Tu cambiaste mi historia

Capitulo 11: La anatomía del vacío, parte 1

Para un hombre que no puede ver, la soledad no tiene forma, pero tiene peso. Se asienta en el pecho como una masa fría y densa, y se expande a través de los sonidos que no llegan.

La noche del torneo, el gimnasio había sido un monstruo ruidoso. Richard recordaba el eco ensordecedor del balón contra la duela, el chirrido de los tenis, los gritos eufóricos de la banca y el estallido final del público que celebraba una victoria que a él le supo a cenizas. Mientras sus compañeros se abrazaban y reían, Richard se había quedado estático en medio de la cancha, con el rostro ligeramente inclinado hacia la tercera fila de las gradas VIP. Había pasado las dos semanas anteriores memorizando la acústica de ese lugar exacto, calculando cómo resonaría la voz de Adeline entre el gentío.

No hubo voz. Solo el murmullo genérico de desconocidos. Cuando Jimmy se acercó para colgarle la medalla al cuello, el silencio protector de su amigo fue la confirmación definitiva: el asiento asignado seguía tan vacío como las tres promesas anteriores.

Ahora, tres días después, Richard habitaba el epicentro de su propia tormenta silenciosa.

Estaba sentado en el suelo de su habitación, apoyado contra la base de la cama, con las rodillas pegadas al pecho. La estancia estaba sumida en esa penumbra eterna que a él no le importaba, pero que esta vez se sentía más hostil que nunca. En sus manos sostenía un viejo suéter de Adeline que ella había olvidado en el auto un mes atrás. Lo presionaba contra su rostro, buscando desesperadamente el aroma a azahar y sal marina que la caracterizaba, pero el tejido empezaba a oler a guardado, a rancio, a olvido. El aroma de Adeline se estaba evaporando, igual que ella.

—¿Por qué es tan fácil dejarme atrás? —susurró al vacío, con la voz rota, rasposa por las horas de aislamiento.

Cualquier persona con el don de la vista puede distraer los ojos cuando el corazón le duele; puede mirar una pantalla, fijarse en los detalles de una pintura o contemplar el paisaje por la ventana para escapar de sus propios pensamientos. Richard no tenía esa tregua. Cuando su mente se llenaba de dolor, no había adónde mirar. Su universo entero se reducía a lo que sentía y a lo que recordaba. Y lo único que recordaba en bucle era la última llamada de Adeline: cinco segundos de una voz agitada, el sonido del viento de la playa colándose por el auricular y un apresurado *“Lo siento, Rich, surgió algo con el entrenador, no llego a cenar”*. Luego, el tono de llamada cortada. Un pitido monótono que se había convertido en la banda sonora de sus noches.

Una lágrima pesada rodó por su mejilla, perdiéndose en el cuello de su camiseta. Llorar en la oscuridad total tenía una crueldad particular; era un llanto que no buscaba compasión, un desborde puro de un alma sobrecargada. Sentía una humillación profunda, esa herida universal que cualquiera que haya amado con desespero reconoce: el dolor de saberse perfectamente prescindible para la persona que es tu mundo entero.

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En el pasillo, justo al otro lado de la puerta de madera, Margaret permanecía de pie, con la espalda pegada a la pared y los ojos cerrados, tragándose sus propios sollozos.

Llevaba más de una hora ahí, inmóvil, escuchando. Para ella, el sufrimiento de Richard era un castigo diario. Desde que sus padres habían faltado, Richard no era solo su hermano menor; era su responsabilidad, el centro de su protección. Verlo levantarse cada mañana con una falsa expectativa, palpar la mesa del comedor buscando un teléfono que no había vibrado, y luego ver cómo sus hombros se caían al comprender que otra vez no habría noticias de Adeline, le partía el alma.

Margaret escuchó un ahogado gemido de frustración proveniente del cuarto. Fue el sonido de Richard golpeando el colchón con el puño cerrado, un desahogo de impotencia pura.

A ella se le encogió el estómago. Sintió una rabia ardiente, una furia protectora que le quemaba el pecho. Quería correr a la playa, tomar a Adeline por los hombros y obligarla a mirar lo que estaba haciendo. Quería gritarle que el amor no es algo que se dosifica cuando sobra tiempo entre los entrenamientos; que Richard no era un objeto que pudiera guardar en un cajón y sacar solo cuando el mar le diera tregua.

*¿Cómo puedes hacerle esto?*, pensaba Margaret, con las lágrimas resbalando por sus mejillas mientras apretaba los dientes para no hacer ruido. *Él no puede ver el mundo, Adeline. Tú eras sus ojos. Tú eras su sol. Y lo estás dejando a oscuras.*

Margaret se deslizó lentamente por la pared hasta quedar sentada en el suelo del pasillo, imitando involuntariamente la postura de su hermano al otro lado de la pared. Separados por unos centímetros de madera, los dos hermanos compartían el mismo luto: él, por el amor que se le escapaba como agua entre los dedos; ella, por la dolorosa certeza de que no importaba cuánto lo intentara, no tenía el poder de sanar la herida que Adeline le estaba provocando.

El reloj de la sala dio las tres de la mañana. En la habitación, Richard soltó el suéter. El silencio volvió a reinar, pero ya no era un silencio de paz. Era la calma tensa que precede al colapso, el prólogo perfecto para la tormenta que, unas horas más tarde, estallaría inevitablemente en el porche de la casa.




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