La sal tiene una forma peculiar de limpiar las heridas, o al menos eso era lo que el padre de Adeline solía decir cuando el mundo parecía demasiado ruidoso. Sin embargo, aquella tarde frente a las costas de Huntington Beach, el océano no se sentía como un refugio, sino como un recordatorio masivo de todo lo que se había quebrado.
Adeline estaba sentada a horcajadas sobre su tabla de surf, con las piernas colgando a ambos lados en el agua helada. A su izquierda, Lucila flotaba boca arriba, manteniendo el equilibrio con una gracia natural, mirando al cielo grisáceo de la tarde. A su derecha, Jimmy, recién dado de alta del hospital y todavía con ese aire ligeramente pálido que deja la anestesia y el trauma físico, se apoyaba contra su propia tabla, remando suavemente con las manos para no alejarse de ellas.
El oleaje era tranquilo, una serie de ondas perezosas que los mecían arriba y abajo, un contraste casi cruel con la tormenta que llevaban por dentro.
—Se siente raro estar aquí —rompió el silencio Jimmy, su voz compitiendo con el murmullo lejano de la rompiente—. Hace tres días estaba rodeado de monitores cardíacos y el olor a antiséptico de la clínica. Ahora... solo huele a sal. Y a protector solar de coco de Lucila.
Lucila soltó una risa suave, aunque desprovista de su alegría habitual. Se incorporó sobre su tabla, quedando sentada, y miró a los hermanos con una mezcla de profunda compasión y cansancio.
—El médico dijo que podías meterte al agua, Jimmy, pero nada de intentar tomar una ola de seis pies —le recordó Lucila, acomodándose el cabello húmedo detrás de la oreja—. Solo estamos flotando. Una terapia de grupo flotante.
Adeline no se rio. Tenía la mirada fija en el horizonte, donde el sol comenzaba su lento descenso, tiñendo las nubes de un tono violáceo. Llevaba varios minutos acariciando la fibra de vidrio de su tabla, el diseño personalizado que su padre le había ayudado a elegir años atrás. Cada raspón en los bordes, cada capa de cera, tenía una historia. Una historia que ahora parecía haber llegado a un punto muerto.
—No sé si debí traer la tabla —confesó Adeline, y su voz sonó tan frágil que pareció diluirse con la brisa marina.
—¿De qué hablas, Addie? —preguntó Jimmy, frunciendo el ceño—. Es tu lugar feliz. Siempre lo ha sido.
—Ya no lo es —respondió ella, y una lágrima solitaria, caliente y traicionera, se resbaló por su mejilla, mezclándose de inmediato con el agua salada que salpicaba su rostro—. Ya no puedo hacerlo, chicos. No puedo volver a surfear profesionalmente. Está acabado. Todo está acabado.
Lucila intercambió una mirada de preocupación con Jimmy antes de estirar la mano a través del espacio que separaba sus tablas y posarla sobre la rodilla de Adeline.
—Addie, sé que la sanción por lo de Jaimie es dura, pero las suspensiones se apelan...
—¡No es solo la suspensión, Lucila! —la interrumpió Adeline, con la voz quebrada por un dolor que llevaba días conteniendo en el pecho, justo desde que Richard le había pedido, con el corazón destrozado en aquella habitación de hospital, que se fuera de su vida para siempre—. Estallé. Dejé que Jaimie me arrastrara al fango, perdí el control y le demostré a todo el mundo de la WSL que no tengo la madurez para estar ahí. Pero lo peor... Dios, lo peor no es el circuito. Es él.
Ninguno de los dos tuvo que preguntar a quién se refería. El nombre de Richard flotaba entre ellos como un fantasma.
—Papá pasó cada maldito día de su vida enseñándome que el mar es respeto, que el surf es un honor, una conexión —continuó Adeline, sollozando abiertamente, dejando que los hombros se le hundieran bajo el peso de la culpa—. Cada vez que entraba al agua, sentía que lo mantenía vivo. Que ganar, que competir de manera limpia, era mi forma de decirle: "Mira, papá, sigo llevando tu bandera". Y miren lo que hice. Me rebajé al nivel de Jaimie. Permití que me destruyera la carrera y, en el proceso, destruí a la única persona que realmente estuvo ahí para sostenerme cuando el mundo se caía a pedazos. Ya no puedo honrar la memoria de papá. Siento que lo traicioné a él... y que traicioné a Richard.
El silencio que siguió fue denso, roto únicamente por el lamento del viento. Jimmy bajó la cabeza, apretando los puños sobre la superficie de su tabla. El dolor de su hermana se sentía como propio. Como hermanos, la pérdida de su padre seguía siendo una herida abierta, un vacío que intentaban llenar con trofeos y olas perfectas, pero la revelación de Adeline desnudaba una verdad mucho más profunda: el surf ya no era su refugio, sino su recordatorio de fracaso.
—Addie... —Jimmy estiró el brazo y tomó la mano de su hermana, apretándola con fuerza—. Papá nunca te pidió que fueras perfecta. Él te pidió que amaras el mar. Lo que pasó con Jaimie fue una emboscada, ese maldito infeliz sabía perfectamente qué botones presionar para hacerte estallar. No puedes cargar con la culpa de haber reaccionado como un ser humano que ha sido empujado al límite.
—Pero Richard me pidió que me fuera, Jimmy —lloró ella, cubriéndose el rostro con las manos—. Su mirada... nunca lo había visto mirarme con tanto dolor, con tanto resentimiento. El abuelo Eddie fue a ver al abuelo Milo y le dio un ultimátum. Dijo que debo alejarme de Richard para siempre, que solo le traigo desgracias. Y tiene razón. Mírate a ti, terminaste en el hospital. Mira a Richard, con el corazón roto, lidiando con su propia oscuridad. Soy veneno para ellos.
Lucila suspiró, con los ojos empañados por las lágrimas.
—No eres veneno, Adeline. Eres una mujer que está lidiando con demasiadas pérdidas a la vez. Pero no dejes que el orgullo de los abuelos, ni el dolor del momento de Richard, dicten quién eres. Richard está herido, físicamente y en el alma. Cuando un hombre como él se rompe, lo primero que hace es levantar muros para que nadie vea los pedazos.
—Ya no tengo fuerzas para derribar esos muros —susurró Adeline, mirando al océano que se oscurecía a cada minuto—. Siento que me ahogo, chicos. Siento que me ahogo en tierra firme.