Tu Nadie

Capítulo 6

Señor Nadie

—¿Cuál es tu horario de trabajo? —en mi cabeza empieza a tomar forma un plan que debo encajar en la apretada agenda de Asya.

—Una semana trabajamos, otra descansamos. ¿Por qué?

—Me parece que buscas trampa en cada una de mis preguntas. Lo pregunté sin doble intención, solo para mantener la conversación.

—Por alguna razón estoy segura de que usted nunca pregunta ni hace nada “porque sí”. Tiene esa imagen…

—¿Esa imagen?

—¡Ninguna! —responde Asya bruscamente—. No logro encajar el puzle: ¿para qué le sirvo yo? Admítalo, ¿es algún pasatiempo retorcido de los capitalinos, fastidiar a chicas poco conocidas, vulnerables y de estatus social más bajo? ¿O es una apuesta? ¡Eso es! ¿Qué apostó?

—Dios mío, ¿por qué eres tan desconfiada? —me asombra lo rápido que desarrolla la idea. Y nada de lo que supone corresponde a la realidad.

La verdad es que yo mismo no sé qué quiero de ella. A veces pasa: alguien te resulta agradable, cómodo, libre; la conversación no cansa… y no necesitas elegir palabras, ni buscar temas comunes, ni fingir ser alguien que no eres. Simplemente dices lo que piensas. Claro, exagero un poco: no pienso abrirle mi alma ni contarle todos mis problemas, pero lanzar ironías y hablar de cualquier tontería… eso sí es fácil.

—Desconfiada… —susurra Asya, repitiendo mi última palabra—. ¿Y cómo no serlo? Piense usted mismo. Llega un inspector de la capital, debería imponer respeto, meter miedo a todos… y en lugar de eso, propone charlar, y además ¿con quién? Con una camarera. ¿Dónde se ha visto eso?

—Yo he visto cosas peores en la vida…

Y es cierto. Empecé desde abajo, tuve que tratar tanto con banqueros como con matones de poca monta, y a cada uno había que encontrarle la manera, las palabras, ganarse su confianza… Más tarde me convertí en un ermitaño, ya cuando me había consolidado, cuando tenía mis propios contactos. Algunos de ellos, sabiendo de mi… problema, estaban dispuestos a ayudarme… gratis, solo por simpatía personal, por aprecio y compasión humana.

En mi situación es difícil que alguien pueda ayudar… Así se dio el destino. No creo en toda esa tontería de los pecados de los antepasados, las maldiciones familiares y demás. Yo mismo elegí a Taya y, después, cargué sobre mis hombros todo ese peso que arrastro hasta hoy. Muchos me dicen: “Déjalo, no puedes ayudar en nada…”. Pero yo entiendo una cosa: les cuesta comprenderme porque nunca estuvieron en mi piel, y espero que nunca lo estén.

¿Tengo sentimientos por Taya? No.

Solo queda cansancio. Cansancio de la relación, de las montañas rusas emocionales, de los cambios bruscos de humor y… del completo desprecio hacia mí como persona. Taya dejó de necesitar un marido, lo que quería era una niñera.

Lo único inteligente que hice fue no convertirme en esa niñera. Gracias a la psicóloga, al menos en eso logró convencerme: matar de raíz esa conciencia que se retorcía en ataques dolorosos. Me obligó a soltar la situación, a mirar atrás y entender que mi vida —sí, MI vida— se iba al traste a la velocidad de la luz, mientras a Taya ni le iba ni le venía.

Ayudé a Taya en lo que pude. Lo demás depende solo de su destino, como se dé, así será.

Seguramente Asya, como la completa opuesta de Taya, fue lo que me atrajo. Ella es ligera, sociable, sin obsesiones, abierta y… sencilla. Sin todo ese equipaje que Taya fue acumulando año tras año en su camino hacia un éxito imaginario.

—Eh, ¿dónde anda? Vuelva a la Tierra.

—¿Qué? —oigo la voz de Asya desde lejos. Giro la cabeza y sigue sentada a mi lado; simplemente yo me había ido demasiado lejos en mis pensamientos.

—¡Vaya viaje! Le llamé tres veces. Ya pensé que tenía usted tétanos.

—Ya estoy de vuelta.

—¿Y después de eso asegura que es inofensivo para… bueno, para la sociedad, para mí en particular? ¡Me asustó de verdad! Tenía una cara tan lúgubre, como si estuviera reuniendo valor para sacar un cuchillo y zas-zas, fin del pajarito.

—Asya, tienes una imaginación desbordante. Solo estaba pensando.

—Si lo hace otra vez, verá qué rápido sé correr. Y nada de charlas, ¿entendido? Solo verá mis talones brillar.

—Entendido, entendido. No volverá a pasar.

—Así está bien. Bueno, me voy a casa. Justo por eso lo llamaba, porque si no, se despierta y yo ya no estoy.

—Ve. ¿Seguro que ahí —señalo con la barbilla hacia la entrada— no te amenaza nada?

—De momento solo veo una amenaza, y es usted. Adiós.

Salta del coche y, esquivando los charcos, corre hacia la entrada. La lluvia ya había cesado, solo queda una llovizna molesta, pero que no empapa demasiado.

Listo, hora de ir a mi alojamiento temporal y dormir. Al fin y al cabo, hay que trabajar. Se lo prometí a Petr.

Por la tarde, de nuevo en el despacho del complejo de ocio, hojeando documentos, me sorprendo pensando que no he visto a Asya en varias horas, aunque salí varias veces por distintos motivos.

Golpe en la puerta. ¿Será ella? Pero no, en el umbral está la administradora.




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