Tu cambiaste mi historia

Capitulo 10: El eco del silencio en las gradas

El chirrido de los tenis contra la duela pulida resonaba como ráfagas de ametralladora dentro del gimnasio municipal. Había un ambiente denso, cargado de sudor, gritos de las bancas y el eco rítmico del balón. Para Richard, sin embargo, el sonido más ensordecedor era el que no estaba: la risa limpia de Adeline, el tono exacto de su voz animándolo desde la tercera fila, justo detrás de la banca local.

Ella no había llegado.

Mientras corría el cronómetro del tercer cuarto, las palabras que Jimmy le había soltado días atrás se clavaban en la mente de Richard como astillas: «Ella está buscando su lugar en la WSL, Richard. El surf profesional no perdona las distracciones, y su prioridad es el circuito, no tú». Al principio, él lo había tomado como la típica sobreprotección de un hermano, pero las tres citas canceladas en las últimas dos semanas y el asiento vacío de esta noche empezaban a darle a Jimmy una victoria amarga.

El partido era una guerra física. El equipo rival, los Jaguares, no tenía intenciones de mostrar compasión, y mucho menos su movedor estrella, un tipo rudo llamado Marcus que llevaba todo el juego usando la falta de visión de Richard como su principal arma psicológica.

Yamal armó la jugada desde el perímetro.

—¡Richard, a la derecha, zona pintada! —gritó Yamal, lanzando un pase picado perfecto.

Richard midió el bote del balón por el oído, estiró las manos y lo atrapó con limpieza. Pivotó sobre su pie izquierdo, sintiendo la vibración de los pasos del defensa que se le encimaba. Con un movimiento fluido, amagó hacia el centro y saltó para un tiro de media distancia. El balón entró limpiamente rozando la red. El gimnasio estalló.

Pero la celebración duró un suspiro. En la siguiente jugada de transición, Richard bajó a defender, guiándose por las señales acústicas del tablero y la voz de Yamal que le indicaba las posiciones. De pronto, un impacto seco y malintencionado en las costillas lo mandó directo al suelo.

Fue Marcus. Había dejado el codo arriba a propósito durante una pantalla, aprovechando el punto ciego de Richard.

—¡Falta! ¡Eso es una flagrante! —bramó Yamal, corriendo a empujar a Marcus antes de que los árbitros intervinieran.

Richard se quedó en la duela un momento, recuperando el aire mientras el dolor le quemaba el costado. Marcus se inclinó hacia él, aprovechando el tumulto de los reclamos para susurrarle al oído con veneno:

—Sigues siendo un estorbo aquí, ciego. Deberías quedarte en la banca. Tu noviecita ya se dio cuenta y por eso ni vino a verte dar lástima.

El golpe psicológico dolió más que el físico. Yamal ayudó a Richard a levantarse, tomándolo del brazo con fuerza.

—No le hagas caso, hermano. Concéntrate en el silbato —le pidió Yamal, pero notar la tensión en los hombros de Richard era evidente. El resto del partido se convirtió en una prueba de resistencia pura, donde Richard tuvo que jugar con el corazón blindado, anotando los tiros libres bajo una lluvia de abucheos y provocaciones, logrando arrancar la victoria por apenas dos puntos. Sin embargo, no había euforia en su pecho.

Después de una ducha fría que no logró quitarle el peso de encima, Richard salió al pasillo trasero del gimnasio, haciendo rebotar su balón contra el suelo de concreto de manera lenta, casi ausente.

—Estuviste increíble en el último cuarto, Richie —la voz dulce y familiar de Margaret, su hermana mayor, rompió su ensimismamiento. Ella se acercó y lo abrazó por la cintura, dejando un beso en su mejilla. Pero Richard la conocía demasiado bien; detectó de inmediato la nota de tristeza y frustración en su tono.

—Gracias, Maggy. El partido estuvo duro —respondió él, intentando sonreír.

—Sí, lo vi. Ese tipo, Marcus, es un animal. Pero no me refiero solo a la duela, Richie... —Margaret guardó silencio un segundo, guiándolo suavemente hacia las bancas del pasillo—. Ella no vino, ¿verdad?

Richard suspiró, dejando caer el balón entre sus pies.

—Tenía un entrenamiento nocturno con olas grandes. Se acerca el corte de la WSL y...

—Y ya van tres veces que te cambia los planes esta semana, Richard —lo interrumpió Margaret, esta vez con una firmeza nacida del puro amor de hermana—. Sé lo mucho que la quieres y sé lo que Adeline significa para ti, pero no puedo sentarme a ver cómo te dejas poner en el segundo plano de alguien.

Richard apretó los puños, queriendo defenderla, pero los argumentos se le acababan.

—Ella está persiguiendo su sueño, Maggy. Yo hago lo mismo aquí.

—No es lo mismo —replicó Margaret, tomando las manos de su hermano entre las suyas. Su voz se suavizó, pero la advertencia seguía ahí—. Tú mueves cielo y tierra para estar en sus competencias en la playa, escuchas el mar, te aprendes sus horarios... Tú estás presente. Una relación no funciona si uno está surfeando en el océano y el otro se queda esperando en la orilla a que caiga una migaja de tiempo libre. Jimmy tenía razón en algo, Richie: Adeline está concentrada en su tabla, no en ti. Por favor, reconsidera esto antes de que te rompa el corazón por completo. No te mereces ser la segunda opción de nadie.

Margaret le dio un apretón cariñoso en la mano y se alejó para dejarlo respirar, dejando a Richard a solas con el eco de sus palabras, el dolor en sus costillas y un vacío inmenso que el sonido del mar ya no alcanzaba a llenar.




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