Tú eres mi destino.

CAPÍTULO 22

De pie junto a su escritorio, Arturo conservaba una serenidad casi imperturbable, pese al dolor corrosivo que le oprimía las entrañas. Tenía la mirada fija en la puerta, que se abrió de par en par para dar paso al general Schuller.

Apenas lo vio, Schuller comprendió la magnitud de su error. Cualquier excusa que intentara improvisar resultaría inútil; no había forma de escapar de la verdad. Cerró la puerta con calma y permaneció unos instantes en silencio.

—Veo que no ha perdido el tiempo, general —dijo Schuller con una pasividad que apenas conseguía ocultar su inquietud—. Me temo que esa es mi correspondencia.

—Dígame cuán grave es nuestra situación. Se lo ruego.

Ambos comprendían que aquella responsabilidad pesaba sobre sus hombros. Schuller temía, en realidad, que la noticia terminara empujando a Arturo de nuevo al campo de batalla. Sin embargo, ya no podía seguir ocultándole la verdad, así que decidió suavizar cuanto le fuera posible la situación.

—Está bien, si con ello consigo devolverle un poco de tranquilidad —Caminó unos pasos hacia la ventana antes de continuar—, se han presentado ciertos inconvenientes que nos han obligado a retroceder en nuestra campaña, por la seguridad del reino, hemos optado por buscar otras alternativas que nos permitan hacer frente al enemigo.

Le arrebató el documento de las manos y lo guardó en el interior de su casaca militar. Algo en su expresión le hizo comprender a Schuller que no conseguiría engañarlo. Arturo era demasiado perspicaz para dejarse llevar por palabras cuidadosamente escogidas. Su habitual seriedad no daba cabida al nerviosismo ni a la sorpresa. Detrás de cada movimiento de Schuller había un propósito más delicado de lo que aparentaba: salvaguardar la integridad de uno de los descendientes de la Corona.

—Eso quiere decir que existen problemas de considerable gravedad. Por esa razón, las bajas han comenzado a aumentar —concluyó Arturo, pensativo.

Su voz, firme y decisiva, resonó en la mente de Schuller como un estruendo. Sabía de sobra que la inteligencia excepcional de aquel hombre terminaría conduciéndolo, tarde o temprano, hacia la lamentable realidad.

—No tantos, hombre. No hay de qué preocuparnos. Nuestros superiores están llevando a cabo una magnífica campaña y usted ocupa aquí un cargo de gran importancia. Me he enterado de que lo aprecian considerablemente —manifestó Schuller, acompañando sus palabras con una sonrisa satisfecha.

—¿Lo dice por el señor gobernador?

Arturo se sentó en el borde de una silla y entrelazó las manos, observándolo con atención.

—No exactamente.

Schuller se colocó frente a su camarada.

—Hay una señorita de educación esmerada a quien considero bastante digna de llevar un título nobiliario.

Aquellas últimas palabras hicieron que Arturo lo mirara fijamente. Su expresión parecía decirle, sin necesidad de pronunciar una sola palabra: Está usted desvariando. Schuller apartó la mirada y se volvió hacia la ventana mientras respiraba profundamente, consciente de que acababa de adentrarse en un terreno demasiado delicado.

—La señorita Clarisa me es indiferente. Si está considerando semejante posibilidad, puede descartarla —Arturo se levantó y caminó hacia un pequeño estante—. En cambio, hay alguien aquí presente que aún no ha conseguido desprenderse del pasado.

Tomó uno de sus libros favoritos entre las manos y pasó los dedos por la cubierta para despues verlo a la cara.




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