El mar de picos grises y crestas espumosas se extendía más allá de los límites de la barandilla de madera. Adeline, quien había viajado a lo Estados Unidos para participar en un importante torneo que la llevará a su mas ansiada meta, sostenía la taza de café entre ambas manos, buscando un calor que el viento de la costa de California se empeñaba en arrebatarle. Faltaban apenas unas horas para que iniciara el Abierto de Surf de Huntington Beach, pero su mente no estaba en las olas, ni en la marea que subía con una fuerza implacable. Su mente estaba atrapada en el laberinto de una conversación que había tenido lugar semanas atrás, la tarde en que su historia cambió de rumbo.
Richard.
Cerró los ojos y evocó su voz: esa cadencia pausada, la forma en que él inclinaba la cabeza de lado como si pudiera descifrar el mundo a través de los sutiles cambios en el viento. Pero junto al recuerdo de su magnetismo, la duda punzaba como una astilla encajada en el alma.
«Mi padre se quedó en el Índico, Adeline. Se lo llevó el mega tsunami del 2004».
Aquellas palabras seguían flotando en el aire de su memoria. ¿Por qué le había dicho eso? El desastre de 2004 había destrozado costas enteras al otro lado del planeta, dejando una estela de dolor histórico, Adeline no le dijo toda la verdad a Richard sobre la muerte de su padr. Sin embargo, algo en la mirada ciega de Richard, una rigidez casi imperceptible en su mandíbula cuando lo mencionó, le decía a Adeline que había capas de tierra y secretos enterrados bajo esa confesión. ¿Era una metáfora de su propio abandono? ¿O una verdad literal que cargaba como una losa? No entendía por qué abrirle el pecho de esa manera el mismo día en que sus mundos colisionaron.
—Si sigues apretando esa taza, vas a terminar fusionándote con la cerámica, Addy.
La voz suave de Irene interrumpió su monólogo interno. Su madre se deslizó a su lado en el porche, envuelta en un cárdigan grueso de lana gruesa, sosteniendo su propia taza. Irene tenía esa mirada que solo las madres que han sobrevivido a sus propias tormentas poseen: una mezcla de infinita paciencia y una agudeza que desarmaba cualquier fachada.
—Solo... pensaba —respondió Adeline, soltando un suspiro que se disolvió en la bruma marina.
—En él —afirmó Irene, no como una pregunta, sino como una certeza—. Desde que Richard apareció, caminas por la casa como si arrastraras un oleaje invisible. ¿Qué pasa por esa cabeza tuya?
Adeline miró el horizonte, donde el sol apenas empezaba a teñir las nubes de un rosa sucio.
—Me asusta, mamá. Me asusta lo que me hace sentir y me asusta lo que no sé de él. Me habló de mi padre, de cómo murió en el tsunami de 2004. Fue tan repentino, tan crudo. Siento que hay un muro gigante detrás de su ceguera, y cada vez que intento acercarme, temo tropezar y romper algo que no tiene reparación. No sé si estoy lista para meterme en una historia tan... rota.
Irene guardó silencio un momento, escuchando el rugido rítmico del océano abajo. Luego, estiró la mano y cubrió los dedos fríos de su hija. Adeline seguía hablando.
_ No le dije todo....... Le dije que... le dije sobre Jimmy, de como papá lo salvó, pero no le dije que yo también estuve alli. ¡Que nos salvó a ambos!- Adeline derrama varias lagrimas y se le hace un nudo en la garganta- ¡No fuí capaz de decirle eso!- ahora Adeline sollozaba- en estos últimos dias me enamore de él. El si......fue sincero conmigo al decirme de como perdió la vista. Y, ¡yo no! Richard....... no creo que sea para mi.
Irene le habla su hija de manera comprensiva
—El amor no viene en empaques perfectos ni con manuales de instrucciones, Adeline. Tú mejor que nadie sabes lo que es el dolor; lo vives cada vez que entras al mar y desafías a la corriente. Richard carga con sus propios fantasmas, sí, y tal vez su ceguera sea lo de menos comparado con las cicatrices que lleva por dentro, de tanta humillación que ha sufrido debido a su discapacidad. Pero cerrarte al amor solo por miedo a la marejada es como quedarte en la orilla viendo la mejor ola de tu vida pasar de largo. ¡Es como evitar la ola que Bethany Hamilton lograr surfear después de su accidente! . No te proteges del dolor, Addy; solo te condenas a la soledad, Jimmy estará bien, ¡El desea con toda su alma que alcamces tu meta! Pero igual desea verte feliz con Richard. Déjalo entrar. Deja que te muestre su mundo, aunque sea un mundo a oscuras.
Las palabras de su madre calaron hondo, hundiéndose en su pecho como plomo. Adeline asintió en silencio, tragándose el nudo de la garganta. Tenía un torneo que ganar, pero el verdadero campeonato se estaba jugando en su corazón.
El ambiente en Huntington Beach era un hervidero de adrenalina, música a todo volumen y el olor penetrante a parafina y protector solar. Cientos de espectadores se agolpaban en el muelle y a lo largo de la playa, levantando banderas y vitoreando a las competidoras. Las vallas publicitarias crujían bajo el viento y los altavoces escupían rock alternativo para encender los ánimos.
Adeline caminaba por la arena, con el neopreno ajustado hasta la cintura y la tabla bajo el brazo derecho. Trataba de concentrarse en la rompiente, visualizando sus giros y la línea que tomaría en la serie que estaba por comenzar.
Sin embargo, un murmullo inusual cerca de la zona VIP de las gradas públicas rompió su burbuja de concentración. No eran los típicos aplausos. Eran risitas sofocadas, murmullos cargados de esa crueldad casual que la masa suele escupir cuando encuentra algo diferente.
—Mira eso... ¿Es en serio? ¿Qué hace el inválido aquí?
—Sí, es él. El base estrella de la liga universitaria. Bueno, el ex base. ¿Se creerá que todavía puede encestar sin ver el aro?
—¡Qué patético!. Debería estar en su casa con un bastón en lugar de estorbar en un torneo de surf. Es un estúpido fenómeno de circo.
A Adeline se le congeló la sangre. Giró la cabeza con violencia hacia el origen de las voces.