Tu cambiaste mi historia

Capitulo 23: El tiempo que nos queda

El silencio que se instala en una casa cuando la verdad es demasiado pesada para pronunciarse en voz alta es un tipo de silencio asfixiante. En el pequeño porche de la casa de los surfistas, frente al pacífico que rugía a lo lejos, el abuelo Milo, Irene, Jimmy, Yamal y Lucila se encontraban reunidos bajo la luz mortecina de una lámpara de exterior. Habían pasado tres semanas desde el colapso en Huntington Beach, tres semanas desde que Richard expulsara a Adeline de su vida y el abuelo Eddie impusiera su ley de hielo.

Pero los giros del destino son caprichosos y crueles. En la mesa de centro descansaba un sobre de Manila con el membrete de la clínica oncológica de la universidad. Los resultados eran definitivos, inapelables. Adeline padecía una afección cardíaca degenerativa, agravada por el estrés severo de los últimos meses y un diagnóstico tardío que inicialmente se camufló como fatiga crónica por el entrenamiento de alto rendimiento. Su corazón se estaba apagando. No había una cura quirúrgica viable en su estado actual, solo tratamientos paliativos para darle calidad de vida. Le quedaba poco tiempo. Meses, tal vez un año si la suerte estaba de su lado.

—Ella no quiere que él lo sepa —dijo Irene, con la voz rota, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de tela que ya estaba empapado—. Nos hizo jurarlo. Dijo que Richard ya carga con demasiada culpa por su ceguera, por su carrera truncada, y que si regresa a ella por lástima, terminaría de romperle lo poco que le queda de alma.

—Es unaes túpidez —gruñó Jimmy, cuya herida de la pelea con Jaimie ya había cerrado externamente, pero cuyo rostro reflejaba una devastación absoluta—. Richard tiene derecho a saberlo. Si se queda encerrado en su orgullo y Adeline... si ella se va, él se va a pegar un tiro del remordimiento.

Yamal, que se mantenía de pie apoyado contra el marco de la puerta, negó con la cabeza con una madurez sombría. Como mejor amigo de Richard y hermano de corazón de Adeline, se encontraba en una posición desgarradora.

—Si le decimos la verdad directamente, romperemos la promesa que le hicimos a Addie y ella se aislará por completo de nosotros en sus últimos meses —explicó Yamal, cruzándose de brazos—. Conocen su orgullo. En especial ahora que Richard vive en una oscuridad total. Pero no podemos dejar que siga viviendo en esa burbuja de amargura y autocompasión que su abuelo Eddie le alimenta. Hay que moverlo. No le diremos que Addie va a morir, pero tenemos que meterle la urgencia en las venas. Tenemos que hacerle entender que el orgullo es un lujo de los idiotas que creen que tienen toda la vida por delante. El tiempo no espera a nadie.

El abuelo Milo, con sus manos temblorosas entrelazadas sobre su bastón, asintió lentamente.

—El chico se ha encerrado en su propio laberinto oscuro —sentenció el anciano con voz ronca—. Cree que el sacrificio que hizo por Adeline no valió la pena porque las cosas salieron mal. Hay que enseñarle que el valor de amar a alguien no está en lo que tus ojos pueden ver, sino en lo que el alma está dispuesta a sostener. Yamal, habla con él. Hazlo dudar de su propia eternidad.

La clínica de rehabilitación y neurología especializada de Los Ángeles era un templo de silencio. Richard estaba sentado en el sillón de exploración, con las manos apoyadas firmemente en las rodillas. Frente a él, el doctor Harrison revisaba los últimos historiales clínicos táctiles y las pruebas de respuesta neurológica.

Para Richard, el mundo se había vuelto negro por completo tras aquel trágico accidente que le arrebató la vista de ambos ojos. Durante los últimos años, su realidad se limitaba a sonidos, texturas y el eco de sus propios fantasmas. Por primera vez, no había ido allí empujado por su abuelo para buscar una "solución milagrosa", sino por las crudas palabras de su hermano menor, Liam. “Vive aferrado al dolor de haber perdido la vista. Te compadeces de ti mismo en secreto”. Esas palabras le habían supurado en la conciencia cada noche.

—Bien, Richard, puedes relajarte —dijo el médico, sentándose frente a él. Richard guio su rostro hacia la dirección de la voz, un hábito que había perfeccionado—. Tengo los resultados de la estimulación del nervio óptico y la terapia de sustitución sensorial que iniciamos.

Richard exhaló un suspiro pesado, sintiendo una extraña mezcla de miedo y alivio. Por consejo de un terapeuta especializado en traumas por discapacidad y retiro forzoso, estaba aprendiendo a nombrar sus monstruos en lugar de golpearlos a ciegas.

—Sea directo, doctor —pidió Richard, con una voz notablemente más pausada—. ¿Hay algún avance real, o sigo guardando luto por un mundo que ya nunca volveré a ver?

—El luto por tus antiguos ojos es necesario para avanzar, Richard, pero la ciencia médica actual nos da nuevas herramientas —explicó el doctor Harrison con tono cálido—. La ceguera en ambos ojos es total a nivel de córnea y retina debido al severo trauma físico que sufriste. Sin embargo, tus vías neuronales están intactas. No vas a volver a ver formas, ni colores, ni el rostro de las personas. Pero los implantes de estimulación táctil-auditiva que estamos probando van a devolverte la autonomía. Dejarás de perder el equilibrio, podrás mapear mentalmente las habitaciones mediante eco-localización y reducirás drásticamente esas migrañas que te genera el estrés. Volverás a caminar por la calle sin miedo, Richard. Tu mente aprenderá a "ver" de otra manera.

Richard se quedó en silencio, procesando la información. Durante años se había aferrado a su total oscuridad como su escudo de armas, el monumento a su desgracia que justificaba su derecho a ser un hombre amargado. Saber que había un tratamiento, sumado al esfuerzo mental que estaba haciendo en terapia para perdonarse a sí mismo por ya no ser el hombre que protegía a todos, empezó a agrietar la pesada armadura que llevaba puesta.

—Quiero continuar con el tratamiento y la terapia —dijo Richard con firmeza—. No para volver a una pista o a una cancha. Solo... para aprender a vivir en mi mundo.




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