Asya
Ahí está él: un tipo raro… De esos que cuesta encontrar. Piensa que soy una campesinita ingenua, dispuesta a seguirle el juego en todas sus excentricidades. Díganme, ¿para qué vino a buscarme a la universidad? Y encima se plantó casi en la puerta…
“¡Mírenme, qué tío tan increíble soy!”. No voy a discutir: hay algo que mirar… Es un hombre realmente interesante. Y aunque digan que la gente es igual en todas partes… él es distinto, se nota que está hecho de otra masa.
En cuanto lo vi, me dieron ganas de darle un golpe en la frente. Pero en vez de eso, salí corriendo hacia la parada. Me alcanzó, y encima con engaños me obligó a subir al coche. Ya cuando arrancábamos, me di cuenta de que no había ninguna Milena a la vista…
Ahora estamos sentados a la mesa, diciéndonos tonterías. Y, sin embargo, hay de qué hablar… ¿Por qué no soy capaz de decirle dos palabras a Artur, el guapo de nuestro curso, el chico simpático, jugador de KVN, deportista… y a este desconocido, en cambio, puedo decirle todo lo que pienso, lo que no pienso, y hasta lo que algún día invente?
—¿Está rico? —le pregunto cuando termina de masticar otro trozo de pizza.
—Comestible. Aunque la pizzería tenga nombre italiano, de italiana no tiene nada. Más bien casera.
—Por cierto, usted me llama por mi nombre, y yo a usted solo de “usted”. ¿Cómo se llama?
—Nick.
—Nick es…
—Nick es Nadie.
—¿Un apodo?
—Te lo confieso, ya que parece que empieza una amistad —intento sonreír lo más ampliamente posible… pero me sale tan falso, tan forzado…—, es una abreviatura, un recorte de mis iniciales.
—Oh… O sea, ¿usted es, por ejemplo, Nikolái To…pórov? —lo miro fijamente, esperando alguna reacción. Aunque sea un parpadeo, una señal… nada. —¿Y Nikita To…pólev? —hago pausas inventando apellidos, más difíciles de adivinar, pero quién sabe. —¿Nikífor To…punámburov, Nikodim… Nikanor… Nikón! —al final decido no complicarme y simplemente enumerar todos los nombres posibles que empiezan por “Nik”.
—¡Alto, alto! ¿Qué más da? No voy a confesarlo. Nick, llámame simplemente Nick.
—Bueno, está bien —me calmo un poco, porque inventar nombres me había calentado la imaginación, y mi fantasía ya corría libre—. Admita, ¿alguno de los que dije es el suyo?
—Inquieta eres, Asya. No, ninguno es mío.
—Qué chasco… —digo con ligera decepción.
—Mejor cuéntame, ¿cómo se divierte uno aquí?
—Eh, pero si usted pasa los días enteros en el centro de ocio. ¿Qué otra diversión quiere? ¿Baños? ¿Chicas? ¿Striptease?
—Créeme, si quisiera divertirme así, lo encontraría sin ti y sin tus consejos. Quiero algo… para el alma.
—Para el alma… A unos kilómetros hay un embalse, puede ir allí a pescar.
—Aburrido. Nunca entendí esa gracia de sentarse y mirar un palo con un corcho.
—Ese palo se llama caña de pescar —le informo con tono didáctico. Quizá nosotros, los “de pueblo”, sabemos cómo se llama, y ellos, los de la capital, nunca la han visto en vivo.
—Oh, veo que también te gusta resolver crucigramas en el baño.
—¡Nada de eso hago yo! Qué cosas dice… Bueno, entonces vaya a por setas. A unos cincuenta kilómetros está Stanitsa, con bosques de pinos.
—Esa es una idea… El sábado iremos.
—¿Qué significa “iremos”? —ahí sí que se le va la pinza. ¿Yo, con él, al bosque? ¿Y encima llevar una pala? Seguro que es un maníaco. Está tanteando dónde podría… eso… “para el alma”…
—¿Y qué, pensabas que iba a ir solo? Nada de eso, si te llamaste “seta”, súbete al carro. ¿Está claro el mensaje?
—Si no me falla la memoria, lo de “seta” —hace comillas con los dedos—, fue como usted me llamó. Yo, en cambio, aspiro al papel de una amanita: bonita, pero no comestible. Todos miran, pero nadie toca. ¿Está claro el mensaje? —le devuelvo su propia frase.
Y aun así, me da un poco de miedo. ¿Por qué se me pegó? Ya aquella vez, cuando llevaba el hielo a su mesa, sentí una mirada fija sobre mí. No, no es que los hombres no me acosen, sobre todo los estudiantes, pero aquello… era otra energía. Lo curioso es que me parece que no le atraigo como mujer. Me trata más bien como a un animalito raro y parlanchín. Y yo, en vez de cerrar la boca, suelto todo lo que se me ocurre. Ojalá pudiera ser así con Artur… Pero en cuanto veo al chico que me gusta, la lengua se me pega al paladar y no se mueve. Y el cerebro se convierte en un blandengue de esos antiestrés.
—¿Quiere que le diga la verdad?
—¿Y antes mentías? Bueno, si la verdad sube como masa con levadura, ¿quién soy yo para impedírselo?
—Me lo tomaba a broma, digamos. Pues bien… Me da pavor usted. Es raro. Y no discuta —abre la boca para replicar, pero lo corto—. Nadie jamás se ha empeñado tanto en hacerse mi amigo. Y no sé qué hacer con usted. ¿Cómo comportarme? Es un enigma…
—Sé tú misma y la gente se acercará a ti —sonríe el muy cínico. Y a mí, por alguna razón, no me hace gracia.
—Solo falta que se acerquen más personajes y tenga que hablar también con ellos, y encima entretenerlos. Con usted ya tengo de sobra.
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diferencia de edad, protagonista dominante, protagonista inocente
Editado: 29.11.2025