La madrugada avanzaba implacable, arrastrando consigo esa frialdad que solo pertenece a las horas previas al amanecer. En el pasillo, Margaret finalmente se puso en pie. Sus movimientos eran torpes, entumecidos por el tiempo que había pasado estática contra la pared. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y, tras respirar hondo para estabilizar la voz, giró el pomo de la puerta de Richard. No llamó antes de entrar; en noches como esta, las formalidades salían sobrando.
El crujido de las bisagras bastó para que Richard reaccionara. No se movió del suelo, pero Margaret notó cómo su postura se ponía tensa, a la defensiva, como un animal herido que intenta ocultar su vulnerabilidad.
—Soy yo, Rich —susurró ella, adentrándose en la habitación. Caminó con cuidado, esquivando instintivamente los objetos del suelo hasta sentarse en el borde de la cama, justo arriba de donde él se apoyaba.
Richard exhaló un suspiro largo, su barbilla temblando sutilmente.
—Deberías estar dormida, Margaret. Mañana trabajas temprano.
—Y tú deberías estar descansando. Tuviste un torneo agotador hace tres días y apenas has probado bocado desde entonces —reprochó ella con una dulzura dolorosa. Extendió la mano y comenzó a acariciar el cabello revuelto de su hermano. Él no se apartó, pero se enderezó un poco, dejando caer los brazos a los costados—. No puedes seguir haciendo esto, Richard. No puedes desparecer dentro de ti mismo cada vez que ella decide no venir.
—No desaparezco —mintió él, con la voz pastosa—. Solo... estoy pensando.
—Estás esperando —lo corrigió Margaret, y la firmeza de sus palabras golpeó el aire—. Estás esperando a que el teléfono suene, a que la puerta se abra. Estás castigándote en esta habitación como si el fallo hubiera sido tuyo. Richard, ganaste. Eres el maldito campeón de la liga local. El gimnasio entero coreaba tu nombre y tú estás aquí, en el suelo, oliendo una prenda de ropa vieja que ya ni siquiera conserva su aroma. ¡Me da rabia verte así!
La última frase de Margaret salió con un tinte de desesperación que hizo que Richard reaccionara. Él giró el rostro hacia arriba, hacia donde sabía que estaba el de su hermana. Sus ojos, fijos y nublados, parecieron suplicar por un segundo que ella retirara lo dicho.
—Tú no lo entiendes... —comenzó Richard, apretando los dientes.
—¡Claro que lo entiendo! —lo interrumpió ella, dejando que la frustración acumulada guiara sus palabras—. Entiendo que la amas. Entiendo que cuando estás con ella, el mundo parece un lugar un poco menos injusto para ti. Pero el amor no debe verse así, hermano. El amor no es una migaja que recoges del suelo cuando la otra persona termina de hacer lo que realmente le importa. Adeline está en la playa. Está persiguiendo su meta. Y no está mal que tenga ambiciones, Richard, lo que está mal es que te use como una estación de paso para cuando se siente cansada. Mientras ella surfea, tú te ahogas. ¿No lo ves?
Richard guardó silencio. Las palabras de su hermana se clavaron como alfileres en su orgullo, pero la verdad implícita en ellas era innegable. La humillación de amar a alguien que parece tener un pie fuera de la relación es un veneno lento. Recordó las llamadas perdidas, los planes cancelados a última hora con un mensaje de texto que Margaret o Jimmy tenían que leerle en voz alta, sintiendo la lástima en las voces de sus amigos con cada palabra redactada a las prisas por Adeline.
*“Lo siento, Rich, me quedé sin luz en la playa entrenando la última serie”*.
*“Mañana compenso lo de la cena, te lo juro”*.
Promesas. Un castillo de naipes construido sobre palabras vacías que el primer viento de la costa derribaba sin esfuerzo.
—Ella tiene sus razones —alcanzó a decir Richard, intentando levantar una última e inútil defensa, más para convencerse a sí mismo que a Margaret—. Razones que tu desconoces, hermana, mas alla de los prejuicios que tienes hacia ella. Esa liga es todo lo que le queda de él.
Margaret suavizó la mirada, y la rabia en su rostro se transformó en una compasión infinita. Se inclinó hacia adelante y tomó el rostro de Richard entre sus manos, obligándolo a mantener la cara levantada hacia ella.
—El dolor de Adeline es real, Richard, sea lo que este viviendo, y lo lamento. Pero tu dolor también es real. Y no es justo que uses el luto de ella para justificar tu propia destrucción. Un trauma no le da derecho a nadie a romper el corazón de quien lo da todo por sanarla. Si te quedas aquí esperándola, te vas a convertir en un fantasma igual que el que ella persigue en el mar.
Una última lágrima escapó de los ojos de Richard, resbalando por los dedos de su hermana. Aquella fue la capitulación definitiva. El peso de la realidad se asentó en la habitación de forma irreversible. Richard asintió despacio, zafándose suavemente del agarre de Margaret para cubrirse el rostro una vez más.
—Mañana... —murmuró Richard con un hilo de voz—. Mañana si viene, no voy a contestar. No voy a proponer otra cita. Tienes razón, Margaret. Ya no me quedan fuerzas para seguir nadando contra la corriente.
Margaret lo abrazó con fuerza, hundiendo los dedos en su espalda mientras el chico se rompía en silencio contra su hombro. El pacto estaba sellado en la oscuridad de la madrugada. Richard finalmente había decidido soltar la cuerda que lo unía a Adeline, ignorando que unas horas más tarde, arrastrada por la culpa y el pánico de perderlo, ella llamaría a su puerta, desatando la tormenta definitiva en el porche.