La joven niñera alcanzó a oír unas murmuraciones a lo lejos, descubriendo a los dos oficiales; uno de ellos era Arturo, tensándose, desconociendo el motivo de su enigmática visita.
—¿Estás seguro de amistar con María Luisa? —preguntó con incertidumbre.
—Correré ese riesgo, aunque soy yo el que asumiría las consecuencias; esto queda en secreto entre nosotros, haré caso omiso a esas gentes que vetan mi libre albedrío —declaró enfático; se percató de que ella los miraba de manera ofuscada.
—Ya sabe que está aquí, suerte general. —Le causó gracia la forma de verlo—. Nos vemos al rato.
Camino directo hacia la fémina, ideando cómo abordarla sin pretenderlo; no había pasado por alto lo despierta que era cierta persona.
—Paloma está creciendo muy rápido.
—Verdad que sí, está muy chula —manifestó encantada mientras tocaba el cabellito de la niña—. Será rubia.
Él se agacha de cuclillas y la admira en un breve segundo efímero.
—Es muy maja —mira raudo a la pequeña niña—. Quisiera que usted no me odiara por lo expresado anoche; no fue mi intención herir su susceptibilidad.
No le dijo nada y permaneció en un silencio incómodo; se levanta con la niña en brazos del verde pasto que abundaba en dicho jardín.
—Pues ya me da igual —contestó; su reproche era evidente—. Sé que eres muy amigo de Morales, pero eso no te da a ti ventaja.
—No es lo que pretendo con usted.
—Entonces no sé lo que buscas —dijo girándose para lanzarle una mirada acusadora.
—¿Sería posible que cesara sus reproches a mi persona?
—Eso lo dirá el tiempo, general, San Lorenzo.
Aún conservaba la esperanza de que ella le perdonara su cruel y distante comportamiento, le dio la espalda para marcharse; de ahora en adelante, se la jugaría por devolver su conexión que resaltaba su inteligencia.
Por la noche, cerca de las 10, la calma significante del sueño profundo de la ciudad rica en arquitectura colonial avasallante se palpaba en el aire. Morales habituaba servirse algo de vino de uva; eso no quería decir que fuese un consumidor adictivo, ya que solía consumir una copa al irse a dormir. María Luisa le relataba los últimos sucesos, nada más que los cotilleos de las señoras pudientes, haciendo mofa, uno de sus tantos pasatiempos. Al capitán le producía risa oír aquello. En medio de su conversación cómica, entró en estelar Arturo con una cara feliz como una perdiz.
—Buenas noches, he debido pedir permiso para entrar, lo sé —admite tranquilo frente a ellos.
—Sí, eso deberías haber hecho —respondió casi riendo la niñera que descansaba de su agotadora labor.
Morales simplemente le hace seguir.
—Acomódate; sin embargo, sé a qué viniste, así que me iré a descansar.
Eso no le causó risa a la joven mujer que seguía de pie junto a un mueble grande a unos metros de él.
—Está bien, no demoraré, capitán, se lo agradezco.
El padre de familia asiente complacido y desaparece de su vista.
Él llevaba puesto un abrigo largo negro por encima de una camisa blanca de lino y pantalones blancos que conformaban su uniforme habitual, aunque siempre se quitaba su casaca e incluso su espada; prefería la comodidad a esas alturas de la noche.
—¿Podría dirigirle mi petición de socializar con usted? —preguntó seguro y dispuesto a someterse a su designio.
Lo vio en ese preciso instante regresar a ese joven alférez noble.
—Bien, puedes hablarme, te escucharé —dijo caminando hasta él, deteniéndose a unos centímetros.
—Me disculpo y, por ende, le pido perdón por mi comportamiento; no es el propio de un hombre civilizado. Si su decisión es excluirme de por vida, lo entenderé.
—No he dicho tal cosa —su voz se amenizó—, puedo ser rencorosa con quienes abusen de mi buena fe; excepto contigo, no aplica.
Arturo sintió recobrar el aliento; lo cierto era que ella lo veía de la misma manera que hace algunos años.
—Eso significa que me perdona usted, tal vez, comenzar de cero nuestra amistad.
Su corazón latía desmedidamente teniéndolo tan próximo; pronto que esa atracción tenía un transfondo aún más inconcebible sabiendo su raza y condición social. Aparofirieron en mutuo acuerdo sus anécdotas durante su alejamiento, estando separados por la distancia; sus almas reconocieron lo que sus bocas callaban. Sentados en el suelo del pasadizo que conectaba a toda la casa, ella dobló sus piernas de lado como una damicela, cubriéndolas con su faldón, y Arturo volvió a ser ese abanderado en tierras desconocidas.
El invierno azotaba las provincias circundantes; los días eran normales, a excepción de Luis Arturo, que halló plenitud a su existir. Batallar contra sus pensamientos a veces era imposible; verla y pasar sus ratos libres junto a la novohispana lo llenaban; no cambiaría eso por dinero o gloria eterna. En su oficina del cuartel militar se personó el coronel Cavidez; le fue extraña su visita; dejó su pluma dispuesto a atenderle.
—Siéntese, coronel, por favor —indicándole la silla.
—Gracias, general. —Tomo asiento juntando las manos sobre sus piernas—. Este asunto es de nuestro dominio.
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Editado: 19.01.2026