De pie junto a su escritorio, Arturo conservaba una serenidad casi imperturbable, pese al dolor corrosivo que le oprimía las entrañas. Tenía la mirada fija en la puerta, que se abrió de par en par para dar paso al general Schuller.
Apenas lo vio, Schuller comprendió la magnitud de su error. Cualquier excusa que intentara improvisar resultaría inútil; no había forma de escapar de la verdad. Cerró la puerta con calma y permaneció unos instantes en silencio.
—Veo que no ha perdido el tiempo, general —dijo Schuller con una pasividad que apenas conseguía ocultar su inquietud—. Me temo que esa es mi correspondencia.
—Dígame cuán grave es nuestra situación. Se lo ruego.
Ambos comprendían que aquella responsabilidad pesaba sobre sus hombros. Schuller temía, en realidad, que la noticia terminara empujando a Arturo de nuevo al campo de batalla. Sin embargo, ya no podía seguir ocultándole la verdad, así que decidió suavizar cuanto le fuera posible la situación.
—Está bien, si con ello consigo devolverle un poco de tranquilidad —Caminó unos pasos hacia la ventana antes de continuar—, se han presentado ciertos inconvenientes que nos han obligado a retroceder en nuestra campaña, por la seguridad del reino, hemos optado por buscar otras alternativas que nos permitan hacer frente al enemigo.
Le arrebató el documento de las manos y lo guardó en el interior de su casaca militar. Algo en su expresión le hizo comprender a Schuller que no conseguiría engañarlo. Arturo era demasiado perspicaz para dejarse llevar por palabras cuidadosamente escogidas. Su habitual seriedad no daba cabida al nerviosismo ni a la sorpresa. Detrás de cada movimiento de Schuller había un propósito más delicado de lo que aparentaba: salvaguardar la integridad de uno de los descendientes de la Corona.
—Eso quiere decir que existen problemas de considerable gravedad. Por esa razón, las bajas han comenzado a aumentar —concluyó Arturo, pensativo.
Su voz, firme y decisiva, resonó en la mente de Schuller como un estruendo. Sabía de sobra que la inteligencia excepcional de aquel hombre terminaría conduciéndolo, tarde o temprano, hacia la lamentable realidad.
—No tantos, hombre. No hay de qué preocuparnos. Nuestros superiores están llevando a cabo una magnífica campaña y usted ocupa aquí un cargo de gran importancia. Me he enterado de que lo aprecian considerablemente —manifestó Schuller, acompañando sus palabras con una sonrisa satisfecha.
—¿Lo dice por el señor gobernador?
Arturo se sentó en el borde de una silla y entrelazó las manos, observándolo con atención.
—No exactamente.
Schuller se colocó frente a su camarada.
—Hay una señorita de educación esmerada a quien considero bastante digna de llevar un título nobiliario.
Aquellas últimas palabras hicieron que Arturo lo mirara fijamente. Su expresión parecía decirle, sin necesidad de pronunciar una sola palabra: Está usted desvariando. Schuller apartó la mirada y se volvió hacia la ventana mientras respiraba profundamente, consciente de que acababa de adentrarse en un terreno demasiado delicado.
—La señorita Clarisa me es indiferente. Si está considerando semejante posibilidad, puede descartarla —Arturo se levantó y caminó hacia un pequeño estante—. En cambio, hay alguien aquí presente que aún no ha conseguido desprenderse del pasado.
Tomó uno de sus libros favoritos entre las manos y pasó los dedos por la cubierta para despues verlo a la cara.
—No sé de qué estáis hablando —contestó, sumergido otra vez en ese recuerdo hiriente.
—Yo dejé atrás mi vida como noble —declaró en un susurro—, en cambio, usted sigue llevando a Valentine en sus pensamientos.
Él se giró para mirarlo, con esa mirada lacerante que sentía como una estocada en el pecho, propinada por el joven general.
—No la he olvidado, le confieso; la amo aún desmedidamente —aclaró, con el porte frío y distante que caracterizaba su personalidad.
—Ella no está viva, general —expresó Arturo, con un hilo de voz.
Sin miedo a su reacción, lo confrontó sobre su pasado. Sabía bien que su historia de amor había tenido un final trágico; había escuchado de su propia boca lo mucho que lamentaba su partida.
—En ninguna mujer hallaréis cualidades como las de Valentine —explicó, determinante—. Además, os juraría que nadie podrá siquiera igualarla.
—No se trata de eso, Alexander —se acercó, disminuyendo la distancia entre ambos—. Han pasado años, y ese dolor lo está consumiendo; desearía que dejase de vivir en lo que pudo ser.
—Esta conversación es inútil; no me apetece ahondar en mi miserable existencia. Buenas noches, general.
Se retiró con el ánimo por los suelos.
En la ceremonia, la etiqueta oficial estaba entrelazada con las tradiciones locales. El señor gobernador, Don Clementino, y otras destacadas personalidades asistieron, en parte porque se trataba de un evento de alta alcurnia, una exclusividad reservada para las familias de renombre de la época. A petición de Clarisa, quien amablemente solicitó a su padre que invitara a los generales San Lorenzo y Schuller, dado que este último se encontraba en calidad de visitante, así fue que los dos invitados acudieron a la hora estipulada, elegante en sus uniformes de gala, dispuestos a disfrutar de una velada placentera. Sin embargo, no contaban con el infortunio de que la criada estuviera presente en tal jolgorio; su sola presencia, avistada en la otra punta del salón, resultaba incómoda.
—¿Está usted molesto o es solo una impresión mía? —inquirió Arturo, mientras observaba a las parejas danzar en mitad del salón.
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Editado: 24.09.2026