Tu Nadie

Capítulo 9

Nadie

¿Por qué no hice lo que me pidió Asya? Porque me resulta increíblemente interesante ver cómo se comporta con sus compañeros. ¿Dirán que es malo espiar? Yo respondo que es simple curiosidad humana y nada más.

Esta vez aparqué el coche de manera que fuera difícil verme de inmediato. Un poco apartado del edificio, a la sombra de los árboles y arbustos.

Y llegar al lugar de encuentro puedo hacerlo cien veces antes que ella. Ella irá andando, yo estoy en coche…

Y entonces del edificio sale una multitud de estudiantes. Los chicos, como pavos reales, se empujan, se ríen a carcajadas… y enseguida al cigarro.

Yo también fui estudiante alguna vez. Pero me parece que fue hace tanto… en otra vida. Tenía la misma vida despreocupada: fiestas, chicas, y no necesitaba buscar motivos para reír.

Entonces aún no conocía a Taya…

Por cierto, debería averiguar cómo está. Pero no hoy… ni mañana… más tarde. No quiero arruinarme el ánimo y sumergirme en ese abismo negro de realidad. Es tan sin salida… y tan deprimente, que a veces no tengo fuerzas para cargar con ese peso. Quisiera tacharlo todo, olvidar, no recordar… no recordar nada.

Apareció Asya. Salió volando como una brisa ligera, levantando las hojas amarillas caídas y haciéndolas girar a su alrededor. Sonríe a la chica que camina a su lado… abierta, alegre, con bondad. A mí me sonríe con cautela, como si esperara una trampa o un reproche. ¿Por qué será…?

—¡Asya! —grita un chico desde la multitud—. ¡Espera!

Ella gira bruscamente hacia la voz y se queda inmóvil. El chico se separa del grupo y puedo evaluarlo. Guapo, alto, bien formado… Normalmente, a todos les gustan los de ese tipo. Pero, según la experiencia, es de esos que no dejan pasar su oportunidad, capaces de pequeñas traiciones. Tengo ojo entrenado, ya me crucé con tipos así. Cara a cara, encantadores; a tus espaldas, capaces de clavarte un cuchillo.

Pero Asya, al verlo, se derrite como un helado al sol. Ese tipo le gusta, quizá incluso esté enamorada de él.

Ella se coloca de tal manera que puedo ver perfectamente la expresión de su rostro. Asya lo mira levantando la cabeza. Los ojos agrandados por la sorpresa, la boca entreabierta por la inesperada atención. Está claro: antes él no la había mimado con su interés. ¿Por qué se digna ahora? Siento, casi físicamente, que de él emanan problemas para Asya. No se le acercó por casualidad.

Y este pajarillo abre su piquito y lo contempla con devoción, como si en cualquier momento fuera a lanzarse a sus pies para agradecerle la atención, por haberse rebajado hasta ella.

No oigo lo que le dice, pero veo perfectamente en su reacción que sus palabras la ponen nerviosa. Asya empieza a apartar una y otra vez un mechón rebelde detrás de la oreja, se muerde el labio, y sus mejillas se encienden de rojo.

Hablan poco, pero se nota que Asya asiente, dándole la razón. La amiga que la espera a unos pasos la mira con envidia. Estoy seguro de que no rechazaría cambiarse por ella.

Un gesto con la mano, y se despiden sonriendo. Está claro que llegaron a un acuerdo. ¿Qué le habrá propuesto?

Temiendo ser descubierto, salgo de mi escondite y conduzco hasta el lugar acordado.

La espero en el aparcamiento del supermercado, en el mismo sitio. Apenas un par de minutos. Entreabre la puerta del copiloto, se desliza rápidamente dentro y la cierra con la misma rapidez.

—Hola —la observo, intentando captar cambios en su comportamiento, en sus gestos… El contacto con ese tipo la ha transformado un poco, no solo por fuera, también por dentro. Me parece que se ha cerrado, que ha levantado un muro. Antes había resquicios, como en una puerta vieja y reseca que dejaba escapar su luz interior. Ahora es acero. Antes estaba alerta, pero mostraba emociones reales; ahora Asya procura distanciarse. Quizá sea lo correcto. ¿Quién soy yo para que ante mí baile una polca-mariposa…? Y él, en cambio, es real. No se irá, dejándola con un montón de problemas y preguntas.

—Y a usted, hola. ¿Lleva mucho esperando?

—No. Acabo de llegar. Ya pensaba que me tocaría esperarte a ti. ¿Tú también te retrasaste?

—Sí, me quedé charlando con los compañeros. Bueno, ¿a dónde vamos? —corta el tema de golpe.

—A mirar el agua… ¿Cómo se llama vuestro embalse?

—Istákovskoe.

—¿Y qué sabes de él? —busco el lugar en el navegador, pulso “Ruta” y arranco el coche.

—Dicen que lo hicieron en los años sesenta para las necesidades de la fábrica, y que incluso tuvieron que inundar un pueblo. Los ancianos cuentan que bajo el agua aún están las casas y hasta la iglesia.

—Ajá, y en la noche, cuando todo calla y ni un pájaro canta, por la zona resuena el tañido de campanas —continúo con voz misteriosa.

—¿Cómo lo sabe? ¿Alguien ya se lo contó?

—No. ¿Acerté?

—Sí —me mira sorprendida, como si mi suposición resultara cierta.

—De esas historias hay montones. Cuando no hay con qué sorprender, inventan disparates imposibles de comprobar o ver. Uno dice algo, otro asegura haber visto… Cada narrador adorna, añade… y al final nace una leyenda. ¿Ahora vive gente allí?




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