vacío del horizonte. Tenía un balón de baloncesto desgastado entre las manos, haciéndolo girar sobre su dedo índice con una destreza hipnótica. Lo extraño no era su presencia, sino su postura: la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha, como si estuviera descifrando un mensaje secreto oculto en el viento. A unos metros de él, apoyado contra la roca, descansaba un bastón blanco plegable.
Adeline se detuvo, fascinada por la inmovilidad de Richard frente a la inmensidad del agua. Al dar un paso, el roce de sus pies contra la arena húmeda emitió un crujido casi imperceptible.
—El agua está subiendo rápido —dijo el joven, sin girar la cabeza—. Si te quedas ahí parada con el traje húmedo, el viento del norte te va a dar un resfriado antes de que termine de ocultarse el sol.
Adeline parpadeó, sorprendida. Miró a su alrededor; estaban completamente solos en ese tramo de la playa.
—¿Cómo sabes que estoy aquí? —preguntó ella, acercándose unos pasos con curiosidad—. Ni siquiera me has mirado.
Voz de Adeline
" Se que una discapacidad puede agufizar otros sentidos, pero, ¿A esa magnitud?"
Él sonrió de medio lado, una sonrisa suave pero cargada de una sutil melancolía. Dejó de girar el balón y lo apretó contra su torso.
—No necesito mirar. El peso de tus pisadas en la arena mojada es diferente al de la arena seca. Además... hueles a parafina de tabla y a neopreno purgado por el sol. Eres surfista.
—Vaya. Eso es impresionante —admitió Adeline, sentándose en una roca baja, a una distancia respetuosa—. ¿Sabes que soy Adeline?
—Si —respondió él, girando por fin el rostro hacia ella. Sus ojos eran de un gris claro, hermosos pero desenfocados—. Un placer volver a conversar contigo, Adeline
—¿Qué haces aquí solo, Richard? No es una playa fácil para caminar a ciegas.
—A veces el gimnasio se vuelve demasiado ruidoso —suspiró él, acariciando las líneas de caucho del balón—. La gente grita, los tenis rechinan demasiado... Aquí, el mundo tiene otro ritmo. El mar es el único lugar que no intenta ocultarme nada.
—¿Qué quieres decir?
Richard cerró los ojos y respiró hondo. Elevó una mano, extendiendo los dedos como si acariciara el aire.
—Escúchalo. La mayoría de la gente solo oye un rugido blanco, pero el mar habla. Justo ahora, a unos doscientos metros, una ola grande acaba de romper sobre la escollera; el eco es más agudo, más sordo. El viento viene del oeste porque empuja el sonido de las gaviotas hacia nosotros, no se aleja. Y bajo nuestros pies... puedo escuchar el crujido de las piedras arrastradas por la resaca. Es como un latido. Un latido constante que me dice exactamente dónde estoy parado.
Adeline lo escuchó en silencio, con la piel de gallina. Llevaba toda su vida en el agua, pero jamás se había detenido a escuchar el océano de esa manera tan íntima y matemática.
—Tienes un don, Richard- dijo Adeline sonriendo.
—Fue el precio que tuve que pagar —respondió él, y por primera vez, su voz se tornó sombría—. La compensación de la naturaleza, supongo.
—¿Naciste así? —preguntó Adeline con delicadeza.
Richard negó con la cabeza, apretando el balón con un poco más de fuerza. Sus nudillos se pusieron blancos.
—No. Tenía quince años. Era el armador principal de mi equipo en la escuela, el futuro prodigio de la liga local. Un día, durante las semifinales, choqué de cabeza contra el poste del tablero tras una jugada muy sucia. Quise arriesgarme a irme sin que los medicos me revisaran, posteriormente, tuve un accidente automovilístico que fue la gota que derramo el vaso. Desprendimiento de retina bilateral y un trauma severo en el nervio óptico. Pasé tres semanas en un hospital esperando una luz que jamás volvió a encenderse.
Adeline contuvo el aliento. Podía sentir el dolor sordo en las palabras de Richard, una herida que los años no habían logrado cerrar por completo.
—A los quince años... —susurró ella—. Toda una vida por delante. ¡Lo lamento tanto!
—El mundo se volvió oscuro, pero los insultos se volvieron más brillantes —continuó Richard, con una amargura que intentaba camuflar con indiferencia—. Cuando decidí volver a las canchas y aprendí a jugar guiándome solo por el oído, por el cascabel dentro del balón de práctica y el sonido del tablero, pensé que la gente lo entendería. Pero en el baloncesto profesional no hay piedad. Me llaman "fenómeno de circo", dicen que soy un peligro en la cancha, que juego por lástima de los árbitros. Los rivales me susurran porquerías al oído para desestabilizarme porque saben que no puedo ver de dónde viene el golpe. Es... agotador.
Adeline sintió una punzada en el pecho. Miró al océano y, de repente, la inmensidad del agua ya no le pareció un campo de entrenamiento, sino un cementerio de recuerdos.
—El mar también puede ser un monstruo cruel —dijo Adeline, con la voz quebrada—. Te entiendo, Richard. Sé lo que es que algo que amas te arranque una parte de la vida.