Tu cambiaste mi historia

Capitulo 13: El sonido del silencio

El aire en la costa siempre tenía ese sabor a sal y a promesas rotas. Sentada sobre su tabla, con el agua cubriéndole las piernas, Adeline mantenía la mirada fija en la línea donde el cielo se unía con el océano. La mayoría de la gente veía en el surf un deporte, una pasión o, tal vez, un escape. Para ella, era una deuda de sangre.

Cada vez que remaba hacia una ola, no buscaba la gloria de la World Surf League por mero ego o ambición. Lo hacía por él. Su padre se había quedado en el fondo del océano en diciembre de 2004, cuando el megatsunami del Océano Índico borró costas enteras de la faz de la tierra y se llevó al hombre que le había enseñado a descifrar el lenguaje del mar. Entrar a la WSL no era un capricho; era la única manera que Adeline conocía de mantener vivo su recuerdo, de demostrarle al océano que no los había derrotado por completo. Pero el precio de esa lealtad ciega estaba empezando a cobrarse en la tierra firme.

A unos kilómetros de la playa, la realidad era radicalmente distinta, pero igual de asfixiante. La habitación de Richard estaba sumida en una oscuridad total. No había luces encendidas; para él, carecían de sentido. Sentado al borde de la cama, con la cabeza sepultada entre las manos, Richard habitaba ese espacio donde el silencio se volvía denso, casi sólido.

La puerta se abrió lentamente, dejando entrar el rumor del resto de la casa y una línea de luz que él no pudo ver, pero cuyo cambio en la acústica del cuarto detectó de inmediato.

—Richard... —la voz suave de Margaret, su hermana, rompió la quietud—. ¿Otra vez aquí solo? Ganaste el torneo, hermano. Deberías estar celebrando abajo con los demás.

Richard no levantó la cabeza. Su voz sonó apagada, arrastrando un cansancio que no era físico, sino del alma.

—¿Celebrando qué, Margaret? ¿El sonido de las gradas aplaudiendo mientras yo intentaba escuchar una voz que sabía perfectamente que no estaba allí? Estuve todo el partido girando la cabeza hacia la sección VIP... esperando el aroma de su perfume, el sonido particular de sus pasos. Y solo había vacío.

Margaret se acercó y se arrodilló frente a él, tomando sus manos inertes entre las suyas. Su tono se volvió firme, cargado de una frustración protectora.

—Es la tercera vez en dos semanas que te cancela, Richard. Te he escuchado caminar por el pasillo a mitad de la noche. Te he escuchado llorar en silencio en esta cama porque ella no contesta el teléfono. Me rompe el alma verte así. Esa chica no te merece.

Minutos más tarde, el crujido de las hojas secas bajo unos tenis anunció la llegada de Adeline al porche de la casa. Caminaba apresurada, con la chaqueta del equipo de surf puesta a las prisas y el cabello aún húmedo, despidiendo ese aroma a salitre y ozono tan característico de ella. Estaba nerviosa. Antes de que sus dedos alcanzaran a rozar el timbre, la puerta principal se abrió de golpe.

Margaret salió al porche, cerrando la entrada detrás de sí con un golpe seco. Estaba temblando de rabia.

—¡Margaret! Hola... —Adeline retrocedió un paso, sorprendida—. Yo... venía a ver a Richard. Quería saber cómo le había ido en el torneo y...

—¿A ver a Richard? ¿Ahora? —la cortó Margaret con una voz gélida y afilada—. ¿Después de que el torneo terminó hace tres horas? ¿Después de cancelarle tres citas seguidas? Tienes un descaro milimétrico, Adeline.

—Margaret, por favor, no juzgues lo que no entiendes —replicó Adeline, entrelazando los dedos, a la defensiva—. He estado entrenando doce horas diarias. La clasificación para la WSL está encima y la presión es...

—¡Me importa un rábano tu maldita liga de surf! —explotó Margaret, dando un paso al frente, con los ojos inyectados en llanto y furia—. ¡Mírate! Llegas aquí con tu cabello húmedo, con tu ropa de deportista, como si nada pasara, con esa cara de "ay, estoy muy ocupada". ¿Tienes la menor idea de lo que le haces a mi hermano cada vez que le fallas?

—¡Yo lo amo, Margaret! ¡No lo hago a propósito! —exclamó Adeline, sintiendo que un nudo asfixiante se le formaba en la garganta.

—¡Tú no amas a nadie más que a ti misma! —le espetó Margaret, señalando la puerta con el dedo tembloroso—. Richard es invidente, Adeline. Él no puede ver tus malditos mensajes de texto de cinco segundos justificando por qué no vas a venir. Él depende de tu voz, de tu presencia, del tacto de tus manos. Cuando lo dejas plantado, lo dejas atrapado en una oscuridad el doble de profunda, donde solo habitan sus inseguridades. ¡He pasado las últimas cuatro noches escuchándolo llorar en su habitación hasta quedarse sin aire! ¿Andas tú? Tú estás en la playa, viviendo tu gran sueño mientras lo destruyes a él. ¡Vete de aquí!

Un frenazo brusco interrumpió la disputa. El auto de Jimmy se detuvo frente a la acera. Al ver la tensión en el porche, el chico bajó rápidamente, corriendo hacia ellas y colocándose como un escudo humano entre Margaret y Adeline.

—¡Margaret, ya basta! ¡Cálmate! —ordenó Jimmy, conteniéndola con la mirada.

—¡No te metas, Jimmy! —gritó Margaret, fuera de sí—. Tú mismo le dijiste a Richard que ella era una egoísta. ¡No la defiendas ahora!

—Sí, se lo dije a Richard porque me preocupa mi amigo —repuso Jimmy, manteniendo el brazo firme frente a Adeline—. Pero no voy a dejar que la trates como si fuera una criminal. ¡Tú no sabes el peso que ella carga encima!

—Oh, claro. El terrible sufrimiento de surfear todo el día —escupió Margaret con amargura.

—¡Nuestro padre murió en el megatsunami de 2004, Margaret!

Las palabras de Jimmy cayeron como un balde de agua helada. El porche se sumió en un silencio sepulcral, roto únicamente por el primer sollozo descontrolado de Adeline, quien se cubrió el rostro con las manos.

—Ella carga con una promesa —continuó Jimmy, con la voz más baja pero firme—. Entrar a la WSL es la única forma que tiene de mantener el lazo con nuestro fallecido padre, de sentir que no lo perdió del todo. Sí, se equivoca con Richard, y yo soy el primero en decírselo en la cara, pero no tienes derecho a pisotearla de esa manera. Ella también está rota.




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