Tu cambiaste mi historia

Capitulo 18: El eco de los pasos

El eco de los aplausos del torneo de la tarde aún vibraba en las paredes del complejo deportivo, pero para Adeline, el silencio que siguió era pesado, cargado de una calma artificial. Había defendido a Richard de Brianna y de aquellos miserables que pretendían usar su ceguera como un blanco fácil. Había plantado cara, asumiendo por primera vez el peso de sus impulsos, lista para aceptar las consecuencias.

A su lado, Richard caminaba con paso firme, su bastón marcando un ritmo constante contra el suelo de mármol. El aire entre ellos era distinto desde que él había recitado, con esa voz templada y profunda, las memorias que guardaba de ella. Un puente invisible se había tendido sobre el abismo de sus errores.

Sin embargo, el destino cobra las deudas rápido. Y a veces, usa intermediarios.

—Vaya, vaya. Pero si es la salvadora del día —una voz femenina, arrastrada, impecable y gélida como el hielo seco, cortó el pasillo principal.

Al final del corredor, bloqueando la salida hacia los jardines, se encontraba Brianna Michaels. Pero esta vez no estaba sola. A su lado, con una postura rígida, elegante y una mirada que destilaba un juicio absoluto, se erigía una mujer de cabello perfectamente recogido y traje sastre oscuro. Su sola presencia irradiaba una autoridad que hacía que el berrinche de Brianna pareciera un juego de niños.

Era Iris.

—Brianna me contó el lamentable espectáculo de esta tarde, Adeline —dijo Iris, dando un paso al frente. Sus ojos recorrieron a Adeline con una mezcla de asco y superioridad burocrática—. Siempre arrastrando el fango contigo, ¿verdad? Pensé que tus "malas decisiones" se habían quedado en el pasado, pero veo que sigues siendo una amenaza para la disciplina y el prestigio de esta institución. Las agresiones en el área de calentamiento son motivo de suspensión inmediata. Ya he presentado el reporte al comité.

Adeline apretó los puños, sintiendo la familiar calidez de la rabia subir por su cuello, pero se obligó a respirar. Asumir las consecuencias, se repitió mentalmente. No iba a darle el gusto a Brianna de verla perder los estribos otra vez.

—Fue en defensa propia, Iris. Brianna estaba—

—A mí no me importan los contextos de una persona con tus antecedentes, Adeline —la interrumpió Iris con una sonrisa gélida—. Me importan las reglas. Y tú no encajas en ellas. Tampoco tus... acompañantes.

Richard no se inmutó ante las palabras de Iris, pero antes de que pudiera hablar, unos pasos pesados, deliberados y rítmicos comenzaron a acercarse desde el fondo del pasillo lateral. Un sonido metálico, sutil, como el de dos esferas de rodamiento chocando en una mano, rompió la tensión del ambiente. Clac. Clac. Clac.

Richard detuvo su bastón. Su mandíbula se tensó imperceptiblemente. Él conocía ese sonido.

—Déjalas, Iris. Las damas tienen sus propios asuntos que resolver en los despachos —una voz masculina, ronca y cargada de una familiaridad venenosa, resonó en el pasillo—. Nosotros tenemos asuntos pendientes en la pista.

De la penumbra del pasillo emergió Jaime. Llevaba la chaqueta oficial del torneo sobre los hombros, el uniforme de alta competencia que Richard también vestía. Su rostro, apuesto pero endurecido por una amargura añeja, se fijó directamente en el rostro inexpresivo de Richard.

—Jaime —pronunció Richard, su voz baja, desprovista de emoción.

—El mismo, primor —Jaime se acercó, ignorando olímpicamente a Adeline, y se detuvo a escasos centímetros de Richard. Hizo chocar las esferas de metal justo al lado de la oreja izquierda de Richard—. Dime una cosa... ¿el aire aquí arriba sigue siendo tan limpio como cuando veías? Ah, no, espera. Olvidaba que para el gran Richard, los que estábamos abajo nunca existimos. Nunca fui un rival para ti, ¿verdad? Ni siquiera te molestabas en mirar mis estadísticas.

Adeline dio un paso al frente, sintiendo el peligro instantáneamente.

—Jaime, déjalo en paz.

—No te metas, cenicienta. Esto es entre hombres que saben lo que es sudar en una final —escupió Jaime sin apartar los ojos de Richard, buscando con desespero una reacción, un destello de ira en esos ojos que ya no lo miraban—. Me dolió mucho tu accidente, Richard. De verdad. Lloré por las esquinas... porque pensé que jamás podría quitarte esa maldita sonrisa de suficiencia de la cara en una cancha. Pero luego me enteré de la comedia: el genio ciego. El hombre que juega por instinto. El milagro de la federación.

Jaime se inclinó un poco más, reduciendo la distancia, invadiendo el espacio personal de Richard con una hostilidad física asfixiante.

—Te registraste para el Gran Torneo de la próxima semana —susurró Jaime, y el tintineo de las esferas de metal se volvió un zumbido psicológico—. Sé que juegas escuchando el viento, los pasos, el rebote. Pero yo conozco cada uno de tus tics desde que teníamos quince años. Sé cuándo vas a flaquear, sé cómo respiras cuando estás cansado. Esta vez no hay excusas, Richard. No hay lástima que te salve. Te voy a arrastrar por la pista frente a todo el país. Voy a destruir lo único que te queda, y te daré el golpe de gracia donde más te duele: en tu propio juego.

Adeline observó a Richard. Podía ver la tensión en los tendones de su cuello, la forma en que sus dedos apretaban la empuñadura del bastón. Sabía que Richard era fuerte, pero Jaime no era Brianna; Jaime era un depredador que conocía el mapa de las heridas de Richard.

Iris dio un paso atrás, entrelazando sus manos con elegancia, complacida por la escena. Brianna sonreía con malicia contenida. La pinza estaba cerrada: si Adeline intervenía físicamente para alejar a Jaime de Richard, Iris usaría el reporte para expulsarla definitivamente y destruir su oportunidad de enmendar su vida. Si Richard cedía a la provocación de Jaime, perdería el centro psicológico necesario para competir a ciegas.

Jaime dejó de hacer chocar las esferas y dio un paso atrás, dedicándole a Richard una reverencia burlona que este no podía ver, pero que sin duda podía sentir en el cambio de aire.




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