Tu cambiaste mi historia

Capitulo 5: Sabiduría

El olor a salitre y a madera vieja flotaba en el porche de la cabaña, mezclado con el aroma penetrante del ungüento para los dolores que el abuelo Eddie se untaba en las rodillas. Richard estaba sentado en el escalón de la entrada, sosteniendo un balón de baloncesto desgastado entre las manos, haciéndolo girar con desgano. La conversación de la noche anterior con Adeline en la playa seguía atrapada en su cabeza como una marea persistente. Ella le había quitado el cerrojo a sus fantasmas, y él, sin pensarlo, le había abierto la puerta a los suyos. El dolor compartido los había unido de una forma que Richard no lograba descifrar, pero que se sentía peligrosamente como una atracción ineludible.

—Si sigues mirando ese balón como si fuera a darte las respuestas del universo, se te va a congelar la mirada, muchacho —la voz ronca y burlona de Eddie rompió el silencio.

El viejo salió al porche arrastrando los pies, vestido con sus eternos pantalones de lino arrugados y una camiseta de tirantes que dejaba ver unos tatuajes de la marina ya borrosos por el tiempo. Eddie era un roble viejo: retorcido, ruidoso, pero con unas raíces tan profundas que nada lo movía. Desde que la madre de Richard se marchó hacía años, Eddie había levantado un muro invisible alrededor de su hijo —el padre de Richard— y de su nieto. Un muro diseñado para mantener el dolor afuera y a ellos a salvo. El amor, en la filosofía de Eddie, era un deporte de alto riesgo para el que sus chicos no siempre tenían el casco puesto.

—No estoy buscando respuestas, abuelo. Solo... pensaba —dijo Richard, lanzando el balón al aire y atrapándolo con un golpe seco.

—¿Eeee? ¿Pensando?. ¡Mal asunto! —Eddie se dejó caer en su mecedora con un quejido dramático—. La última vez que pensaste tanto, intentaste arreglar el cortacésped y terminamos llamando a los bomberos. Y hablando de desastres... —el viejo entrecerró sus ojos pequeños y astutos—, me enteré de lo que pasó ayer en la cancha del parque.

Richard se tensó. Trató de poner su mejor cara de indiferencia, pero las orejas se le tiñeron de rojo.

—No pasó nada. Un partido amistoso.

—¿Amistoso? ¡Ja! —Eddie soltó una carcajada que terminó en una tos carraspera—. Al viejo Miller casi se le cae la dentadura de la risa cuando me lo contó en la carnicería. Dijo que parecias un pato mareado en el hielo. Que un muchacho que mide casi dos metros se dejara robar el balón por el hijo adolescente del panadero... Richard, ¡por Dios!, te hizo un amago por la izquierda y te mandó a comprar pan a la derecha. ¡Fuiste el hazmerreír del barrio durante cuarenta y un minutos!

—¡Fueron solo dos jugadas, abuelo! —protestó Richard, dándose la vuelta, frustrado—. Y el chico es rápido.

—El chico es un tapón de alberca, Richard. Tú estabas flotando. Tenías el cuerpo en la cancha, pero la cabeza... la cabeza estaba en la playa, ¿verdad? Con la chica nueva. Con Adeline.

El nombre flotó entre los dos, disipando de golpe la atmósfera de burla. Richard dejó caer el balón, que rodó por el porche hasta detenerse contra la bota de Eddie. El abuelo detuvo el balanceo de su mecedora y miró a su nieto. La chispa cómica de sus ojos se apagó, reemplazada por esa mirada afilada y protectora que usaba cuando las cosas se ponían serias.

—Tu padre me dijo que la vio salir de la playa anoche. Y luego te vio a ti, con cara de haber visto un fantasma o de haber encontrado oro. Conociendo a los hombres de esta familia, suele ser lo primero disfrazado de lo segundo.

Richard suspiró, apoyando los codos en las rodillas.

—Hablamos, eso es todo. Ella... ha pasado por mucho, abuelo. Cosas de las que no es fácil hablar. Y yo supongo que me sintió lo suficientemente roto como para confiar en mí. Le conté lo de como perdí la vista. Le conté cómo se sintió quedarse aquí cuando el camión de la mudanza se llevó la mitad de la casa. Nunca le había dicho eso a nadie fuera de ti y de papá.

Eddie guardó silencio durante un largo momento. El mar rugía a lo lejos, un recordatorio constante de que el agua siempre regresa, sin importar cuántas veces se retire. El viejo se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos callosas sobre las rodillas.

—Escúchame bien, Richie —dijo, usando el diminutivo que solo reservaba para los momentos cruciales—. El dolor es un imán muy potente. Cuando encuentras a alguien que tiene las mismas cicatrices que tú, la tentación de abrazarla para curarte es enorme. Sientes atracción, lo sé. Es una chica hermosa, tiene fuego en los ojos y el misterio te gusta desde que eras un crío. Pero tienes que andar con pies de plomo.

—No soy un niño, abuelo. Sé cuidarme.

—No, no lo sabes —replicó Eddie, con una firmeza que no admitía réplica—. Eres igual a tu padre. Los hombres de esta familia no quieren a medias. Cuando se entregan, se quitan la piel y se la dan a la otra persona para que se haga un abrigo. Y ya viste lo que pasó. Tu tío Reiner tardó diez años en volver a mirar a una mujer a los ojos sin temblar tras lo de tu tia Adelaida. Yo no voy a enterrar a mi hijo y ver a mi nieto convertirse en un bloque de hielo por culpa de un corazón roto.

Richard miró hacia el horizonte, donde el cielo empezaba a teñirse de tonos anaranjados. Sabía que el abuelo tenía razón sobre el peligro, pero también sabía que ya era tarde. La atracción que sentía por Adeline no era un capricho superficial; era una corriente subterránea que lo arrastraba desde que la vio mirar el mar con esa tristeza tan idéntica a la suya.

—No quiero vivir con miedo, abuelo —murmuró Richard—. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Alejarme de ella porque ambos tenemos un pasado que nos deja sin respirar?

Eddie suspiró, el peso de sus propios años y batallas reflejado en sus hombros. Extendió el pie y pateó suavemente el balón de baloncesto de vuelta hacia Richard.

—No te estoy diciendo que huyas, muchacho. Te estoy diciendo que recuperes el equilibrio. Ayer en la cancha diste lástima porque estabas indefenso, pensando en ella en lugar de mirar dónde pisabas. En el amor es igual. Si vas a acercarte a Adeline, hazlo con los ojos abiertos. No busques que ella salve tus días grises, ni intentes ser el héroe que repare los suyos. Dos personas rotas que se juntan solo para pegarse con pegamento barato terminan rompiéndose peor al primer viento fuerte.




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