El siguiente día seria sorpresivo para María Luisa, el joven general cumplió con ir a visitarla así fuese por unos breves minutos, Morales era su cuartada para poder frecuentarla, La mujer que le aventajaba en un par de años cargaba a Paloma que reía sin parar mientras ella emitía sonidos con su boca en las manitas regordetas de la niña, Arturo se deleitaba verla desempeñar su papel de niñera, esa magia que impregnaba en los niños.
La dejo sentadita en el suelo jugando con una muñeca de trapo, el oficial centraba su interés superficial en el enorme candelabro que colgaba del techo, situado en el salón de fiestas, ahí de pie con su uniforme impecable y botas bien lustradas que al caminar producían un sonido reconocible.
—¿Usted podría ser tan amable de pronunciar una sola palabra son que suene tan española?
Con los brazos hacia atrás empieza a dar una vuelta a su alrededor sin dejar de verlo, él sonríe a su demanda.
—Lo intentare, aunque es poco probable que lo lograre a la mayor brevedad —sonrió tontamente.
—No puedes, acéptelo —replico con voz retadora detrás de él.
No le asentaba bien perder, menos fuera del campo de batalla.
—Si puedo María Luisa, te lo demostrare.
Justo se disponía a emitir vocablo alguno y Paloma alzo la voz dando palmadas a la vez con sus manitos al piso de madera recién pulido.
—Paloma quiere hablar por ti —dijo María Luisa en burla.
—De ello estoy seguro, pero ella diría que me dieras el debido tiempo para practicar ¿Qué dices?
—Esta bien —dijo alzando a la niña—. Eso es trampa, tenias a Paloma de tu lado.
—No es cierto, señorita
—Claro que sí, no quieres admitirlo es distinto.
Se divertía a causa de sus gestos que le causaban una ternura mezclada con un nuevo sentimiento que reprimía para ella, en el caso de Arturo era muto haciéndose más fuerte.
El capitán hace una interrupción.
—General ¿me acompaña usted?
—sí, capitán.
Ambos militares salieron deprisa, colocándose sus bicornios para dirigirse al cuartel no obstante harían una parada en la gobernación, precisamente en dicho palacio avanzaba con deslumbro Clarisa muy arreglada dispuesta a tomar partido, buscaba incansable a cierto chico buen mozo y mirada encantadora, su padre le había hecho la recomendación de no estar presente en las mañanas, dado que los asuntos que se debatían eran exclusivos de hombres y las mujeres debían mantenerse al margen.
Desobedeció la orden de su señor padre, siempre salía triunfante cuando quería algo a toda costa, el coronel Cavidez pensativo en sus propios asuntos con la vista perdida en dirección a el enorme patio que cumplía doble función en el palacio de gobernación, una silueta capto enseguida su visión era la señorita Clarisa, así que giro con prontitud saludándole caballeroso, ella le respondió con una media sonrisa forzada, eso lo desairó a tal extremo que palideció sintiéndose inferior, ya que anhelaba tenerla cerca o tan siquiera una condescendencia con él; un respetable coronel de peso a sus 40 años.
Clarisa dispuesta a retomar su avanzar sintió a sus espaldas la fijeza de Cavidez, por lo cual respiro hondo tenia claro que estaba cruzando un límite, sin embargo, era más fuerte ese impulso incontrolable hasta ese momento, Morales se percato de su acercamiento, los demás simplemente conversaban entre sí, era inusual que la dama viniera a su encuentro. Arturo por fin detecto su presencia al igual que los señores secretarios y escribanos, la chica de piel nacarada, nariz corta respingada, ojos grandes que emitían bondad, los presentes le dieron un gentil saludo a tan fina señorita de origen noble, excepto Arturo que le dio una formal reverencia, convencida al principio que no la trataría como una persona del común, eso no significaba que desistiría de estar en un contacto amistoso.
El coronel no dio credibilidad a lo que presenciaba, esa manera de comportarse con el general San Lorenzo fue una verdad revelada, la señorita Clarisa guardaba un tipo de sentimiento de índole romántico a dicho oficial, sin poder creerlo bajo la mirada de decepción desapareciendo del desventajoso escenario. El capitán pudo ver en el rostro de la hija de su excelencia una frustración mezclada con lastima, pero no diría nada a nadie.
De ahí partiría las rencillas en contra de Arturo, cada coincidencia entre ellos aumentaría los celos y profundo resentimiento en el corazón del coronel, evitándolo en situaciones donde asumiera su vulnerabilidad por ejemplo verlos juntos platicar sin que el resto sospechara nada. Esa misma día en la noche había un baile social de los nobles que residían en la ciudad de Zarguan, el banquete era abundante; carnes de aves, cerdos y pescados conformaban el menú principal, junto a una sección de postres, los favoritos por las damas en cuanto a los invitados engalanados de pies a cabeza, hubo una pequeña intervención teatral en medio de aquellos ilustres familias, Arturo estaba al lado del regidor Conra Oliveros con su uniforme de gala que resaltaba su apariencia, a un costado de ellos a unas cuantas personas de distancia se hallaba doña Beatriz Espasso quien se convirtió en una benefactora e importante señora adinerada, era usual que requiriera una dama de compañía, María Luisa puesto que confiaba en ella en lo absoluto, muchos criticaban la razón de su elección pudiendo elegir una servidora acorde a su estancia, la postura firme de María Luisa a semejantes cuestionamientos que se oían a través de las paredes la protegió de las lenguas venenosas, orgullosa de lo que representaba.
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Editado: 18.03.2026