Los Andrade considerados una familia respetable, no consentían en lo absoluto actos de comportamientos inaceptables, en especial los padres de Aurelio que incrédulos a su argumento de haber estado en el banquete, aun cuando un testigo ocular lo vio abandonar el salón de fiestas, María Luisa oía cerca de la puerta abierta que conectaba con el solar, había ingresado en un descuido de la servidumbre ya que le inquietaba el presente incierto del joven señorito.
—Vosotros creéis que soy un crio —bufo Aurelio sentado en una silla de la suntuosa sala de estar.
—¡Silencio! No tenéis condición alguna para desobedecer mi ultimátum —dijo su padre, señalándolo con severidad de pie junto a su esposa que intentaba apaciguar su furia intempestiva.
—Querido por favor, calmad tu enojo nuestro hijo cometió un pequeño error de juventud —sosteniéndole la mano y con la otra rodeándolo con cariño.
—No, debe responder a su falta, le impondré un castigo —anuncio furioso—. Ninguno de mis hijos me pondrá en boca de todos.
Aurelio desentendió su escucha de las discrepancias de su padre.
—¡Tu jovencillo, que te has creído! —alzo la voz mas fuerte, el apoderado de un linaje aventajado—, ¡prestadme atención!
El hasta ahora mancebo opuso resistencia a su ordenanza.
—Obedece a tu padre Aurelio Ximeno —demando su madre.
—Está bien madre, lo que ordene será ley para mi —mirándolos sin una pizca de alegría.
—Por unas largas semanas se te prohíbe visitar a tu prometida, así razonaras con detenimiento tu actuar — diciendo esto se va con la frente en alto.
Su madre lo mira desdichada, pero prefiere ir detrás de su esposo.
Cierra los ojos intentando eludir el tormento de pertenecer a una familia acomodada, que les importaba su reputación y prestigio, ese tipo de pensamientos le llegaban, con los brazos cruzados estiro sus piernas arrellanado en completa paz.
—Joven Aurelio —oyó en un suave acento, ese susurro inconfundible.
Abrió de par sus ojos girando su cabeza apoyada en el sillón rojo carmesí tallado en madera de ciprés, la imagen de una mujer de fuertes convicciones así la veía Aurelio, giro con rapidez hacia la entrada que conectaba a las habitaciones de huéspedes por si alguien venia, se levantó guiando a María Luisa a un espacio menos expuesto de la hermosa casona de dos plantas.
—Los señores son requetés exigentes contigo —declaro María Luisa animada.
—Demasiado, si supiera usted que les hecho enfadar tanto que no podre volver a ver a Irene.
Soltó un suspiro cargado de desesperanza.
—¿La señorita Irene, la hija mayor de los Montija?
—Si, parece que usted sabe mucho Marilú.
—Soy bien buena para recordar nombres, mi patrona doña Beatriz se codea con todas las familias de la alta sociedad española.
—Entiendo, le doy las gracias por liberarme de semejante situación agobiante para mi —dijo finalmente alborozado, a lo que se recostó en una de las columnas de madera—. Dígale a el general que me agrado, que es una buena persona.
—No somos amigos, eh conocidos —incomodada de solo imaginar que pudiera juzgarla.
—Se que esta mal visto que una sirvienta o dama de compañía pueda amistar con un español de la talla del general, pero sabe una cosa a mi eso no me incumbe —comento en un tono inaudible para las paredes.
—La familia para quien también sirvo son los Morales y él es muy amigo del señor que es un capitán destacado —sonrió nerviosa—. Tengo que irme, no quiero que los señores me vean aquí.
—Vale Marilú, cuídate mucho.
En una de las habitaciones acondicionadas en el cuartel como despachos de los oficiales, donde pilas de libracos organizados sobre el piso, Arturo se preparaba mentalmente a la noticia que traía en persona Schuller, acababa de firmar unos documentos que reposaban en espera de respuesta, a lo cual coloco la pluma en el tintero, apoyando sus antebrazos sobre su escritorio.
—creedme si le digo a usted que quisiera evitarle tal mensaje —pronuncio apenado el general Schuller.
—Adelante general puede decírmelo.
Schuller no quiso tomar asiento, en el fondo aun lamentaba ese trágico suceso.
—Su familia incluyendo la corte real española de su majestad le informan la muerte del duque de Ballester —declamo desalentado a su colega, que era como un hermano.
En ese instante bajo la mirada, por consiguiente, se sumió en un dolor inimaginable, la misma vida lo volvía a golpear un silencio se apropio del nefasto comunicado, nunca le permitieron llorar delante de nadie como Bourbon que era, incorporándose con lentitud a la vez que por dentro se iba destruyendo todo.
—Le agradezco general que me lo dijera.
—Los actos fúnebres fueron celebrados hace unos días.
—Se que no fui notificado a tiempo, así que no se atreva a disculparse hombre, hizo usted lo correcto —expreso con afectación, a tal punto de retirarse.
—Arturo —detiene su paso a su llamado—, olvida usted la obligación que tiene con la casa real.
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Editado: 18.03.2026