Tu cambiaste mi historia

Capitulo 26: Sacrificio de amor

El rugido del océano en la costa de Huntington Beach no se parecía a nada que Adeline hubiera escuchado en los últimos meses. No era el arrullo pacífico de las tardes de desconexión, sino un bramido metálico, un desafío directo de la naturaleza que parecía sincronizarse con el tamborileo frenético de su propio corazón. Sostenía el sobre de alto gramaje entre los dedos, sintiendo la textura del logotipo dorado en relieve: la World Surf League (WSL) presentaba el Ultimate Qualifier Tournament. Una invitación única. Un boleto de redención. Una última oportunidad para recuperar la tarjeta profesional que le habían arrebatado entre escándalos, sabotajes y la demolición pública de su carrera.

Si ganaba, volvía al circuito mundial. Volvía a ser Adeline Vance, la reina de las olas, y no la paria de las crónicas de espectáculos deportivos.

A su lado, Richard observaba en dirección al agua, aunque sus ojos no captaban la inmensidad del mar. Su rostro, que durante meses había recuperado el color gracias a las extenuantes sesiones de terapia psicológica y al refugio que ambos habían construido lejos del radar público, mostraba una mezcla de orgullo absoluto y un temor sutil, casi imperceptible para cualquiera que no fuera ella. Richard ya no era el hombre que se desmoronaba ante la menor provocación; el tratamiento le había devuelto una columna vertebral de dignidad, pero la ceguera todavía lo obligaba a confiar en sus otros sentidos para leer el mundo. Su mano, firme y cálida, buscó la de Adeline, entrelazando sus dedos con una precisión nacida de la costumbre.

—Es tu destino, Ade —dijo él, con una voz suave pero firme, usando su mano libre para delinear con suavidad la línea de su mandíbula—. Sabíamos que este día llegaría. Puedo oler la sal y escuchar la fuerza de la marea desde aquí. El mar no se olvida de sus elegidos.

Adeline lo miró, clavando sus ojos tormentosos en el rostro de él. Había tanto en juego. El torneo no solo exigía su mejor nivel físico; era una arena romana diseñada para el morbo y el espectáculo. Y el espectáculo requería villanos.

El complejo del torneo estaba blindado por patrocinadores, pantallas gigantes y una horda de periodistas hambrientos de drama. Cuando Adeline pisó la arena blanqueada por el sol, guiando a Richard con el brazo entrelazado al suyo, sintió el primer golpe de realidad. No iba a ser un regreso pacífico.

A menos de diez metros, bloqueando el acceso principal a la zona de competidores y jueces, se encontraba Brianna Michaels. Su eterna rival vestía la licra roja de las cabezas de serie con una arrogancia que parecía emanar de sus poros. Junto a ella, vestida con un impecable traje sastre blanco de la organización, estaba Iris. Iris no usaba licra ni tocaba una tabla; su poder era mucho más destructivo. Como miembro de alto rango del comité ejecutivo de la WSL, ella había sido la mano política que torció los reglamentos, manipuló las cláusulas éticas y firmó la suspensión que expulsó a Adeline del circuito meses atrás.

Iris observaba a Adeline con una sonrisa felina y los ojos fijos en ella como un buitre esperando el momento del colapso, murmurando instrucciones al oído de Brianna.

—Miren quién decidió arrastrarse fuera de la tumba —soltó Brianna, cruzándose de brazos mientras Adeline pasaba a su lado—. Sinceramente, Vance, pensé que te habías retirado para ser el lazarillo de un desecho. ¿De verdad crees que tus rodillas van a aguantar este oleaje? Aquí te vamos a sepultar.

Iris dio un paso al frente, ajustándose las gafas de sol con la autoridad que le otorgaba su acreditación dorada al cuello.

—No seas dura con ella, Brianna. Nuestra invitada ha estado muy ocupada haciendo de enfermera y guiando al ciego. Una pena que todo ese esfuerzo vaya a terminar hoy. Asegúrate de cumplir con los estándares técnicos, Adeline. Como directora de la mesa directiva, estaré vigilando cada uno de tus movimientos. Un solo error reglamentario, y me encargaré personalmente de que tu suspensión temporal se vuelva permanente. El circuito es para atletas profesionales, no para espectáculos de beneficencia.

Adeline se detuvo en seco. Su tabla, una pieza de fibra de carbono diseñada a medida, descansaba contra su cadera. Sintió la oleada de rabia subirle por el cuello, el viejo impulso de responder al veneno burocrático de Iris, pero Richard apretó suavemente su brazo, deteniéndola. Recordó las palabras de él esa misma mañana: “No juegues en la cancha que ellas diseñaron. Tu cancha es el agua”.

—Ahorren saliva para las tarjetas de puntuación, Iris —respondió Adeline con una calma que descolocó a la ejecutiva—. La marea está subiendo y el océano no entiende de burocracia ni de favores políticos. Nos vemos en el agua.

Brianna apretó los dientes, pero antes de que pudiera replicar, una sombra más densa se interpuso en el camino. Jaime.

El hombre que había orquestado gran parte de la caída de Richard y que seguía siendo el rostro de la toxicidad corporativa en el circuito, caminaba hacia ellos con paso lento, sosteniendo una carpeta técnica. Su mirada ignoró por completo a Adeline y se clavó directamente en Richard, quien permanecía erguido a su lado, sosteniendo su bastón plegable en la mano izquierda y la mochila de hidratación de Adeline al hombro.

Era el escenario perfecto para el "tiro de gracia" de Jaime: humillar a Richard públicamente, en la cúspide de la tensión del torneo, aprovechando la presencia e influencia de Iris para desestabilizar a Adeline a través de él.

—Vaya, el asistente del año —provocó Jaime, deteniéndose a solo centímetros del pecho de Richard, buscando la confrontación física, esperando el temblor en las manos o la desorientación que Richard solía sufrir meses atrás—. Me pregunto cuánto te paga por acompañarla, Richard. O tal vez es lo único para lo que sirves ahora que tu mente y tus ojos quedaron hechos pedazos. Un hombre de verdad estaría compitiendo, no viviendo de las migajas de una mujer que está a punto de dejarlo por un contrato millonario. Mírate, ni siquiera puedes mirarme a la cara. Das lástima.




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