La procesión religiosa se llevaba a cabo con todo su esplendor, lo grandioso del acto simbólico tradicional en el catolicismo impregnaba las calles por dondequiera, Las personas agolpadas a los lados por lo cual crecieron la cantidad de fervorosos creyentes y curiosos. La mulata que no pasaba desapercibida ante los demás evitaba la cercanía a ellos, atrás de ella, Arturo la observaba con un brillo único en sus ojos claros, aguardando a que notara su inadvertida asistencia, cruzada de brazos buscando una lógica a lo que presenciaba, creía que algunas personas con el corazón podrido tan siquiera no deberían estar en presencia de la divinidad.
Inexpresiva a consecuencia de lo que acontecía dibujando sus labios una línea recta de hastió, hasta que intuitivamente supo que no estaba sola del todo, cambiando su estado de animo al instante, ahora sus mejillas rebosaban la satisfacción de una buena compañía.
—¿Qué haces detrás de mí, general? —pregunto con voz alegre.
Arturo dio unos pasos hacia adelante debía ser precavido, había oídos muy agudos que podrían conllevarles a una situación bochornosa en especial a su amiga.
—Supongo que también estoy disfrutando de la procesión —dijo mirándola de reojo a los presentes.
Disimular que se desconocían fue viable, despistándose a chismosos infiltrados, las murmuraciones que se oían como un panal de abejas mezcladas con rezos.
—Ojalá sea cierto, general —entrelazo sus manos—, no deberías estar faltando a tu trabajo.
La voz de María Luisa era dulzura para sus oídos, extasiándolo en cada palabra que pronunciaba lo dominaba inconscientemente.
—Si fuese verdad, sois la culpable, porque me has retrasado haciéndome conversación.
—Eres el único culpable, te quedaste aquí —dijo mientras veía el pasar de los monaguillos con sus incensarios.
Se acomodo el manto que cubría su cabeza, para luego coger los dobleces de su larga falda por si sucedía algo.
—¿Estáis segura de ello? —esta vez se posiciona a su lado le sonríe y se marcha.
Desaparece en medio de un centenar de mujeres y niños que se santiguaban.
Clarisa se da cuenta que Arturo había estado entre de la multitud en vez de estar en el balcón junto a su padre, el gobernador y el señor oidor; quien no frecuentaba aquellos actos públicos, movió su abanico de manera impulsiva, aunque el calor que le causaba el vestido era evidente para ella, más la causaba se radicaba en la molestia de tal suceso. Cavidez reparaba a unos cuantos metros en lo esbelta que se veía con el vestido elegido para la ocasión, la amaba en secreto, eso era su única motivación para no querer irse de la provincia.
En los desolados terrenos ganados a sangre, se hallo invencible Mareau segado por esa ira que marchitaba sus entrañas, no olvidaba la desgraciada muerte de Dubouis que fue en vida su leal y mas valiente amigo, que tendría que estar ahí compartiendo sus victorias, como borrar esa imagen del culpable el capitán San Lorenzo, pagaría con su propia vida, lo buscaría hasta por debajo de las piedras si era necesario. Militares que poseían parecidos físicos con él, serian degollados por su espada afilada, una manera tal vez de que su ego destrozado surgiera de nuevo triunfante.
El teniente en jefe de la brigada que daba resistencia a los franceses, recibió la lista de bajas a lo que indago con detenimiento, dando como resultado una potencial característica física similares de los oficiales de rango por encima de los soldados y abanderados eran decapitados, sus ojos se abrieron como platos considerados esto un hecho inaudito, el miserable de Mareau se ensañaba con ellos, teniendo a una tropa por delante en pie de lucha.
Los soldados seguían cayendo en cantidades abismales en los campos de batalla, los esfuerzos por doblegarlos eran obsoletos para los generales a cargo, además de los heridos eran incalculables los estragos en el suelo español, Mareau venció a ese batallón de fieles súbditos de la corona española, esto bajo la moral, incluso en las peores circunstancias había ánimos, pero ahora el vacío de la derrota los cobijaba. Abriéndose paso las tropas francesas que pedían refuerzos a su líder, la destrucción del reino de España los alentaba, cantando mientras se dirigían a provincias cercanas muy pronto se adueñarían del sur.
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Editado: 19.01.2026