El chirrido de las suelas contra la duela resonaba en el gimnasio vacío como disparos en una fosa común. No había gradas rugiendo, ni bocinas, ni el conteo regresivo del tablero electrónico; solo el latido sordo en el pecho de Adeline desde la puerta y el rítmico, asfixiante pum-pum-pum del balón bajo la mano de Jaime.
Richard se colocó en posición defensiva. Con las rodillas flexionadas, el torso inclinado y los brazos abiertos, sus manos escaneaban el aire, buscando las corrientes de viento que desplazaba el cuerpo de su rival. Sus oídos se enfocaron con una precisión quirúrgica, rastreando el crujido de los tenis de Jaime en la madera y el ángulo del bote del balón.
—Veamos si sigues oyendo mis intenciones, "leyenda" —siseó Jaime.
En un parpadeo, la atmósfera se volvió adrenalina pura. Jaime no se contuvo. Arrancó con una velocidad explosiva hacia la izquierda. Richard, guiado por el sonido del primer paso, se desplazó en diagonal de inmediato, cerrándole el espacio con una anticipación perfecta. Los cuerpos chocaron con un impacto seco. Pero Jaime, impulsado por años de un resentimiento acumulado, utilizó la fuerza del impacto para clavar los talones, hacer un cambio de ritmo brutal detrás de la espalda y fintar hacia la derecha.
Richard giró el torso, persiguiendo el siseo del balón, pero Jaime ya estaba un paso adelante. Con una habilidad pasmosa y una agilidad que justificaba por qué era uno de los mejores de la liga, Jaime suspendió el balón en el aire, fintó una colada y, en lugar de tirar, ejecutó un crossover demoledor que hizo que Richard perdiera el eje por una fracción de segundo.
Fue un movimiento perfecto. Jaime se elevó en un tiro en suspensión impecable. El balón voló limpiamente. ¡Chas! La red se sacudió.
—Uno a cero —sonrió Jaime, recuperando el balón—. Mi turno otra vez.
El juego se convirtió en una persecución encarnizada. Richard logró detener dos embestidas consecutivas utilizando su increíble intuición espacial, bloqueando un tiro de gancho y robando un balón a ras de suelo que dejó a Jaime maldiciendo entre dientes. Pero la fatiga y el desgaste de la guerra psicológica empezaron a pasar factura. Jaime no jugaba limpio; movía las esferas de metal en su bolsillo libre antes de cada finta, saturando el oído de Richard con frecuencias confusas, rompiendo su mapa mental.
En la jugada definitiva, Jaime desató todo su arsenal. Recibió en la línea de tres puntos, botó alto y luego bajó el centro de gravedad con una rapidez sobrehumana. Cambió el balón de mano entre las piernas tres veces a una velocidad que distorsionaba el sonido del bote, haciendo que Richard dudara. Cuando Richard intentó dar el paso al frente para tapar el espacio, Jaime leyó el movimiento a la perfección: clavó el pie pivot, giró en un spin move perfecto sobre el eje de Richard, dejándolo atrás, y se elevó hacia el aro con una ferocidad animal, retacando el balón con las dos manos en un clavado espectacular que hizo vibrar todo el tablero.
El balón rebotó en la madera y rodó hasta detenerse cerca de los pies de Richard.
Había terminado. Jaime había ganado.
El silencio que cayó sobre la duela no fue de paz, sino de devastación. Jaime bajó del aro, acomodándose la chaqueta con una calma de verdugo. Miró a Richard, quien permanecía de pie en el centro de la zona pintada, con el pecho agitado y los hombros caídos de una manera que Adeline jamás le había visto.
—Te lo dije, Richard —soltó Jaime, acercándose despacio, saboreando cada palabra—. Ya no eres el rey de este juego. Eres una atracción de circo. Un ciego jugando a ser Dios. Mañana, cuando la prensa escuche de tu propia boca que esto fue un truco... se acabó el mito.
Richard no respondió. Lentamente, se llevó las manos a la cabeza y se quitó las gafas protectoras oscuras. Sus ojos nublados miraban hacia la nada, pero la expresión de su rostro era de un vacío absoluto. No había enojo en él, solo un desmoronamiento total. Era una mirada mucho más profunda y oscura que cuando sus familias se declararon la guerra; peor, incluso, que el dolor punzante de la supuesta traición de Yamal. Era el quiebre de su último refugio. El básquetbol era lo único que le quedaba de su antigua identidad, el hilo conductor que lo mantenía atado al mundo, y Jaime se lo acababa de arrancar de las manos a golpes de talento y crueldad. Richard dejó caer las gafas al suelo. Sus manos temblaban imperceptiblemente.
Al ver la devastación en el rostro de Richard, algo se rompió dentro de Adeline. La rabia, mezclada con un dolor lacerante que le apretaba el pecho, la cegó por completo. Olvidó las advertencias, olvidó las reglas, olvidó las consecuencias. No podía soportar ver a Richard así.
Cruzó la puerta de la cancha como una exhalación, sus pasos golpeando la duela con furia hasta plantarse a centímetros de Jaime.
—¡Eres un miserable! —le gritó Adeline, con la voz rota por la emoción, empujándolo del pecho con todas sus fuerzas—. ¡Es lo único que buscabas! ¡Destruirlo porque sabes que nunca, ni en mil años, vas a tener la mitad de la grandeza que él tiene! ¡Eres un cobarde que necesita atacar en la oscuridad para sentirse alguien!
Jaime dio un paso atrás, sorprendido por la violencia del empuje, pero de inmediato dibujó una sonrisa burlona.
—Vaya, saltó el perro guardián. Lástima que tu dueño ya no muerde.
—¡Cállate! ¡Cállate la maldita boca! —Adeline levantó el puño, dispuesta a estrellarlo contra el rostro de Jaime, consumida por el deseo de borrarle esa maldita sonrisa de suficiencia.
—¡Adeline, basta! —la voz de Iris resonó desde el pasillo de entrada de la cancha.
Iris entró a la duela con paso lento y firme, aplaudiendo de manera pausada y sarcástica. Brianna Michaels venía justo detrás de ella, con los brazos cruzados y una expresión de triunfo absoluto en los labios.
—Impresionante. Simplemente impresionante —dijo Iris, deteniéndose al lado de su primo Jaime—. Una agresión física directa contra un jugador oficial en las instalaciones de entrenamiento de la federación. Y en medio de una probatoria estricta.