Tu Nadie

Capítulo 5

Señor Nadie

¿Y qué estoy haciendo? ¿Para qué?

Estoy parado no muy lejos del complejo de ocio, en la dirección por donde Asya vuelve a casa, y simplemente espero a que termine su turno para… ¿qué? La sensación de que pudo malinterpretarme, o incluso ofenderse, no me deja ni un minuto, machacando mi mente enferma. Por un lado, entiendo que a mí, como persona de mayor estatus, cargo y edad, debería darme igual lo que piense una chica cualquiera, pero… no me da igual.

Y eso me incomoda. Tanto, que ya es la tercera vez que arranco el coche, intento obligarme a pisar el acelerador, pero las piernas no me obedecen, como si estuvieran paralizadas.

Y entonces la veo en el retrovisor. Asya pasa junto al coche y yo bajo la ventanilla para llamarla.

—¡Asya, espera! —gira bruscamente la cabeza hacia mí con una expresión de “Ah, otra vez tú, qué pesado…”.— Sube, te llevo a casa.

En lugar de abrir la puerta y sentarse en el asiento del copiloto, solo acelera el paso.

—Ni de coña —murmura, como para sí, pero lo oigo perfectamente. Luego, más alto, volviéndose hacia mí: —Gracias, voy sola. —Pura cortesía.

Una gota gruesa golpea el parabrisas. Luego otra… empieza a llover.

—¿Pero si está empezando a llover?

—Soy una chica preparada para todas las adversidades —se quita la mochila del hombro y saca un paraguas plegable.

—¿Entonces no subes? ¿Tan enfadada estás conmigo?

Se detiene en seco y se vuelve hacia mí. Tengo que frenar bruscamente para no pasarla de largo.

—Me mata con su comportamiento… con su lógica… ¿Qué le importa si estoy enfadada, qué pienso? ¿Qué quiere de mí?

—Quizá simplemente me gustaste —pienso un instante y añado—, como persona.

—No he hecho nada para que usted pudiera sentir simpatía por mí.

La lluvia arrecia, se convierte en un aguacero.

—Sube al coche, ¿qué ganas con hacerte la dura? Venga, te acompaño hasta que tu misterioso compañero de piso se acueste.

—Escuche, yo… no tengo palabras… —Asya parece una niña perdida en medio de la ciudad desierta y bajo la lluvia torrencial. Vaya talento el mío para ganarme a la gente… En dos días he conseguido asustarla, poniéndola al borde del pánico con mi comportamiento extraño y pegajoso. Y eso que ni siquiera me he esforzado.

Decido salir del coche. Las gotas me golpean la cabeza, empapan la ropa, se cuelan por el cuello y bajan por la espalda. Me planto frente a Asya, a un paso de distancia, y noto enseguida la diferencia de altura. Ella levanta la cabeza y me mira con cautela, sin moverse ni un milímetro, bajo su paraguas de colores.

—Y además, su apodo “Nadie” no le pega. Usted es más bien “El acosador” o “El pesado”… pero no “Nadie”. Nadie es nadie. Y usted es todo un problema. ¿Por qué se ha enganchado conmigo?

—No me he enganchado —respondo con un deje de ofensa—. Estoy en una ciudad ajena, y me apetecía entablar una amistad con alguien. Me pareciste sociable, abierta, lista y, sobre todo, alguien que no mostraba interés en mí como persona.

—¿No cree que debería hacerse amigo de Ignashkin, de empresarios, de jefes… y no de mí, una camarera y estudiante?

—Ya he llegado a un nivel en el que puedo hablar con quien me dé la gana. Vamos al coche, ¿sí? Un poco más y me calo hasta los huesos.

—Ah, ¿jugando la carta de la lástima? —pregunta Asya entornando los ojos. Yo solo aprieto los labios y pongo cara triste. Ella chasquea la lengua y camina hacia el coche. ¡Se rindió!

Rápidamente rodeo el coche y me siento a su lado.

—¿Damos una vuelta por la ciudad? —propongo con cautela.

—Vaya, cómo se ha embalado usted… Yo aún puedo cambiar de opinión. El trato era llevarme a casa y punto. Ningún paseo extra estaba incluido.

—Entiendo. O sea, que contigo hay que pactar de antemano el programa de entretenimiento.

—No, usted de verdad quiere matarme sin cuchillo… —lo dice con un tono tan resignado—. ¿De qué habla? ¿Qué programa de entretenimiento? Usted y yo no es que seamos de planetas distintos, somos de universos diferentes. Para mí, diversión es tirarme en la cama y mirar el techo; para usted, volar al Polo Sur.

—Allí hace frío. Me basta con que me hagas una visita guiada por la ciudad, que me cuentes qué hay aquí… Es interesante saber dónde piensa invertir dinero la compañía que represento. Para todos, soy un empleado, no uno de los dueños. Así es más fácil… ser nadie. Nadie conoce mi nombre, ni mi apellido… solo una abreviatura que todos toman por apodo. ¿Tenéis algún lugar de interés?

—Ajá, uno… —giro la cabeza hacia ella, esperando una historia increíble—. Vayas hacia donde vayas, siempre acabas en la carretera que te saca lo más lejos posible de esta ciudad.

Y otra vez sonrío. Sin forzar, sin mueca: una sonrisa humana, espontánea. Estaba convencido de que ya había olvidado cómo hacerlo.

—Eres graciosa…

—Un chiste andante, en cuanto me ven, todos lloran de risa. En fin, usted prometió llevarme a casa…




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