Tu cambiaste mi historia

Capitulo 16: El oleaje del pasado

El sol de la tarde caía plomizo sobre las costas de Huntington Beach, California. Era el torneo clasificatorio definitivo; la última oportunidad de Adeline para sellar su pase directo a la élite de la WSL. La playa estaba abarrotada, el rugido del motor de las motos de agua de rescate se mezclaba con la música de los altavoces y los gritos del público. El ambiente vibraba con una tensión eléctrica.

Adeline estaba en la zona de competidores, aplicando parafina a su tabla con movimientos rítmicos para calmar los latidos de su corazón. Tenía el alma rota, pero la mente fría. Sabía exactamente lo que se jugaba.

—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí. La gran promesa del surf, compitiendo con cara de funeral.

Adeline no necesitó levantar la vista para saber de quién se trataba. La voz arrastrada y soberbia pertenecía a Brianna Michaels, su archirrival en el circuito. Brianna se cruzó de brazos, luciendo su traje de neopreno patrocinado y una sonrisa cargada de veneno.

—Me enteré de lo de tu noviecito, Adeline —soltó Brianna, buscando la provocación—. Qué patético cómo terminaron las cosas. Dicen por ahí que lo botaste como basura en cuanto viste la oportunidad de figurar en la WSL, y que ahora sus familias se odian a muerte. ¿Tanto te pesaba el muerto?

Adeline apretó los dedos contra la tabla. La mención de Richard fue como una estocada directa al centro de su culpa. El impulso de saltar y callarle la boca a Brianna estuvo ahí, latiendo en sus venas. Sin embargo, Adeline respiró hondo, cerró los ojos un segundo y recordó su promesa de madurez. Ya no era la chica impulsiva de antes; ahora asumía sus errores y no iba a rebajarse al fango.

Sin decir una sola palabra, Adeline tomó su tabla, le dio la espalda a Brianna con total indiferencia y caminó hacia la orilla para concentrarse en su serie. Brianna se quedó mascando su propia rabia, frustrada por no haber conseguido la reacción violenta que buscaba.

Mientras Adeline se adentraba en el agua, entre la multitud de la playa, un hombre caminaba con paso firme pero precavido, ayudado por un bastón de orientación. Era Richard.

Había viajado en secreto. El orgullo familiar que tanto pregonaba el abuelo Eddie no había sido suficiente para frenarlo. Necesitaba estar ahí; necesitaba escuchar el mar, el ambiente, y saber, aunque fuera desde la distancia de la masa de gente, si ella lograba el sueño por el que tanto habían sacrificado. Llevaba unas gafas oscuras y una gorra, intentando pasar desapercibido entre los miles de aficionados que miraban hacia las olas.

Desafortunadamente, la mala suerte hizo que Richard se detuviera cerca de la zona VIP, justo donde Brianna Michaels acababa de salir tras terminar su participación en el agua.

Brianna lo reconoció de inmediato. Una sonrisa maquiavélica se dibujó en su rostro al ver la vulnerabilidad del hombre que Adeline tanto amaba.

—¿Pero qué ven mis ojos? —dijo Brianna, interponiéndose deliberadamente en el camino de Richard—. Si es el mismísimo Richard. ¿Viniste a ver a Adeline? Ah, de veras, mala mía... tú no puedes ver nada.

Richard se tensó. Detuvo su bastón, manteniendo la compostura, aunque la mandíbula se le endureció al reconocer la hostilidad en la voz de la desconocida.

—No sé quién eres, pero no estoy buscando problemas —respondió Richard con voz grave y calmada.

—Soy Brianna Michaels. La que va a aplastar a tu ex en el agua —escupió ella con crueldad—. Déjame decirte algo que nadie ha tenido el valor de decirte a la cara: es tu culpa que Adeline te haya abandonado. ¿Qué esperabas? Es una atleta de élite, hermosa, con el mundo a sus pies. ¿De verdad pensaste que se iba a quedar amarrada toda la vida a un tipo no vidente, a un estorbo que solo sabe dar lástima y administrar un gimnasio de mala muerte? Le estabas arruinando la carrera, Richard. Hiciste bien en desaparecer.

Las palabras de Brianna fueron como ácido. Richard sintió un golpe frío en el estómago. Aunque intentaba blindarse, la inseguridad más profunda de su discapacidad había sido expuesta y pisoteada en público.

Para empeorar las cosas, un grupo de surfistas locales, amigos de Brianna y pasados de tragos, se acercaron al ver la escena. Notando que Richard no podía defenderse de la misma manera, decidieron unirse al hostigamiento para impresionar a la chica.

—Oye, amigo, creo que te perdiste de playa —dijo uno de los tipos, empujando levemente el hombro de Richard, haciéndolo tambalear—. La zona para discapacitados queda en otra parte. ¿Por qué no te largas antes de que te tropecemos el bastón?

Los otros chicos se rieron, rodeando a Richard de forma intimidante. Richard, con el corazón acelerado por la rabia y la impotencia, apretó el puño, listo para lanzar un golpe a ciegas contra quien fuera, dispuesto a defender su dignidad a costa de lo que fuera.

El escudo de Adeline

—¡Aléjense de él ahora mismo si no quieren que les rompa la tabla en la cabeza!

Una voz ensordecedora, cargada de una furia implacable, cortó el aire.

Era Adeline. Acababa de salir del agua tras una ronda espectacular, con la adrenalina a mil por hora, y desde la distancia había reconocido la silueta de Richard y la situación de peligro. Corrió por la arena mojada como una exhalación, dejando caer su tabla a un lado y poniéndose firmemente delante de Richard, usándose a sí misma como un escudo humano.

Sus ojos echaban chispas. Miró al grupo de chicos con un desprecio que los hizo dar un paso atrás.

—¿Quién carajos se creen que son? —rugió Adeline, señalando al surfista que había empujado a Richard—. Si vuelves a ponerle una mano encima, juro por mi vida que me voy a encargar personalmente de que te suspendan de cualquier federación de surf en este país. ¡Lárguense de mi vista!

Los chicos, intimidados por la presencia de una de las figuras principales del torneo y la furia de su mirada, murmuraron un par de insultos por lo bajo y se retiraron rápidamente entre la multitud.




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