Tu cambiaste mi historia

Capitulo 21: El desahogo y la alianza del dolor

Flashback

La cancha de básquetbol quedó en un silencio sepulcral, roto únicamente por el eco lejano de las celebraciones de Jaimie y los suyos. En un rincón del vestidor, la atmósfera era sofocante. Richard estaba sentado en una banca, con la cabeza entre las manos, respirando con dificultad. La derrota ante Jaimie ya era un trago amargo, pero saber que el sabotaje de Iris había destruido el sueño de Adeline de entrar a la WSL lo había quebrado por completo. El dolor era más agudo, más corrosivo que cuando Yamal lo traicionó; esto no era solo orgullo, era el alma de las personas que le importaban.

A su lado, Jimmy no podía contener el llanto. Las lágrimas le corrían por las mejillas, desconsolado porque sabía lo que significaba esa oportunidad: era el puente para mantener viva la memoria del padre de Adeline.

La puerta se abrió de golpe. Adeline entró. Venía de arremeter con furia contenida afuera, pero al ver la escena, sus pasos se frenaron.

Adeline respiró hondo, tragándose el nudo de rabia que le quemaba la ganas de gritar. Ver a Richard, siempre tan altivo, y a Jimmy destrozados la obligó a cambiar el chip. No había espacio para sus propias lágrimas; alguien tenía que ser el pilar.

Se acercó lentamente y se arrodilló frente a Jimmy, tomándole las manos con firmeza.

—Mírame, Jimmy —le dijo con una voz sorprendentemente serena, aunque quebrada en los bordes—. Mírame. Mi papá no se va a ningún lado. Su memoria no dependía de un maldito contrato en la WSL. Él está aquí, con nosotros.

Jimmy asintió, limpiándose los ojos con el dorso de la mano, calmándose un poco al sentir la fuerza de Adeline. Luego, ella levantó la mirada hacia Richard. Le puso una mano en la rodilla, obligándolo a levantar la cabeza. Los ojos de Richard estaban inyectados en sangre, cargados de una impotencia que nunca antes había sentido.

—Perdí, Adeline... —susurró Richard, con la voz rota—. Jaimie se quedó con el torneo, e Iris... Iris te quitó todo. No pude proteger nada.

—Tú no me quitaste nada, Richard. Fue Iris. Y esto no se ha acabado —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una intensidad de acero—. Jaimie ganó un partido, e Iris jugó sucio, pero sigo de pie. Andando. Mientras tú y yo sigamos de pie, no han ganado nada.

Richard la miró, asombrado por la resiliencia de Adeline. En medio de su propia ruina, verla protegerlos y negarse a ser una víctima encendió una chispa diferente en su pecho. El dolor del fracaso empezó a mutar, alimentado por una devoción ciega hacia ella. Se puso de pie, enderezando la espalda, y la tomó de los hombros.

—Te juro por mi vida, Adeline, que esto no se va a quedar así —dijo Richard, con una frialdad nueva y peligrosa en la voz—. Si te cerraron las puertas de la WSL por la fuerza, vamos a encontrar la forma de derribar la maldita pared.

Aquí tienes la continuación de la historia, dividida en los tres momentos clave que pediste, manteniendo la intensidad dramática y profundizando en el dolor de los personajes.

La fuerza que Adeline había mostrado minutos antes comenzó a transformarse en una fría y dolorosa lucidez. Miró a Richard a los ojos, todavía con las manos de él sobre sus hombros. Podía sentir el calor de su cuerpo, el amor desesperado que él le profesaba, y precisamente por eso, sabía lo que tenía que hacer.

—Richard... suéltame —dijo ella en un susurro, dando un paso hacia atrás.

—¿De qué hablas? —Richard la miró, confundido, con el pánico empezando a asomar en sus ojos—. Acabamos de decir que vamos a luchar juntos. Vamos a derribar esa pared, Adeline.

—No, Richard. Tú vas a destruirte a ti mismo si sigues intentando salvarme —dijo ella, y por primera vez, una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Mírate. Mira cómo te dejó Yamal, mira cómo te dejó Jaimie hoy. Cada vez que intentas protegerme, terminas desangrándote. A pesar de todo el amor que nos tenemos... lo mejor es que nos dejemos ir. Esto se terminó. De forma definitiva.

Richard sintió como si el suelo se abriera bajo sus pies. El dolor de perder el torneo no era nada comparado con el abismo que sentía en el pecho en ese instante.

—¡No! No me hagas esto, Adeline, por favor —suplicó Richard, cayendo de rodillas, rompiendo en un mar de lágrimas incontrolables. Tomó la basta de su chaqueta, aferrándose a ella como un niño asustado—. Te amo. Puedo soportar a Jaimie, puedo soportar a Iris, puedo soportarlo todo si estás conmigo. No te vayas, por favor, te lo ruego...

Adeline sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al verlo así, tan vulnerable, tan despojado de su habitual orgullo. Tuvo que morderse el labio inferior para no flaquear, pero su decisión estaba tomada: quedarse significaba seguir arrastrándolo a su propia tormenta.

Con una mezcla de ternura y firmeza, le quitó las manos de encima, dio la vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás, dejando a Richard destrozado en el suelo, ahogado en sus propios sollozos.

El impacto de la ruptura y la pérdida del legado familiar fue un golpe en cadena que el entorno no pudo soportar.

Esa misma noche, Jimmy colapsó por completo. La presión acumulada, la culpa de sentir que no había hecho suficiente para defender el honor de su difunto padre y ver la destrucción de la relación de Richard y Adeline crearon una tormenta perfecta en su cabeza. Jimmy comenzó a hiperventilar en su habitación, gritando el nombre de su padre en medio de un ataque de pánico severo que le provocó un shock neurogénico. Cuando los paramédicos llegaron, su pulso era peligrosamente bajo. Entró en un estado de catatonia emocional y tuvo que ser ingresado de urgencia en el hospital, conectado a un monitor cardíaco bajo sedación profunda.

La noticia del ingreso de Jimmy fue la gota que derramó el vaso para Richard. Ya debilitado emocionalmente, Richard llegó al hospital como un fantasma. Al ver a Jimmy postrado en esa cama, entubado, y saber que Adeline ya no regresaría, el dolor físico y mental fue excesivo. Richard sufrió una crisis nerviosa mayor; sus piernas fallaron en la sala de espera y comenzó a golpear el suelo hasta que sus manos sangraron, perdiendo el conocimiento debido a un pico de presión por estrés severo (síndrome del corazón roto). Los médicos tuvieron que internarlo en la habitación contigua a la de Jimmy, completamente sedado, incapaz de procesar la realidad.




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